Graveyard — Innocence & Decadence

By in Graveyard
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La diferencia entre ser bueno y ser el mejor es evidente. El bueno necesita compañía para parecer lo que es, necesita esfuerzo, necesita oportunidad, la mayoría de las ocasiones necesita que se la pongan al pie pues él tampoco puede hacer de todo. El bueno a veces acierta y a veces no. Y se le critica. Y se le alaba si tiene la suerte de tener a la prensa de su lado. El bueno puede que cambie de contexto, pero cuando lo hace no es por decisión propia, y si es así sólo sucede con el viento a favor.

Sin embaro el mejor no necesita nada de eso. No necesita ni contextos ni compañías. Le da igual si los demás lo hacen bien o lo hacen mal, él hace su trabajo y siempre acierta. Si las cosas vienen mal dadas él lo arregla todo, y si es al contrario él da el primer paso y da la puntilla. No es que quiera ser protagonista, es que no sabe actuar de otra manera. El mejor lo hace todo bien, ya esté aquí o allá, le da lo mismo ocupar este carril que el otro, en todos sabe demostrar de qué pasta está hecho. Y el mejor es capaz de autoreciclarse pues se conoce mejor que nadie, administra los esfuerzos, los tiempos, es agresivo cuando toca y sutil cuando la ocasión lo merece. El bueno siente la necesidad de demostrar continuamente quién es. El mejor sabe que nadie lo pone en duda, y se permite ser simple y llanamente quien es. Haga lo que haga.

Innocence & Decadence: convertir un error en el mayor de los aciertos

Probablemente fuese cosa mía, pero debo reconocer que lo de Graveyard pintaba raro, comenzaba a oler a fórmula cercana a agotarse y a ideas que no eran capaces de sostener el empeño por sonar más maduros y alejarse de la algarada juvenil y cervecera que habían demostrado en sus dos primeros discos. Lights Out (Nuclear Blast, 2012) fue un disco impecable, bueno en lo técnico y en lo sensorial, pero su poso unido a unos adelantos que por sí solos no levantaban a ningún cadáver parecía presagiar uno de esos discos que desde el eufemismo la prensa musical califica como “disco de madurez”. Esa losa que indica cuesta abajo. Un cubo de agua fría, vamos.

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Y la verdad es que así es en cierta medida. Innocence & Decadence (Nuclear Blast, 2015) cumple con todo lo que uno podría esperarse del cuarto disco de una banda que aún está haciendo la digestión tras la bacanal de las bacanales. Es un disco aparentemente comedido, aparentemente tranquilo, convierte a Graveyard en una banda con pinta de ejemplo de la agorera expresión del “Rock para padres”. Tiene sus cositas, pero en un vistazo superficial el cuarto disco de los suecos parece ser un movimiento totalmente previsible, y ese aura de previsibilidad intenta en jugar en su contra.

Ni yendo hacia lo ordinario Graveyard son capaces de parecer peores de lo que realmente son, un error en manos de otros lo acaban convirtiendo en aplastante acierto

La cosa es que, una vez desgastada la superficie, uno acaba dándose cuenta de que ni yendo a lo seguro Graveyard son capaces de parecer peores de lo que realmente son. Sí, los suecos han venido con el disco Dire Straits que toda banda debería evitar, pero es que a estos tipos hasta este error sobre el papel les ha salido bien. Apuestan por los medios tiempos, se dejan de las voces rasgadas de antaño, olvidan los himnos cerveceros y ocultan los dejes de heavy clásico que siempre ha destilado su Blues. Graveyard se ha atrevido a meter algo que parece Jazz y una balada con coros robados a la Motown. A otra banda la estaríamos destrozando por esto, pero es que a los suecos la cosa les ha salido bien. Muy bien, qué narices.

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Y es que ni por esas aburren. Ni planteando canciones aburridas, ni con canciones planas con medios tiempos que uno sabe de dónde salen y tiene la certeza de a dónde van. Graveyard son increíblemente previsibles en este disco más allá de las locuras del Space Rock de ‘Cant Walk Out’ o ‘From a Hole in the Wall’ y su ritmo kraut y los blastbeats. No se salen de lo esperable para una banda con su inmaculada trayectoria y de lo que se supone debe ser un disco de madurez, pero son tan buenos que hacen una joya de cualquier guijarro encontrado a orillas del Ume. Graveyard han vuelto a demostrar que son los mejores en su rollo y pueden serlo en el de cualquiera, han vuelto a ser ese delantero que baja una sandía y te la cuela por la maldita escuadra.

Sentar la cabeza no tiene por qué ser un problema

La voz de Nilsson, los riffs de Larocca, los tempos marcados por Mörck… todos son planteados desde una perspectiva mucho más comedida, más centrada de lo que habían sido nunca. Suenan menos irreverentes, huelen a esa gente que ya está cansada de pasárselo bien, que no puede beberse una sola cerveza más pues las resacas cada vez les parecen más bestias. Graveyard se han centrado, han sentado la cabeza, hasta diría que de ser un españolito de a pie estarían empezando a pensar que para qué votar al coletas si lo de la revolución desde la centralidad del tablero ya no se lo cree nadie.

Graveyard se han centrado, han sentado la cabeza, podrían ser ese españolito que acaba abandonando a coleta morada porque no se cree lo de la revolución desde la centralidad del tablero

Y a pesar de todo esto, los suecos suenan aplastablemente bien, te hacen tararear esos estribillos menos alocados que de costumbre, te vuelan la cabeza cuando comienzan con el fuzz y unos efectos que solo ven la superficie cuando la canción se acaba de construir en tu cabeza. Graveyard son esa banda que se sabe la mejor y que no sabe hacer las cosas mal, que no muere ni tras arder durante tres horas bajo litros y litros de gasolina.

8.4/10

¿Quiere decir este entusiasta alegato que lo nuevo de Graveyard es el mejor disco que han sacado hasta la fecha? No, o al menos esa no es la intención del que esto firma. Cada disco de la banda sueca obecede a un momenteo concreto y se ajusta a él a la perfección, y en esta ocasión el cuarteto ha partido la pana cuando parecía que la pana podría convertirse en la tela principal de sus vestimentas. La verdad, me da lo mismo qué disco es mejor o peor dentro de la discografía de la banda, lo importante aquí es que ellos no son buenos, ellos son los mejores, y este disco no ha hecho más que confirmarlo. Ahí queda eso.

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