Ryan Adams, además de ser un ególatra y un ambicioso que no cumple, es pésimo eligiendo el orden de las canciones de sus discos. Porque que Easy Tiger se abra con la aburridísima muestra de radiofórmula chunga que es Goodnight Rose tiene delito. Con esa decisión va a echar para atrás a muchos de los oyentes, sobre todo a los que ya le han soportado demasiadas tonterías y mucha banalidad disfrazada de caprichos de estrellita.

El error es aún más grave si se tiene en cuenta que hoy en día es muy fácil desechar los discos a la primera de cambio. Y duele más porque quitando un par de canciones como ésa, Easy Tiger tiene parajes hemosos. Hermosísimos. Muy dignos para un artista que, cuando dejó su grupo y se lanzó a la carrera en solitario, parecía que iba a llegar lejos.

Hablamos de alguien que hizo música como la que se escucha en Heartbreaker (¡qué disco, mi madre!). Y va el tío y se empeña en hacer cosas horribles como ésa o como Halloweenhead, otra muestra de lo que el peor rock de grandes estadios puede hacer (como el Bruce Springsteen chungo, vamos).

Quitando la paja, lo que nos queda es una recopilación de canciones íntimas y amro en voz baja. Brillan mucho temas como Oh My God, Whatever, The Sun Also Sets, la emocionada Off Broadway y la clasicota pero encantadora Rip Off. Y, además, Easy Tiger tiene también la canción que Adams lleva tiempo buscando, pero no le salía: Two Hearts, directa y aplicada, lista para hacerle un hueco entre los cantantes famosos con los que aspira a codearse.

Como siempre, Adams ha vuelto a hacer un disco con muchos altibajos, pero esta vez, los altos molan más. Y eso, a tenor de todo lo que nos ha hecho tragar, es de mérito.

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