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Los Planetas — Zona temporalmente autónoma

Recordad, chicos, no se entierra a nadie antes de tiempo


Lo habitual es asociar el anarquismo a una ideología que te asalta en tus años postadolescentes, y que se va disipando a medida que van cayendo primaveras. Desde la estúpida superioridad moral de creerte más listo que alguien simplemente por ser más viejo, le recuerdas que “ya, eso ya se te irá pasando con la edad”. Y joder, ojalá no fuese así, pero un poco sí.

Seguramente esté bien madurar, aunque sea por no vivir a contrapié continuamente, pero es cierto que tendemos a dejar por el camino mil características de nuestra personalidad que hipotecamos a cambio de nada. A cambio de hacerte mayor. No creo que sea malo perder de vista los sueños imposibles e ingenuos, pero deberíamos poder cambiarlos por algo que al menos generase ilusión. No siempre es posible encontrarla, y, al hacerlo, te das cuenta de lo que has necesitado esforzarte para conseguirlo, cuando antes se daba casi por supuesta.

No sé si Los Planetas han encontrado demasiadas nuevas ilusiones en esta nueva etapa. Tampoco creo que J se haya puesto a darle vueltas ahora mismo a la anarquía, y seguramente esto venga de lejos. Pero bautizar a su noveno disco de estudio como Zona temporalmente autónoma (El ejército rojo, 2017), en recuerdo al ensayo escrito por Hakim Bey, TAZ, una oda a la creación de espacios apartados por el control y el sistema establecido. Hacerse mayor, casi viejo, añorando la anarquía con más ímpetu que cuando eras joven. O al menos, dejando ver eso parcialmente en tus letras. Eso parece haber querido dejar claro la banda granadina desde el principio.

El principio de Zona temporalmente autónoma es ‘Islamabad’. E ‘Islamabad’ es la mejor canción de Zona temporalmente autónoma. Y una de las mejores que jamás hayan hecho en estos 25 años. Sí, podría insertar aquí el típico “bajo mi punto de vista”, pero es que estoy tan jodidamente enganchado a esos 07:03 que vais a permitir que me deje de leches. Es más, ‘Islamabad’ es la canción que sirve en la actualidad para reconciliar hasta al más incrédulo con Los Planetas. Los había a puñados, incluso solicitando que jamás volviesen a un estudio, que asumiesen el paso del tiempo y la extinción de las ideas. Como grupo que sólo oscila o entre lo mejor o entre lo peor, cualquier nuevo disco sólo podría caer en el saco de lo último, rezaba Mohorte. Ni siquiera os puedo decir que lo culpe. Pero ahí está ‘Islamabad’, desde hace semanas, recordando que si alguien merece todo el crédito del mundo, ya para siempre tras Zona temporalmente autónoma, son Los Planetas.

Una ópera egipcia había sido un relativo fracaso. Nadie consiguió ver en esa suerte de continuación la magia imparable de La leyenda del espacio. Dobles fatigas tuvo su gracia, pero se fue desvaneciendo con el tiempo. Era difícil afrontar este disco sin aceptar que solo siendo muy fan de Los Planetas podrías estar emocionado ante su llegada. Nos gustaría estarlo… pero ya tal.

Y ha llegado, y al acabar su escucha nos hemos enamorado como cuando tu mujer, a la que ves todos los días, a todas horas, en la mayor de las rutinas, hace un gesto que llevabas tiempo sin ver, sin reparar en él, y vuelve a desarmarte con la mirada, con la sonrisa o con lo que coño sea. Vuelve a enamorarte perdidamente cuando creías que por dentro había cosas que un día se morían y jamás volvían a resucitar.

Son catorce temas. Tengo la sensación de que Zona temporalmente autónoma se convertiría en un trabajo majestuoso si se moviese en los doce, pero tampoco tengo realmente claro cuáles se caerían en la criba, ya que aquí están incluidas varias de las mejores virtudes de Los Planetas. Algunas revisadas y no exentas de riesgo, como la ya nombradísima ‘Islamabad’, revisando el hip hop al estilo planetario, abrazando su minialianza con Yung Beef. Otras más clásicas, como esa ‘Soleá’ (No ha habido en el mundo nadie, que te quiera más que yo, que te quiera más que yo) que recuerda en la letra a unos ‘Santos que yo te pinte’ que también son honrados en ‘Porque me lo digas tú’ (Puedes irte a Buenos Aires, o puedes ir a Nueva York, no vas a encontrar a nadie que te quiera más que yo). De vuelta el J de los amores y desamores, de vuelta esa atmósfera de revisión flamenca tan particular en las guitarras de Florent.

Y, para acabar de conciliarnos de nuevo con lo que siempre han sido, y en adelante serán hasta la eternidad, llega ‘Seguiriya de los 107 faunos’. Esa mentira flamenca que, en realidad, va vestida de épica e intensidad propias. Como si una canción así solo la pudiesen escribir ellos. Como si a pesar de que hayan nacido mil que los hayan querido imitar (o se viesen visto influenciados por ellos, vaya), nadie haya conseguido sonar así. Como si algo tan aparentemente sencillo como ‘Hierro y níquel’, un corte pop sin atisbo de artificio, simple y luminoso fuese, en realidad, algo tan difícil de conseguir.

Es más, volviendo a ‘Porque me lo digas tú’, me vais a permitir ver en ella y en la extraordinaria ‘Amanecer’ un leve recuerdo a aquellas secciones de cuerda que nos maravillaron en Una semana en el motor de un autobús. Y admito que el recuerdo se coge con pinzas, pero dejarse llevar por la emoción de sentirte de nuevo en aquella habitación cerrada en la que escuchaste en soledad aquel disco hace años, como un ritual que ha ido desapareciendo, merece todas las exageraciones del mundo.

Por mojarme, por volver al tema de qué canciones dejaría atrás en el tracklist de Zona temporalmente autónoma, seguramente ‘Libertad para el Solitario’ (de nuevo las referencias hacia el hartazgo político-sistémico mientras se recuerda al insigne ladrón), irónica en la letra y con cierta gracia, pero por debajo del nivel general, o una ‘Hay una estrella’ que, tocando el final, no acaba de casar con toda la atmósfera creada durante los minutos previos, serían candidatas en mi opinión. Pero con todas las reservas del mundo.

E incluso dando por bueno ese pero, Zona temporalmente autónoma no necesita que incidamos en su defensa. La densidad irrespirable (¿quién no está seguro de que a partir de ahora será imprescindible en sus directos?) de ‘La gitana’ o el divertido recuerdo a Pixies con ‘Itjihad’, además de la nueva efervescencia pop del primer adelanto, ‘Espíritu olímpico’ son ingredientes enormemente contundentes para defenderse solitos. Como lo es la ‘Guitarra roja’ que, en diez minutazos, cierra el disco. Con la locura controlada de quien se entrega al islamismo anarquista porque es lo más lógico que uno puede hacer en esta vida. Igual no en otra, pero sí en esta.

Creíamos que Los Planetas estaban muertos. Puede que, en varios momentos, hasta ellos mismos lo creyesen. Pero no den nunca por muertos a aquellos que, durante un cuarto de siglo, han dado lecciones de cómo se nace, se crece y se evoluciona. Han tardado siete años en ordenar ideas y decidirse. Quizás sea una forma de trabajar que se repita en el futuro, pero teniendo en cuenta el resurgimiento y estado de forma actual, lo cierto es que nos tocará lamentarlo si así resulta ser.

8,47/10

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