Ya no puede uno dar un paseo por el barrio sin encontrar, mínimo, una casa de apuestas o hasta dos. La proliferación de este negocio, extendiendo sus tentáculos en los lugares más vulnerables de nuestras comunidades, hace más necesaria la discusión y señalar sus evidentes peligros en nuestra sociedad y sus individuos. Al fin y al cabo, ya se trata a muchos usuarios de esta clase de servicios como adictos, y antes de los locales estaban las máquinas tragaperras y otras maneras de jugarte el dinero. Quizá por tratas a esta gente como un estigma no terminamos de comprender el impacto que tiene esta adicción o incluso que lo impulsa.

Josh y Benny Safdie (a partir de ahora, los Hermanos Safdie) quizá no señalen directamente a los locales de apuestas o al complejo sistema del juego, pero sí son capaces de mostrar cómo sus garras destrozan al individuo. Uncut Gems, aquí llamada Diamantes en Bruto, que nos llega a nuestro país de la mano de Netflix, empieza pillando por sorpresa, con imágenes alejadas en localización y contexto de las esperadas. Lejos de ser anticlimático, movernos a una mina de Etiopia nos plantea ya dos de los motores de esta producción: las consecuencias fatales del riesgo y su potencia recompensa.

A partir de ahí, seguimos el punto de vista de Howard Ratner, un joyero judio interpretado (brillantemente) por Adam Sandler, que no va sumiéndose poco a poco en las entrañas del juego y va paulatinamente descubriendo las consecuencias, sino que nos encontramos con él ya in media res. Ratner está ahogado en deudas y con una situación sentimental con su familia inmediata rota por las consecuencias de sus actos. Los Hermanos Safdie plantean desde el comienzo la situación de riesgo constante en la que está sumido, con sus acreedores confrontándole a las primeras de cambio, y a partir de ahí sólo va escalando el riesgo.

Los directores y guionistas juegan excelentemente con el patetismo de su personaje, pero nunca pierden su punto de vista. Es decir, a pesar de que nunca dejamos de tener presente a Howard como un hombre moralmente despreciable, nunca dejamos de observar su perspectiva ni perdemos empatía por él. Por eso estamos agarrados al sofá con su viaje, observando el resultado del partido de baloncesto por el que acaba de apostar con la misma ansiedad que él siente aunque no demuestre en público.

Los Safdie aprovechan todas las herramientas del libro para seguir incrementando la sensación de asfixia y ansiedad a lo largo de las más de dos horas de metraje, e incluso saben añadir un par de herramientas de cosecha propia. Pero aparte de un increíble pulso a la hora de dirigir, capaz de introducirte en el ecosistema propio de esta película al más puro estilo Michael Mann (un maestro a la hora de generar atmósferas únicas en sus películas), Uncut Gems se ve elevada gracias a su magistral juego de realidad y ficción: vemos imágenes reales de la eliminatoria entre Boston Celtics y Philadelphia 76ers, vemos aparecer a Kevin Garnett y a The Weeknd para interpretarse a sí mismos, pero también vemos a uno de los locutores deportivos más reconocidos (Mike Francesa) haciendo de corredor de apuestas. Una jugada que pone raíces en el realismo pero no evita que la película diseñe un mundo prácticamente propio.

Pero si esta película es todo un puñetazo en el estómago es por el increíble nivel de todas las partes involucradas: desde un pletórico Sandler, que juega de maravilla con el patetismo de su personaje, hasta valiosos actores de carácter como Eric Bogosian o Lakeith Stanfield pasando por revelaciones como la de una Julia Fox que ya dan ganas de ver en más películas. Suma la extraordinaria fotografía de Darius Khondji, el cuidadísmo diseño de producción de Sam Lisenco y Eric Dean, que hace milagros con un presupuesto exiguo, o la fabulosa banda sonora de Daniel Lopatin, a.k.a. Oneohtrix Point Never. Todos ofrecen lo mejor de sí y todo va en la misma dirección a la que va la película.

Por cómo utiliza todos esos elementos acabas la película como si se te fuera a salir el corazón del pecho. Acabas mirando con grima todos los esfuerzos de Howard de restaurar lazos con su familia que ya no existe, sus triles continuos para intentar salirse con la suya, sus patéticos intentos de prorrogar su apremiante situación. Ves sus intentos de autoconvencerse de que todo va a salir bien, de que no hay problema ninguno («El año que viene nos iremos de vacaciones a Europa» o «Mírame, apoyo a los Celtics y soy de los Knicks»). Pero también ves su cara cuando le sale la jugada, cuando su apuesta gana, y ves que ese sentimiento es lo único que le queda y por eso lo persigue continuamente. Y por eso nunca sale del bucle. Y por eso hay que quitarse el sombrero ante esta joya.