Hubo un tiempo donde las cosas que desaparecían en las películas de monstruos no eran las personas, sino el sonido de los trailers. Aquel maravilloso gazapo en la nueva La Momia expresaba a la perfección muchos de los problemas de Universal tratando de devolver a la vida sus monstruos clásicos, desde la sobresaturación de efectos y sonidos para aturdir al personal a tratar de hacer el reclamo con estrellas de renombre aunque no encajen en el proyecto. Esta foto ya es el último recuerdo de un Dark Universe que trató de arrancar más veces que Carlos Sainz en el Rally de Inglaterra en 1998. ¿Recordáis aquello de Drácula: la leyenda jamás contada​? Sí, también era parte del plan.

El gran problema en el cine de monstruos contemporáneo puede estar en esa necesidad de hacer películas lo más grandes posibles sencillamente porque hay efectos digitales y presupuestos que lo permiten. Hacer que veamos las posibilidades que ofrece la tecnología para hacer que cobren vida estos monstruos, paradójicamente, los ha hecho menos vivos y aterradores. Aunque también puede ser que el encanto de sugerir más que de mostrar de películas añejas nos ha programado para que estas proezas no resulten tan impactantes. Aunque luego ves cosas que optan por lo mínimo, por emplear herramientas más clásicas, y acaban funcionando en toda clase de público (véase por ejemplo Un Lugar Tranquilo), y te das cuenta de que no es sólo cosa tuya.

Una vez descartada la vía mastodóntica y los universos compartidos, Universal parece haber visto claro que optar por la sencillez y lo modesto igual es la mejor vía para regenerar a sus propiedades intelectuales. Y nada mejor que aliarse con Blumhouse para sacar adelante producciones de presupuestos modestos que luego funcionen en el público. Optar por lo práctico, de rodar empleando recursos que se emplearían en 1933 (aunque luego se recurran a varios efectos digitales fundamentales de los que no se llega a abusar), te puede hacer una película efectiva de El Hombre Invisible, pero por suerte aquí hay mucho más.

Tanto el director Leigh Whannell como la actriz Elisabeth Moss (que al final ha sido igualmente importante para la idea y el manejo de la perspectiva de esta revisión) han comprendido que la actualización de un monstruo invisible no sólo pasa por usar hombres cubiertos de un traje verde para ser borrados digitalmente, sino de comprender qué lo hace tan aterrador y aprovechar eso para contar los terrores de hoy día. El Hombre Invisible de 2020 es, antes incluso de su transformación, un abusador y un psicópata, pero estos son valores que ya estaban en cierto modo presentes en las versiones clásicas del personaje, aquí sencillamente amplificadas.

De hecho, es imposible no aludir a El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000) viendo el énfasis que se hace en la nueva versión en su carácter de perversión y de violencia contra las mujeres. Verhoeven aprovecha las características del monstruo para poner contra la pared al espectador y hacerle cuestionarse qué haría en la situación de Kevin Bacon en la película, para luego revertirlo y mostrar el terrible peligro que supone. Whannell y Moss optan directamente por la perspectiva de la víctima para reflejar lo absolutamente escalofriante de su situación y logra relatar con tino lo que supone realmente para una mujer vivir en una situación de abuso y cómo de desprotegida e incomprendida se puede llegar a sentir.

A partir de ahí, Whannell hace un increíble ejercicio de narración y de generar una atmósfera terrorífica incluso de situaciones en las que no sucede nada de manera aparente, jugando con lo que el espectador sabe en todo momento. El director no sólo plantea escenas de terror que funcionan, además de influir un aspecto más sci-fi y de thriller de acción (cosas que maneja a la perfección como se demostró en Upgrade) que sienta de maravilla, sino que hace progresar la historia con una fluidez y cuidado remarcables, también confiando en las posibilidades dramáticas que le otorga una actriz del calibre de Moss. Nunca desconfía del espectador y siempre le proporciona la información necesaria para que todo lo que suceda en la acción resulte plausible y con sentido aunque pueda parecer conveniente. Incluso con su disparatado componente sci-fi, la película y su atmósfera siempre se sienten con los pies en la Tierra.

La manera en la que emplea todos los elementos a su disposición, desde la estupenda banda sonora de Benjamin Wallfisch al manejo del espacio en cada plano, o incluso en los momentos más vistosos con unos movimientos de cámara que ya parecen marca de la casa, hacen de El Hombre Invisible una película superior a sus posibilidades. Además, pone en un lugar interesante a Leigh Whannell como autor de cine fantástico contemporáneo junto con la citada Upgrade, en una etapa de su carrera muy interesante después del exitoso periodo junto a James Wan generando franquicias y cintas de terror más o menos estimables.