David Cordero – La Isla Dormitorio

El pasado 24 de abril, un día como otro cualquiera, sin hacer mucho ruido, bastante camuflado durante estos días de confinamiento, salía oficialmente el nuevo trabajo del andaluz David Cordero, La Isla Dormitorio (ROHS Records, 2020), un álbum que ni tan siquiera es el primero de este año, ya que en el pasado mes de febrero publicaba junto a Pepo Galán, otro prolífico patrio productor de ambient, As a Silent Tongue Shadow (Muzan, 2020), un buen disco para todos aquellos que buscan en el ambient una válvula de escape y tranquilidad. Sin embargo, La Isla Dormitorio está hecho de otra pasta. Con una portada sobria, amarillenta, evocando a Marte o a los paisajes de Arrakis, estos días que lo de Jacques Villeneuve despierta tanto hype, su nuevo álbum parece sugerir precisamente esto, un trabajo austero, pero grande y basto como el desierto. Inabarcable. Quizá no sea un trabajo que llegue a la excelencia, pero desde luego, se le acerca mucho para cualquiera que busque un ambient grandilocuente pero sin rebasar la exageración, emocionante, por muchos momentos majestuoso. Es difícil despojarse de él.

Desde la pequeña San Fernando (Cádiz), Cordero ha facturado un trabajo enorme, con apenas cinco piezas para no permitir grietas en su registro. Desde los primeros instantes, ‘Retiro de Invierno‘, con Miguel Otero al xilófono, este nuevo LP combina las grabaciones de campo, donde las agudas gotas del agua contrastan con esas líneas ambientales gruesas y graves, ideales para escuchar tirado en la cama con auriculares. Una primera entrada en una incursión de la que será difícil escapar por culpa de una niebla sonora que se va incorporando para arropar la lenta línea de graves que lo invade todo, golpeando lentamente para generar esa dosis de épica que después continuará en el siguiente corte. Porque se trata de un trabajo totalmente conexo, a diferencia de otros álbumes ambientales que prefieren mostrar las habilidades compositivas de su productor, mostrando su ambivalencia. Lo cual es totalmente legítimo. Sin embargo, esta progresión y cohesión narrativa de Cordero hace el viaje más placentero. No se trata de una colección de buenas canciones; las cinco piezas concatenan un todo.

Amanece, que no es poco‘, aparte de posible homenaje o guiño a Cuerda, quizá en un intento de mensaje positivo en días de pandemia y de forma de ver la vida. Pero sobre todo, representa el núcleo del disco con sus doce minutos en los que saca a pasear unos grandes armónicos cuya intensidad llega al final para simular casi una melodía sinfónica. Quizá con unos aires más optimistas al principio y que acaban con una sensación de vacío por haber desplegado todo. Tras el despliegue, llega una parte más clasicista y modular en ‘Lo bello y lo triste‘, que evoca a piezas de Kaitlyn Aurelia Smith y a esa escuela de Berlín que también salta a la mente cuando se escucha Mecánica Clásica. Sobre todo en esa melodía de arpeggio lento que se eleva sobre un loop tan analógicamente ortodoxo y añejo. Inundado una vez más por la cascada sonora de erosión. Una pequeña prueba de cómo sacar a pasear diferentes referencias, adoptando distintos posicionamientos desde la calma ambiental, sin que parezca que apenas haya variación en el discurso. Muchas influencias mimetizadas y que se perciben fácilmente con una escucha reposada.

Culmina este gran trabajo ‘Ausencia improcedente‘, un corte de altos vuelos, que empieza ya desde lo más alto, actuando como esa vista global de un ave surcando los aires y contemplando ese inmenso desierto que luce en la portada. Una hipérbole que sublima un final majestuoso, necesariamente lento para disfrutar del paisaje, y que como en el resto de temas, encuentra en su última parte esa distorsión a la que también apela mucho Dino Spiluttini y que se va difuminando en un final de viaje que te debería dejar en pie. Un álbum fantástico por el recorrido que dibuja, por las pequeñas referencias emparentadas con el ambient más clásico, totalmente asumidas, y que tiene un enorme poder de evocación, impulsado por esa portada y sobre todo, por esos armónicos solemnes y épicos a los que acostumbra y que son pura orfebrería. Otro discazo.

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