Cuando Slowdive decidieron concretar y crearon el bien y el mal del shoegaze a la vez

Slowdive - Souvlaki

«Mi mujer te comerá la polla como si fuese Souvlaki».

Suena a bromazo eterno que una frase casi sacada de guión de peli porno, obscena y real, diera título a un disco tan etéreo, que flota tanto en la no-existencia, tan apegado a la belleza irreal, como este segundo disco de Slowdive.

«Un vacío deprimente«, «Bonito pero inconsistente«. También resulta increíble que la prensa especializada recibiera así este disco en su momento. Fue la marejada contra el shoegaze lo que se llevó por delante el reconocimiento a un disco en el que los sueños se musicaron con ambient de guitarras.

¿Ambient? Señores, Brian Eno estuvo presente en Souvlaki, encargado de los teclados y los «tratamientos». No aparece acreditado como productor, pero sí como compositor de ‘Sing‘ junto al resto del grupo. ¿Parece una anécdota? No lo es: gran parte de las enseñanzas de sus últimos discos de los 70 (pienso en ese Another Green World insondable aún hoy) se hacen realidad en los 90 gracias a Souvlaki. Y el impacto, perdurable a pesar del frío recibimiento inicial, que ha ido teniendo el segundo disco de Slowdive ha mantenido vivo lo que Eno quiso construir con el rock.

Claro que Slowdive no eran tan radicales, tan impactantes como My Bloody Valentine. Ni siquiera lo pretendían. Neil Halstead se dio cuenta tras su primera aventura discográfica (Just for a Day) que aquella huida hacia adelante en pos de la atmósfera no iba a llevar al grupo a ninguna parte.

Así, en pleno retroceso del propósito inicial, nació un disco trabajado hasta la extenuación que intentó capturar el sonido del espacio:

«Estuvimos ensayando las canciones un par de meses antes de grabarlas. Cada día, Neil llegaba, tocaba su guitarra y el resto nos uníamos. Canciones como Souvlaki Space Station nacieron de una especie de neblina narcótica que había en el local. Pese a todo, muchas de las canciones fueron casi improvisadas, experimentando con los distintos pedales de efectos y sacando diferentes sonidos. Christian llego a usar dos Fender unidas por un cable»

La experimentación con las melodías les duró apenas unos meses. Después volverían, erre que erre, a su propósito de ser menos concretos que nadie en la escena británica. Y se sacarían de la manga un ep de cinco canciones que pronto se adjuntaría como añadido al original Souvlaki, aunque, en el fondo, tuviesen poco que ver.

Porque Halstead dio en Souvlaki la misma emoción de la que luego nos vendería más tazas en Mojave 3, la misma que luego recuperaría el tardío retorno homónimo de los propios Slowdive. Concretó esa música que flotaba en el espacio en canciones donde las guitarras llegaban a los oídos como las olas a la orilla, donde la voz de Rachel Goswell ejercía de sirena para un oyente que no podía atarse a ninguno mástil.

Lo peor de Souvlaki es, precisamente, su belleza. Es tan intensa que a veces pare un disco simplemente esteticista. Como el reflejo de Narciso en el agua. Es peligroso mirarlo: puedes quedarte encadenado a él de por vida. Precisamente, lo que les pasa, hoy y siempre, a la mayoría de los grupos del revival shoegaze.

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Slowdive - Souvlaki
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