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Gidge — LNLNN

Otra pequeña delicia de los suecos


No se caracterizan ni de momento parece que lo vayan a hacer en un futuro próximo, por sacar uno de los discos del año. Ni siquiera por hacer mucho ruido, pero el dúo sueco Gidge siempre tienen perlas que ofrecer. Salvo algunas cosas, que diría Rajoy, como su álbum del año pasado, Lulin (Atomnation, 2016), un giro ambient con dos temas de veinte minutos que poco tenían que aportar. Algo totalmente diferente a lo de este curso, LNLNN (Atomnation, 2017), donde juegan en los terrenos en los que se hacen fuertes.

Tras esa salida ambiental que poco aportó, Gidge han vuelto a la senda del debut, Autumn Bells (Atomnation, 2014). En este tercer largo siguen combinando lo que mejor se les da, la ambientación, sí, pero como simple aderezo y no como base argumental. De hecho, exploran ahora esas texturas que faltaron en 2016. Es un disco corto, de siete canciones, en los que esas atmósferas suaves que les caracterizan se entremezclan con un house minimalista y con ese future garage que aún no se ha despegado por completo del dubstep. Una vuelta al sonido de hace diez años que les sienta genial.

Un disco corto, al pie y con varios regalos sonoros

Tan genial como hacer un álbum corto como este; todo lo que tiene que decir lo hace con lo necesario, sin estirar el chicle más de la cuenta y caer en estructuras artificiosas e innecesarias. De hecho, sus estructuras apenas se ven, sus aristas esta vez no son tan melódicas ni tienen la pegada bailonga del debut, está más centrado en detalles y paisajes inexistentes. Valga ‘Eyes Open’, el corte que abre el disco, como ejemplo.

A partir de ahí, derraman sobre los cortes una sección vocal que se difumina al caer sobre cada uno de los temas. El resultado, voces fantasmagóricas tan burialistas y tan de su future garage con ritmos relativamente acelerados (‘Lit’) o temas soberbios como ‘Midra’, con una descarga eléctrica que empieza en el último tercio y que es una de esas maravillas que ofrecen Gidge en sus discos. No sacarán obras magnas, pero sí pequeñas perlas para disfrutar. Como esta.

Por otra parte, además de ese giro más escapista, no todo es más suavizado. Aunque hay texturas níveas y estimulantes como ‘Hope’, los suecos han abierto un camino muy interesante si siguen jugando con él, y es el de ‘White Curtains’ con esos graves orgánicos que te sumergen en su mundo y le dan músculo a su sonido. Otra forma de explotar esa faceta más intangible que están tocando con este disco. Ya que vuelven al future garage de hace una década, estos paisajes evocadores son mejores con esa capa gruesa que se te mete en la cabeza. En cualquier caso, veremos si Gidge abren más esta vía o prefieren quedarse en capas más delgadas. De momento la combinación de ambas en este regreso ha quedado bien. Como siempre, un álbum completo con un par de perlas para repetir.

7.3/10

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