Lori Meyers — En la espiral

La intención era buena. Lo que cuenta es participar


Hace un año me puse a dieta. Tampoco es que esté especialmente gordo, pero como he ido abandonando el deporte (hace años) lo noto en mi aspecto físico, claramente mejorable. No era la primera vez que ponía ciertos límites a mi alimentación habitual, y lo cierto es que en el pasado alcancé unos resultados bastante satisfactorios cada vez que me privé de algunas cosas y aumenté mi gasto de calorías/día. Pero en esta ocasión no fue tan fácil.

Algo consigues. Pero al mismo tiempo también hay factores dentro de ti que jamás volverá a ser lo mismo. Más allá de que con la edad es normal que vayas acumulando kilos, también lo es que no resulta igual de fácil perderlos. Como si hubiese un punto a lo largo de tu vida en que tu cuerpo te recuerde que has cambiado. Que ni eres el mismo ni, por mucho que te esfuerces, conseguirás volver a serlo jamás.

Lori Meyers lo han intentado. En la espiral (Universal, 2017) busca, en alguna medida, volver a la senda que hace años dejaron atrás, con una propuesta menos basada en los sintes facilones y la búsqueda (y captura) de un éxito deseado que dejó por el camino la frescura, magia y sonido amateur de aquella banda granadina que me enamoró con Viaje de estudios (Houston Party, 2004) y Hostal Pimodán (Houston Party, 2005), y que sentí ir perdiendo poco a poco en Cronolánea (Universal, 2008). Pero es que el cuerpo ya no responde igual. Es tarde.

Aunque mi interés por las últimas propuestas discográficas de los granadinos había ido en claro descenso, me alegraba de poder encontrar siempre, al menos, algún jitazo al que agarrarme. Es más, algunos momentos (el inicio, vaya) de Impronta (Universal, 2013) sentí que a lo mejor conseguían volver, pero finalmente el disco se me hace bastante insulso y falto de atractivo. El conjunto ya no me atraía casi nada, pero sí podía ir encontrando algunas piezas de maravilloso pop en todo momento. Así, le pillé gustosamente el truco a cortes realmente divertidos, como ‘Planilandia’ o ‘Emborracharme’. Eso, que puede leerse en clave peyorativa, no lo es en absoluto. Es más, hasta me sirvió para recuperar un pelín de ilusión.

Pero no. En la espiral es un intento bastante loable en el origen, pero bastante fallido en el resultado. Desde ‘Vértigo I’, una canción con una letra que ofrece dudas en cuanto a si se trata de que Noni haya perdido alguna apuesta y se haya visto obligado a hacerla pública o si realmente lo de rimar hasta la saciedad con ese “-ión” les pareció buena idea, Lori Meyers quieren mandar el mensaje de que se han currado unas melodías menos facilonas, más maduras. Y más o menos siguen en ello en ‘Evolución’ (de nuevo las rimas con -ión hasta lo ridículo). La cuestión es que En la espiral, dando por buena esa intención de sonar más maduro, que vaya usted a saber, lo único que consigue es resultar tremendamente aburrido.

Supongo que debería ser más generoso con el esfuerzo que detecto, con el que yo mismo les pedí cuando les notaba perder el rumbo. O, al menos, ver en cortes como ‘Pierdo el control’ algo de los jitazos que antes se parían por aquí. Pero veo que, efectivamente, la canción acaba cayendo en su propio título y me cuesta horrores conectar. Irremediablemente voy perdiendo el interés a medida que pasan los temas y no encuentro un saliente al que agarrarme antes de precipitarme colina abajo.

¿Hay algo rescatable en En la espiral o todo resulta un desastre inapelable? Bueno, algo sí. ‘Zona de confort’, un corte que no tengo claro si cae premeditadamente en lo que anuncia o no, tiene momentos de cierto encanto, y aguanta el tirón de unos seis minutos que la banda no está acostumbrada a utilizar. Y, sin duda, ‘Océanos’, esta vez con Alejandro en las voces. Una canción bastante meritoria que abre camino a una parte no especialmente notable, pero sí más salvable de En la espiral. La que vuelve a bucear en los sonidos sesenteros que tan bien evocan. ‘Eternidad’ redunda en esas virtudes, justo antes de que ‘Siempre brilla el Sol’ confirme que a En la espiral (sin que ese sea su mayor problema) el jitazo incontestable del todo se le ha resistido un poco. Este no anda lejos.

Así pues, y aunque la intención, canción a canción, sin perder la ilusión ni el ansia de redención, era buena, no podemos evitar pensar que la acción pertenece al pasado, y en este caso razón y atracción no caminan en la misma condición, vemos algo de falta de inspiración. Pero callaremos, antes de que las autoridades nos llamen la atención y reclamen nuestra extradición.

4,07/10

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