Jason Molina – Eight Gates

Cuando Jason Molina murió, en 2013, dejó una ruta de discos cuyas ramificaciones nunca nos acabaremos del todo. Desde las aproximación de folk espartano, ligadas a lo que, al mismo tiempo, hacía Will Oldham con sus Palace, a los discos de Magnolia Electric Co. que se miraban en Neil Young (el encabritado melancólico, el de Crazy Horse) hay tanto trecho como entre cualquiera de esos discos y The Lioness, situado entre medias de ambos y escogido en esta casa como uno de los mejores discos de slowcore de la, ejem, Historia.

Eight Gates es un disco póstumo, y como tal, no podemos más que aventurar si realmente la forma final es la que él quería. El ingeniero de sonido que acompañó a Jason Molina en esas últimas sesiones de grabación, su productor y ahora mezclador Greg Norman, es fuente fiable: se conocían de antes, de los paseos de Jason Molina por Electrical Audio en Chicago y de las mezclas de Fading Trails (2006) o las sesiones de Josephine (2009). Norman asegura que para ese disco Molina seguía fiel a su manera de trabajar: no matar ninguna idea bajo toneladas de obsesiones. Y que Molina buscaba ahora, más que nunca, evitar la repetición en estas canciones, acabarlas cuando aún estaban en el aire.

Jason Molina flotando en el aire

Si es relevante algo así es precisamente por el propio aspecto del disco, más minimalista que la mayoría de los de Molina (incluso que los de Songs:Ohia) y también el más parco en palabras. La mayoría de las canciones de Eight Gates concluyen en menos de dos minutos y medio, con intervenciones sutiles de los propios Molina y Norman y por Chris Cavacas (The Dream Syndicate, Green on Red). Es como si las ideas estuviesen flotando en el aire y el trío se dedicase sólo a bajarlas a tierra y retirarse.

Vitalmente, la grabación de Eight Gates coincidió con el peor momento de la existencia de un Molina que ya había sucumbido del todo a su adicción; musicalmente, es un disco menos doloroso que los que firmó en el quicio del nuevo milenio: el oyente puede acercarse a él sin perder toda esperanza. Y, para la posteridad, Molina se reserva una última frase, grabada al inicio de ‘She Says’: “la toma perfecta es siempre aquella en la que la persona que canta aún está viva”.

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