Inusitada fue la ola de entusiasmo despertada por Historia de un matrimonio durante su estreno en festivales, incluso para un Noah Baumbach acostumbrado a ser la niñita bonita del indie pijo. Los ingredientes parecían adecuados para un buen drama, también incluso para un movimiento clásico de Oscar: conflictos familiares, un drama relatable (el divorcio), la película más personal del director (un director cuya filmografía suele ser muy personal) e interpretes en estado de gracia y en el momento y lugar adecuados.

Pero esta vez parecía otra cosa, algo más, uno de los eventos cinéfilos más allá de los nombres de siempre que iba a confirmar la estela de Netflix como la mejor mecenas de los autores relevantes. Partamos de lo positivo, porque hay bastante en Historia de un matrimonio. Para empezar, el tono no excesivamente dramático realmente favorece al conjunto. Es ligera cuando la escena lo requiere y golpea emocionalmente en los momentos adecuados. Esto evita que se sienta como un movimiento forzado y obvio para gustar en la Academia y no deja la sensación de ya haber visto lo mismo antes.

Escribiendo además desde su propia experiencia, Baumbach no parece tener problemas para realzar cierto patetismo en un personaje que bebe mucho de él. Los momentos graciosos son agradecidos y, como digo, aligeran el conjunto lo suficiente para no perder fuerza dramática. Pero lo que realmente eleva esta sobre otras producciones del director está en un inspiradísimo reparto que saca lo mejor de su juego y aprovecha al máximo los personajes que tienen. Si bien tanto Scarlett Johansson como Adam Driver se van a llevar (merecidamente) casi todos los focos y elogios, es un disfrute ver a Laura Dern dar cierta vuelta a su Renata de Big Little Lies, a Alan Alda siendo Alan Alda, a Merritt Wever siendo oro cómico y a Ray Liotta yendo a por todas en cada escena que le dan (en baloncesto se emplea un término para cuando un jugador hace lo que él hace como actor: Heat Check).

Ahora toca la parte en la que explico por qué no me sumo al entusiasmo generalizado, a pesar de que los argumentos que he dado antes me parece que hay suficiente para hablar aquí de la mejor obra de Baumbach. Probablemente sea yo, no lo niego, pero hay algo inherente en su cine que acaba separándome de lo que veo. Por muy equilibrado que esté el tono, no puedo evitar fijarme en cómo de específicos son sus personajes y el mundo que les rodea, y por tanto sus experiencias se me antojan ajenas y poco generalizables. Por decirlo llanamente, no es probable que te encuentres a ninguno de sus personajes en la cola del Día.

Sus personajes tienden a ser bastante cretinos, pero no demasiado. La lían parda, pero qué majos son. Cometen cagadas, ¿pero no es un lío la vida en general? Hay un límite de cuánto puedes forzar simpatía por gente que en realidad no te da motivos para tenerles dicha simpatía, y Baumbach estira esa línea todo lo posible y más. Aunque los actores ponen mucho de su parte para establecer cercanía entre el espectador y la perspectiva de los personajes, la escritura de los mismos y sus interacciones entre ellos no siempre ayuda.

Posiblemente lo que más desluce a Historia de un matrimonio es la perspectiva. Empezamos la cinta con los dos personajes principales intentando recordar lo que les gusta del otro, para luego acompañar a Nicole en su visión de aquellos años de matrimonio y, progresivamente, que dicho punto de vista se vaya disminuyendo en la cinta y se vaya progresivamente imponiendo el de Charlie. Baumbach no puede evitar poner a dicho personaje en ciertos lugares para que empaticemos y sintamos lástima por él, probablemente porque ha puesto bastante de su experiencia en él, por eso resultan curiosos los momentos donde otro personaje le acusa de egocentrismo y en ningún momento la película se cuestione que lo mismo está en dicha situación por eso mismo. O quizá es síntoma de la incapacidad de la misma para mostrarnos a Charlie como un egocéntrico y nos lo tiene que contar de manera literal.

Al final, la cinta tiene los mismos problemas que tiene Charlie, y no parece que se de cuenta del todo. Por tanto, este Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1976) de Millenials se queda algo corto para ser ese retrato definitivo de la experiencia devastadora del divorcio. Probablemente lo sea para millenials que bien en barrios “bien” de ciudades “bien”, pero eso a mí me pilla un poco lejos. Le puedo reconocer a Baumbach la honestidad y fragilidad desde la que aborda la historia, pero me cuesta ya más llegar al punto de rotura emocional que me pide cuando la mayor parte del tiempo no renuncia a su ensimismamiento.

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Diego Báez 🏳️‍🌈
Diego Báez 🏳️‍🌈
10 months ago

Hay una errata, millenials que viven en barrios bien …

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3 months ago

[…] en el Alexandra Palace de Londres y fue grabado por las cámaras de Robbie Ryan (La Favorita, Historia de un matrimonio). La actuación sera emitida en vivo, sin retransmisión posterior ni posibilidad de pausa, el […]