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Grandaddy — Last Place

Qué bonito es hacer discos bonitos


El ser humano, al menos aquel que, como yo, contiene elevadas trazas de cinismo en su interior, lleva mal hablar de la belleza. Es mucho más fácil hacer sangre y tirar de destrucción. Más sencillo tocar la fibra con una foto de una desgracia de cualquier conflicto bélico que con una que muestre algo de amor en su interior. Estamos programados a la perfección para reducirlo todo a cenizas, destrozar e, incluso a veces, hacerlo con cierto goce interno y gracia.

En este caso, por ejemplo, el de hablar de las creaciones musicales de una banda en cuestión, cuando vienes a poner su disco a parir, independientemente de que algunos de vosotros os podáis molestar por ello, incluso tacharnos de imbéciles (y eso que no nos conocéis en persona, que si no ni os haríais a la idea), lo cierto es que las palabras fluyen con mucha mayor facilidad. Escribir desde el odio se hace casi solo, sin que te dé tiempo a que el teclado vaya a la misma velocidad que tu mente.

https://www.youtube.com/watch?v=jRC1gwIdCe4

Otra cosa es hablar de cosas bonitas. Parece hasta algo indigno, menor. “Este disco es muy bonito” parece una recomendación de mierda. ¿Bonito?, ¿solo eso?. Y en eso estaba pensando ante la hoja en blanco que precedía a esta crítica. La que viene a hablaros de la primera producción de estudio de los californianos Grandaddy desde que, ya en 2012, se reuniesen tras un lustro de vidas separadas. Le han llamado al disco Last Place (30th Century Records, 2017). Le prometí a probertoj en su día que me esperaría a hablaros de él hasta marzo, fecha en la que se publica. Como homenajeando a la época en la que nos encantó Grandaddy. Pero no me he podido aguantar.

Last Place es esa siempre temida decisión de dar continuidad a una carrera que más o menos todos habíamos aceptado enterrar, unos entre indiferencia, otros con la pena propia de ir viendo morir momentos de tu postadolescencia (o más bien inicio de años universitarios). Así que, ante la oportunidad de saber hacia dónde nos llevaban Jason Lytle y los suyos, más allá de un adelanto ya conocido, ‘Way We Won’t’, ese punto cenizo del que uno no quiere o no puede desprenderse se iba haciendo cada vez más grande.

Pero, joder, qué bonito es casi todo en Last Place. Así, bonito. No brillante, no grandioso, no muestra de la mayor de las inspiraciones presenciadas en la música en la última década. No. Indie pop-rock bonito a morir. A secas, como si fuera poco. Con la capacidad de prensar cápsulas adictivas hasta la muerte. Dominando la faceta de la inmediatez de su primera mitad, o los temas más reposados y gigantes del final.

https://www.youtube.com/watch?v=2w8gxStEaic

Hablando del principio, nos encontramos temas como ‘Way We Won’t’ o ‘Evermore’, clásicos de los ruidicos de Jason Lytle y que recuperan una esencia no perdida, pero casi olvidada. Y funcionan. Muchos años después, siguen funcionando. Canciones tan instantáneas como ‘The Boat Is in the Barn’ devuelven a unos Grandaddy que nos han sacado de encima una decena de años, que nos han llenado de vitalidad y energía. Y eso en mi pueblo se viene agradeciendo con abrazos de oso de toda la vida.

Pero, con todo, Last Place avanza y tienes la sensación de que lo bello necesita cierto empujón de trascendencia. Que todo lo escuchado está bien, pero no acabas de enamorarte… hasta que llega el magnífico tramo final. Iniciado por esa maravilla pop de ‘This is the Part’, y su solución de continuidad con ‘Jed the 4th’. Dos partes delicadísisimas de un todo que empezaba a necesitar esa cara de Grandaddy para acabar de convencernos del todo. Y guardando para casi el final esa obra magna: ‘A Lost Machine’. Un tema que no hubiese desentonado entre los más grandes cancioneros de Grandaddy. Entre la atmósfera espacial bañada en piano del principio o lo que podría entenderse como estribillo más bizarro del mundo.

Grandaddy han decidido volver. Y, ay, amigos, ¡qué bonito han vuelto!

8,12/10

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