Jeff Buckley — Grace (1994): 25 años de una obra maestra inagotable

Jeff Buckley - Grace (1994)

Con su disco de debut con unos pocos meses en el mercado, Tim Buckley tomó la estúpida decisión de abandonar lo único que lo anclaba con la realidad, una familia que podría haber jugado el papel de contrapeso con un éxito que finalmente no lograría asimilar. Tras la puerta cerrada quedó una desconsolada Mary Guilbert y un lactante Jeffrey Scott Buckley. La primera se repondría del golpe pasados unos años gracias a la compañía de Ron Moorhead, Jeff no lo haría nunca al no comprender cómo un padre podía anteponer el amor a un oficio al amor paternal. El acto egoísta de Tim Buckley nos ofrecería, años después, un bonito cadáver rebosante de heroína y a uno de los artistas más impactantes de la década de los noventa. La tragedia aún no había acabado, pero hasta su llegada definitiva la historia quedaría escrita con letras de oro.

Un trauma infantil

Miserias amarillistas aparte, la tierna infancia de Jeff Buckley estuvo marcada por las secuelas del abandono, convirtiéndolo en víctima de una recurrente bipolaridad y haciéndole cargar con la responsabilidad de saldar la deuda con aquel señor que le abandonó en 1966 cuando ni siquiera había llegado a poder llamarle por su nombre ni por su condición. Jeff crecería con un hueco en el alma que ni los miles de discos que su padrastro acabaría regalándole lograron llenar, aunque es cierto que alguno de ellos le acabarían dirigiendo, irremediablemente, tras los pasos de su progenitor.

La casualidad quiso que su padre falleciese de sobredosis pocos meses después de que Jeff tuviese la oportunidad de verle cantar en directo llevado por su madre. El vacío y la deuda se hicieron aún más grandes, tal y como crecía la necesidad por saldarla. La oportunidad llegó en 1991 en la iglesia St. Ann’s en Brooklin, donde Jeff fue invitado a participar en un homenaje a Tim. Tras aclarar que su intención no era usar el acto como trampolín, ‘Once I Was’ sobrecogió al público, dejándolo atónito pues, más allá de la envergadura de la versión, Jeff Buckley la interpretó contando a su padre entre líneas todo lo que llevaba tanto tiempo guardándose para sí, vaciando su espíritu de un dolor desconsolado en forma de un adiós no recibido, dolido por lo sucedido en el pasado pero mostrando un profundo respeto por el legado, por la obra que, inintencionadamente, su padre le acabaría dejando en herencia.

Con su graduado en el Guitar Institute of Technology de Los Angeles bajo el brazo, Jeff se lanzó a ganarse la vida en el mundo de la música pero desde una perspectiva mucho menos megalómana de como lo había hecho su progenitor. El aval del homenaje de 1991 finalmente no jugó a su favor aunque si fue fundamental la compañía de Gary Lucas en esta etapa, quien ya había acompañado a su voz en la citada iglesia de Brooklin. La experiencia de God & Monsters no acabó de llenarle por completo y regresó a los clubes y a las versiones, a la espera de una oportunidad que no tardaría en llegar. El lugar fue el Sin-é, también en Nueva York, y las versiones que en esos días realizaba de Van Morrison el detonante, el ingrediente que motivó a que un cazatalentos de Columbia posara los ojos en él. Y de ahí, a construir Grace, lo cual no fue tarea sencilla.

Grace, la materialización de una rendición de cuentas

Jeff Buckley - Grace (1994)

Armado de algunas canciones pertenecientes a su época con Gary Lucas y de tantas ilusiones como recuerdos, Jeff Buckley entró al estudio de grabación de la mano de un por entonces afamado Andy Wallace, quien se las vio y deseó para lograr encauzar el ímpetu y la energía de un músico con ganas de abarcar mucho más de lo que realmente era posible y aconsejable. Clara prueba de ello son los tres sets que el productor se vio obligado a montar (acústico, eléctrico y en vivo) para poder acomodarse a las pretensiones de Jeff y su intención de transitar por los tres medios dependiendo de su estado de ánimo, el cual quería quedase plasmado claramente en la grabación definitiva.

Toda esa energía, ese torrente de emociones con el que Buckley pretendía apabullar al micrófono cerca estuvo de llevar el proceso de grabación al colapso pues el nivel de autoexigencia alcanzado por él acabó poniéndolo en situación de bloqueo creativo, incapaz de encontrar un sonido uniforme con el que articular el álbum. Desesperado todo el equipo, finalmente el guitarrista de estudio Michael Tighe dio con el riff de ‘So Real’, un riff sucio y estridente que reflejaba todo lo que Buckley buscaba, y cuyo espíritu utilizó para dar forma a un álbum cambiante en el que la calma emotiva se batía en duelo con arrebatos furiosos y aparentemente anárquicos ante los que su voz destacaba como florece la esperanza en un entorno conformado por kilómetros de pesadumbre.

‘La música debería ser como hacer el amor, a veces lo deseas suave y tierno, otras veces duro y agresivo’. – Jimmy Page a colación de Grace

Sin embargo una vez el disco se puso a la venta (el 23 de agosto de 1994), la acogida del público distaba mucho de ser la esperada, en gran parte por el sello y en menor medida por Jeff Buckley, amante de los clubes y las pequeñas audiencias pero con un escondido deseo de rivalizar con el reconocimiento del que disfrutó su padre. El single ‘Last Goodbye’ era la única canción radiada durante los primeros meses permaneciendo las demás en el anonimato, escondidas en un ambiente hostil como era la oleada Grunge que aún rugía con fuerza recién muerto Kurt Cobain y mientras la MTV manoseaba el dinero obtenido gracias a su último juguete roto.

La suerte quiso que Jimmy Page y Bob Dylan (ídolos de la infancia de Jeff) descubriesen el disco y, quien sabe si como forma de dar una palmada en la espalda del fallecido Tim, no se cortaron nada a la hora de alabarlo. El propio Jimmy Page, aparte de convertirse en un asiduo a las presentaciones del álbum, llegó a reconocer que Grace era su disco más escuchado en el último año. Parecido sucedería con Elizabeth Fraser, miembro de los Cocteau Twins y antigua amiga de Tim Buckley, y quien afirmó ‘ha escrito una canción llamada ‘Grace’, que literalmente me pone los pelos de punta. La primera vez que la escuché sudaba como una novia de junio. La música nunca me había provocado esa reacción antes’.

Evidentemente los grandes nombres acabaron poniendo a Grace en boca de todos, pero si el álbum no hubiese sido capaz de responder a tanto elogio, jamás habría alcanzado el status de obra maestra con la que cuenta en la actualidad. Ahora bien, ¿a qué sonaba Grace?

Un disco para y desde el corazón

A pesar de que la primera toma de contacto para muchos con este álbum es la versión de ‘Hallelujah’ (tema compuesto por Leonard Cohen en 1983), y de la aparente sencillez que denota el sonido desnudo desde el que se articula el álbum, resulta complicado expresar con palabras el primer acercamiento, dar forma fonética a la multitud de sentimientos en mutación que Grace despierta. Lo normal sería hablar de sensibilidad y melancolía, pero probablemente significaría restar protagonismo a los arranques de furia y rabia que aturden como entumecen los susurros o el característico falsete de Buckley.

Estallidos de furia eléctrica, fervor erótico de un enamorado o el llanto de un despreciado con el alma rota. Corto se queda todo catálogo de metáforas emocionales

Como subyace de lo contado anteriormente, Grace se configura como un disco profundamente melancólico reflejo de una infancia y juventud marcadas por un vacío que traspasó lo emocional para convertirse en existencial. Ese vacío y el sentimiento de culpa relacionado con el mismo configuran el empeño de Jeff en que su voz suene confortable y cálida, abrazando al oyente como deseando compensar el contacto corporal no recibido en su infancia, luchando desde el micrófono contra una soledad que él no quería para nadie. Grace cuenta con la capacidad de convertirte en mártir de tu propia condición: un padre que se va, un amigo que te traiciona, una novia que te deja… el vacío es siempre el mismo y el empeño de Jeff Buckley es el de cobijar al desamparado, de abrazarnos con un torrente de voz tan personal como inigualable (a pesar de sus mil imitadores).

En cualquier caso, como todo disco hecho con y desde el corazón como víscera, no solo deja espacio a la melancolía, sino que se estructura de forma que los arrebatos de furia y descontrol anárquico no queden empequeñecidos ante la dulzura y melancolía a la que la mayoría alude. Algunos quisieron ver las partes más potentes como un guiño al movimiento Grunge imperante esos años y se empeñaron en convertir a Buckley en una nueva estrella disidente, pero lo recogido en Grace distaba mucho del oportunismo visto por estos y se centraba, básicamente, en radiografiar la dualidad de sentimientos que el corazón encierra, sin orden ni concierto pues quedan fuera de toda calificación racional.

Espritualmente Grace es un disco minúsculo sin ser opresivo, inmersivo a pesar de la inmensa paleta de sensaciones a las que alude, desde el romanticismo de ‘Last Goodbye’ o ‘So Real’ hasta el dramatismo de ‘Forget Her’ pasando por el misticismo erótico de ‘Halellujah’. En Grace, Jeff Buckley logró hacer corpóreo todo lo que salía de su garganta, dotándolo de entidad más allá de lo etéreo como si de un hacedor de Bolsón de Higgs se tratase. Y ahí precisamente, en esa capacidad de crear o transformar la realidad desde una simple perspectiva vocal es donde reside la grandeza del álbum, un disco que recoge el espíritu de los grandes tratados del Folk vocal de finales de los sesenta y le dota del vigor y fuerza propios del Rock de los años noventa.

El debut y único disco lanzado en vida por Jeff Buckley no es solamente un icono dentro de su década por los datos estadísticos, es un disco que agarra emocionalmente con personas de distintas generaciones, que desgarra y reconforta gracias al trabajo vocal de un artista que logró con un solo álbum convertirse en uno de los vocalistas más influyentes de la historia. Muchos antes que él lograron abrir caminos insospechados, pero pocos lograron marcar a distintas generaciones como lograría hacerlo Jeff Buckley, un artista cuya muerte cumple mañana diecisiete años. Y ahí resiste, como si aún estuviese entre nosotros.

Y a pesar de todo lo escrito, temo haberme quedado corto ante la entidad de un álbum para el que los géneros se quedan pequeños, se convierten en una entidad insignificante que no aporta lo más mínimo. Grace es como la vida misma, dulce a veces, otras amarga, y siempre excitante. Tacharlo de revolucionario es, probablemente, descabellado, pero pocas revoluciones se han hecho desde 1994 que logren dejar a la sombra a un disco de la entidad del debut de Jeff Buckley. Si no lo has escuchado nunca, la Inquisición no es castigo suficiente para ti.

10/10

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Jeff Buckley - Grace
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