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Fasenuova — Salsa de Cuervo: esa extraña noche

Afueras de Oviedo, tantas de la madrugada. Salimos del cementerio tras la apoteósica rave que ha montado Zomby en el mismo camposanto. Todo violento, todo tenebroso, todo loops, algo de DnB, todo bien. Nos disponemos a regresar tras una gran noche, pero se nos acerca un extraño hombre y nos da una especie de flyers. En realidad, eran unas cartulinas negras en las que ponían los siguientes palabras a letras grandes: “Salsa de Cuervo”. Al reverso había un mapa, pero sin calles ni rotondas, solo una linea amarilla siguiendo un recorrido imaginario sobre el fondo negro. Ni siquiera sé si eso se podía considerar mapa, pero cuando iba a preguntarle al extraño hombre ya se había marchado.

Sin embargo, la curiosidad me mataba. Tenía que saber de qué iba Salsa de Cuervo. Me subí al coche, arranqué y salí del cementerio. Casi instintivamente, estaba siguiendo el trazado que marcaba la línea amarilla. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Otra vez derecha. Encendí la radio y en todas las emisoras sonaba el mismo sonido. Un bajo oscuro, una base casi tribal que no se iba. Mientras seguía ese misterioso sonido, voces que parecían provenir del exterior del coche no paraban de repetir:

Hombre cómo estás
Hombre cómo estás
La selva
Oye mira vaya bueno
Hombre cómo estás
La selva

Bucle.

Salsa de Cuervo, tensión y oscuridad

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Antes de darme cuenta, los extraños sonidos se marcharon. Para entonces, ya estaba en la ciudad, enfrente de un local. Al salir del vehículo se respira un ambiente enrarecido y una tensión más que palpable. Los coches que circulaban por la carretera parecían ir a cámara lenta. Uno en concreto me llamó la atención al fijarme en su misteriosa conductora, que llevaba un sombrero. Me saludó bajándose el ala del sombrero y siguió su marcha. Vi como se alejaba y parecía que el resto de coches la seguía. Tras esa escena me dispuse a entrar en el local. En la puerta había un cartel de color negro y con la siguiente frase con letras grandes: “Salsa de Cuervo”.

El ambiente del interior de la sala estaba aún más cargado que en el exterior, mucho más tenso y muy oscuro. La penumbra era notoria y se aderezaba con un denso humo. Avancé con dificultad y vi como la gente estaba bailando al ritmo de la música de la que desconocía su procedencia. La gente no miraba hacia ningún sitio concreto. Solo bailaba. Sin cesar. Y entonces le vi. Creí que era Rajoy de joven, pero no, era Lovecraft. Me dio un cristal azul y se marchó. ¿Metanfetamina Heisenberg? No, Cristales de Cobalto.

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Indagué para averiguar de dónde salía esa música, tan intrigante, tan interesante y tan atractiva que me transmitía un interesante cosquilleo. Sin casi darme cuenta, mi cuerpo se agitaba ante esos oscuros sintetizadores ocultos. Mientras todo el mundo bailaba, yo seguí buscando. Entre la multitud me pareció ver a Aviador Dro, vestidos de negro, a Ignatius Farray, a John Talabot. No sé cuantas veces terminé dando vueltas a la habitación en vano.

Y me detuve para digerir la música. No era una música sencilla, no era lo típico que uno se puede poner para mover el esqueleto. Pero tenía groove, tenía feeling y era atractivo. A pesar de que las letras eran un tanto extrañas, esos sonidos bajos, tan siniestros pero tan intrincados. Los sintetizadores hipnóticos, las bases con pegada, las estructuras ácidas, el ambiente industrial, el synth-pop ochentero bien entendido, efectos y sonidos que se mezclaban y se chocaban entre ellos. Y el bucle. Una tensión mantenida de manera constante que te atrapaba y no te dejaba pensar. Te quedabas a su merced.

No obstante, en un breve vistazo hacia el centro lo termine viendo. Era el origen de todos esos sonidos. En el centro de la habitación estaban dos hombres con sintetizadores tocando intensamente y ensimismados en su actuación. Me dirigí hacia ellos y me estuve fijando en cómo realizaban su labor. Nadie de los presentes se fijaba en ellos y el dúo solo se centraba en su trabajo. Y se notó el esfuerzo que realizaban porque transmitían mucha energía.

Fasenuova y su surrealista y ácido ritual

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Entonces me fijé un poco más en aquellos intérpretes. Finalmente los reconocí: eran Fasenuova. Me acordé de aquel disco, A La Quinta Hoguera. Parecía bastante lejano, pero solo hacían dos años de aquel álbum. Me encantó volver a saber de ellos y que seguían a todo gas. No solo eso, sino que hasta me pareció que se habían superado. Lo que estaba escuchando aquella noche no era tan accesible o industrial como antes. Pero era más interesante, con más aristas y más ácido. Y me estaba encantando.

Y entonces llegó el final, aquel intenso final. En los tres últimos temas todo adquirió mucho más cuerpo, tenía más fuerza, era más crudo y se volvió aún más incendiario. Todo terminó y se esfumaron las letras surrealistas, los loops hipnotizantes, las bases sucias y el bajo duro. La gente fue abandonando el local y el dúo se marchó sin que ninguno nos diéramos cuenta. Al final conseguí mi propósito, descubrir que se escondía bajo Salsa de Cuervo: la suciedad, el surrealismo, la oscuridad, lo incendiario, la tensión.

Todas las noches siguientes a aquella seguía la misma rutina. Cojo la invitación que me dieron en el cementerio, me meto en el coche, sigo instintivamente el trazado y acabó delante del mismo local. En el cartel de la puerta se ve las siguientes palabras con letras grandes: Salsa de Cuervo.

Bucle.

7.85/10

Fasenuova regresan con un segundo disco mucho menos accesible o digerible que su debut, pero a cambio nos ofrecen un disco más hipnótico, oscuro e intenso. No buscan diversificar su público, sino seguir viendo hasta donde puede dar de sí su música. Una visión artística ambiciosa que coloca a los asturianos entre los artistas electrónicos nacionales más interesantes junto con John Talabot. Al menos según la humilde opinión de un profano de la electrónica.

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