Lorena Álvarez – Colección de canciones sencillas, crítica: pídeme peras

 

El universo de Lorena Álvarez está compuesto de berzas y coles, de jilgueros y abejarucos, de erizos y musarañas, de pepinos y calabazas, de gamos y perdices, de tomates frescos y albahaca. Escuchando Colección de canciones sencillas (El Segell, 2019) uno podría volver a aquellos veranos de niñez, en la casa del pueblo, la noción del tiempo anulada a perpetuidad, rebuscando entre las charcas algún sapo partero, fijado el atardecer como punto de regreso, el aroma a tomillo y romero fresco, el lento despertar de los grillos, guiado en tu inconsciencia por un olor intenso y particular, anclado ya en el ADN de tu memoria, el olor a tortilla de patata de tu abuela. Una ducha a manguerazos en el patio, una partida de brisca después de cenar, un libro de aventuras antes de caer presa del sueño y del cansancio, del cansancio de no hacer nada y hacerlo todo, del agotamiento que supone estar vivo y feliz.

Resulta que el universo de Lorena Álvarez es tan sencillo que se le puede dar la vuelta, observarlo desde el interior, y descubrir un sinfín de angustias e inquietudes, de dudas y pasos titubeantes en la penumbra, de los estragos de la madurez y del lento camino hacia la muerte, casi siempre en soledad. Hay tanto en Colección de canciones sencillas, y está embadurnado de una simpleza tan apabullante, que Lorena Álvarez se puede permitir el lujo de introducir toda suerte de conceptos e ideas. Allá donde cabe un labriego de La Mancha arando su huerto también entra el deseo de transfigurarse en un animal salvaje, de transformar el piso compartido a 600€/mes en una higuera. Allí donde hay osos pardos y ruiseñores también hay cuentas saldadas con hombres incapaces.

Es, en resumen, ‘El Bosque Tenebroso de mi Mente’, un ecosistema de luces y sombras donde a lo mundano le sucede lo mágico, donde a las inquietudes y ansiedades propias del siglo XXI le sigue la simpleza de unos tiempos pretéritos, la certeza del ayer. Sergio Algora acuñó una vez una frase que se adapta como anillo al dedo a un disco tan físico, a una colección de canciones sencillas que huelen a día de lluvia y a pimientos frescos: un jardín en cada poro. La creatividad de Lorena Álvarez es un torrente de jardines y bosquecillos, exudados por cada centímetro de su piel.

Pienso en ello mientras escucho ‘Debajo de Este Olivo’ y rememoro las rupturas propias y ajenas, la sensación de caminar hacia ninguna parte mientras tus compañeros de generación se amoldan a sus vidas y asumen el avance. Trenes que se pierden, arroces que se pasan. Álvarez acompasa ideas trágicas al minimalista compás de una guitarra, mientras entona versos como los declamara una jotera en estado de gracia. Acto seguido cambia de tercio, que no de compás, y se sube al quiosco de la plaza con su banda municipal para entonar ‘Soy un Olmo’, una comedia verbenera destinada a reafirmar la identidad propia, a dar lustre a los defectos propios, a aceptar que, siendo olmos, cariño, peras no se pueden dar. O lo tomas, o lo dejas.

Es esta fusión de retórica campestre y temores generacionales la que permite a Lorena Álvarez salir airosa de cualquier comparación con los revivalistas folk que aquí y allá penan por los escenarios del mundo, y que al mismo tiempo le habilita un espacio muy distintivo, uno diría que incomparable, al resto de cantautores sumergidos en las miserias melodramáticas de un tiempo, el nuestro, acaso triste, pero en ningún caso tan excepcional como nos encanta contarnos. Colección de canciones sencillas atraviesa con una aguja el carácter secular de España y sus gentes e hilvana sus rincones vacíos y urbanos, los mismos miedos que han abrumado a abuelos y nietos. Pocas canciones son capaces de resumirlo tan a la perfección y con tanta honestidad como ‘Aborrezco lo que adoro’, la joya de su corona.

En el camino, Lorena Álvarez recoge las enseñanzas de la música popular española, pero también de aquellos Animal Collective borrachos de folk en Sung Tongs (‘Persona’), de unos Fleet Foxes terrenales (‘La Nube’), de unos Grizzly Bear echados al campo (‘Cantos de Sirena’) y de una María Arnal menos cósmica (‘Los Eclipses’). En Colección de canciones sencillas hay esoterismo y psicodelia de baja intensidad, pero también berzas y aperos, Machado y Miguel Hernández. Se podría engalanar cualquier crítica sobre su disco con infinidad de referencias, y todas se pasarían de largo o se quedarían demasiado cortas. Tan sólo son catorce canciones sencillas. Catorce canciones elementales como un canto rodado, frescas como un manantial, sabrosas como un albérchigo. Catorce canciones maravillosas.

8/10

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