Neil Young – On The Beach (1974): la tristeza de la derrota

Neil Young - On The Beach (1974)
Neil Young - On The Beach (1974)

Aunque After The Gold Rush se haya llevado el premio del disco de Neil Young mejor considerado por la crítica y gran parte del público durante muchos años, es posible que la bola de nieve que son algunos de sus discos posteriores le acaben birlando ese puesto, con On The Beach a la cabeza.

Lanzado en julio del 74, con emblemática portada de falsas vibraciones playeras, no sólo es un disco pesimista en sus ideas y en su música, sino también en su propia concepción. En 1973, Young giraba para presentar Time Fades Away e, irredento, intentaba aprovechar cada minuto, antes de que la vida se le escapase (como él mismo iba viendo que a otros compañeros de generación les estaba pasando). Así que en una vigilia en Irlanda compuso Tonight’s The Night, y entró en barrena alcohólica. Nadie, ni el público ni el sello Reprise, estaban aún preparados para acoger esas canciones, por lo que la discográfica amenazó con no publicarlo. Young, cabalgando la ola y lo que pillara a su paso, compuso entonces On The Beach. O lo tomas o lo dejas.

Lo tomaron, aunque fue porque no quedó otra. De hecho, durante años, On The Beach estuvo descatalogadísimo, enviado al destierro por una industria musical que no lo quería, no lo entendía y no lo deseaba reescuchar. Ni salía en los recopilatorios: en Decades, el grandes éxitos por antonomasia de Neil Young, sólo había dos canciones de este album. Cuando primero internet y luego la reedición de 2003 pusieron fin al destierro de más de 20 años, lo que encontramos fue la piedra filosofal de Red House Painters, Mark Eitzel, Songs: Ohia, y cientos de voces más.

On The Beach y los 70 que no estaban tan bien

Neil Young en la playa con Gary Burden, el diseñador de la portada de On The Beach

On The Beach no es como Harvest o After The Gold Rush: no hay inmediatez, no hay asideros fáciles. Es, como sus compañeros de ruta Times Fades Away y Tonight’s The Night, un disco oscurísimo, líricamente insoportable, violento en su melancolía (que, de hecho, no puede ser melancolía porque ésta ha de ser una tristeza suave y reposada y aquí hay poca suavidad). Transitan por él, de continuo, la desesperación, la soledad, la muerte, el crimen, la sociedad alienada, el fin del sueño hippie. Es una oda a los 70, pero a unos 70 en los que la gente se moría cerca.

De primeras, parece un disco sedado, narcotizado. La misma sensación que luego Kurt Vile ha sabido mezclar con las enseñanzas circulares de la Velvet. Pero entrar en los vericuetos de On The Beach es también descubrir que aquí hay mugre y furia, antes que tranquilidad. El Neil Young que se va a la playa no es uno hermosamente calmado, sino uno con el alma hecha jirones. Suena así en el segundo tema, ‘See The Sky About To Rain‘, uno que encajaría perfectamente para explicar a qué suena la discografía de Wilco (Neil Young explica más discos de otros que los suyos). Cómo entra esa armónica final para acabar de destrozar al oyente, que ya se había confiado… Diez segundos y quisieras que siguiese sonando, soñando.

Ese clima arrulla también ‘Motion Pictures‘ o ‘For The Turnstiles‘, con su melodía tocada al banjo mientras Young reflexiona sobre las estupideces de «la industria musical», con su voz rasgadísima (y también lejana, como si lo cantase mientras tú pasas por delante de su porche y te llegasen las notas a los lejos). Y más tarde, ‘On The Beach‘, la canción, deriva todas sensaciones, todo ese clima que rodea al disco, a una profundísima tristeza musical que ha influido después a tantísimos.

Antes, ‘Walk On‘ es un quicio engañoso. Tiene groove, es southern rock molón que no anticipa casi nada de lo que ocurre después, al menos en lo musical. En lo lírico es, según el propio Young, «mi reacción defensiva a todas las críticas que recibí por Tonight’s The Night y el flujo de dinero aparentemente inagotable que recibía de vosotros». Un escupitajo chulesco a aquellos que sacan a pasear el nombre de Young: «They don’t mention the happy times / They do their thing, I do mine«.

Que a Neil Young le importaba poco el qué dirán queda claro en ‘Revolution Blues‘, 4 minutos casi clavados en el que documenta, de manera extraña y casi documentalista, el camino hacia los asesinatos de Charles Manson y su clan en Laurel Canyon. Era notorio que Young había sido uno de los «amigos famosos» de Manson, pero ‘Revolution Blues’ va más lejos de lo que nadie de los involucrados con la familia Manson (como Dennis Wilson de Beach Boys) se atrevieron a ir. Es el Mindhunter que relata los horrores de 1969, cuenta con Nick Danko y Levon Helm, de los insignes The Band, para apoyarle en el bajo y la batería y tiene uno de esos solos absolutamente emblemáticos de Tito Neil, esos en los que parece que sólo él sabe tocar bien la guitarra sin parecer un puto exhibicionista.

Revolution es el primero de los tres blues que hay en la playa de Neil Young. El segundo, ‘Vampire Blues‘ es el más canónico, quizás el más prescindible, pero también uno que supura sarcasmo: «good times are coming», te avisa el vampiro de la industria petrolera. El tercero, ‘Ambulance Blues‘, es la pieza que sostiene todo On The Beach, un recorrido por la vida que Young quería como homenaje a su héroe, el trovador escocés Bert Jansch, y que contiene la frase que define a la perfección el final del sueño juvenil estadounidense de los 60: «An ambulance can only go so fast, it’s easy to get buried in the past«.

Como el que va montado en una ambulancia, On The Beach puede llevarte para nunca volver. O puedes verlo pasar preguntándote qué narices habrá ocurrido.

Because the world is turnin’
I don’t wanna see it turn away

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