Pixies – Beneath the Eyrie, crítica: luchando contra el legado

En un ya lejano 2004 los Pixies, los jodidos Pixies, se volvían a reunir. Una oportunidad única para que todos aquellos que los descubrieron a posteriori, como pasó en general con su carrera, adelantada musicalmente a su época y con el reconocimiento años más tarde, se subieran al carro. Reunión, gira… Todo era alegría y alborozo hasta que empezaron a grabar canciones. Y aquí una vez más, las posiciones más o menos puretas sobre la conveniencia o no de ello… ¿Habría nuevo disco? ¿Era necesario? ¿Mancharía el valioso legado de cuatro LPs que dejaron de 1987 a 1991? 15 años después de aquéllo, han hecho un puñado de giras para que todo hijo de vecino les vea y han publicado un par de álbumes. El último el pasado viernes, Beneath The Eyrie (BMG / Infectious, 2019).

Podemos calibrar este sexto largo del combo de Boston —desde hace años sin Kim Deal, ahora con Paz Lechantin (A Perfect Circle) tras el fugaz paso de Kim Shattuck (The Muffs)— con el puesto que ocupa en su discografía, lo que haría que al igual que con Head Carrier (Pixiesmusic, 2016) saliese bastante escaldado. O como un trabajo aislado, como si fuese fruto de un grupo actual que empezó su carrera hace unos años, es decir, por lo que es estrictamente el álbum. Pero lo haremos desde ambos puntos de vista, con la notable tibieza y sobre todo contradicciones que caracterizan a quien habla de su grupo favorito.

El mejor y más honesto regreso

Antes que nada es justo y muy necesario señalar que Beneath The Eyrie es un disco superior que Head Carrier, que más bien fue el pegamento de varios epés olvidables que publicaron previamente. En este trabajo, los Pixies están bastante más inspirados en sus temas que en los compuestos hace tres o cuatro años. No hay loables intentos por ser la banda legendaria que fueron y que dieron de comer a cantidad de grupos del indie rock, ejerciendo autoplagio, sino simplemente hacer lo que saben, reconociendo sus limitaciones hoy. Hay gritos, sonidos de guitarra característicos, vocales conjuntos de Francis y Deal Lechantin… pero ninguno de esos gloriosos cambios de ritmo. Y aquí, jugando otra vez al abogado del diablo, es de entender. Las voces y el espíritu no puede ser el mismo ahora que hace treinta años, cuando eran unos mozalbetes con pelo y un talento de otro planeta, como las letras de Black Francis. No son forzados intentos por copiar lo que hicieron, simplemente es un acercamiento a lo que pueden hacer después de 30 años.

Y no, no hay cambios de ritmo, pero a cambio, en este nuevo disco hay uno de los regalos que el grupo podía ofrecer: volver al spanglish. Si no puedes repetir las hazañas sonoras que construiste en tu época de esplendor, quédate con lo que las condiciones de hoy te permiten hacer. Y ese pasaje en castellanouu es uno de los mejores del disco. Además de que están bien hechos, sin inspirar la vergüenza ajena que uno podría esperar preventivamente, inevitablemente hay algo de nostalgia que resuena en el oyente de siempre. El viejo Black Francis te vuelve a arrancar una sonrisilla: «Qué cabrón», te dices para tus adentros, o «cabroun», que diría él —tenemos registros en los que sí dice (bonita) cabrona—.

Así pues, podemos decir que este nuevo ‘regreso’ es bueno. Está bien. Y lo es porque suena a Pixies. Pero no a los Pixies destemplados del 2016, sino a los que suenan a un grupo veterano, que vuelve a producir dejando un trabajo digno, sin sentir pena y obligada melancolía por todo lo anterior. Es quizá el disco que se puede esperar de unos veteranos, un trabajo decente, digno; el que esperaríamos de una formación de estas características tras tantos años de rodaje. El tipo de álbum que han venido sacando otros congéneres imprescindibles para el género como Dinosaur Jr. o Sonic Youth antes de dejarlo —o Thurston Moore actualmente—. Reconociendo capacidades que es imposible que sean las mismas, como en este caso el timbre de Francis, o el empuje en conjunto de las canciones y sus célebres volantazos sonoros.

Repertorio con limitaciones pero con algunas sorpresas

Empieza el disco precisamente con ‘In the Arms of Mrs. Mark of Cain‘, un medio tiempo que suena bien, que trae de nuevo al Black Francis hablando de Hollywood a través de la Biblia, de Caín, con una guitarra de Joey Santiago cayendo al final en distorsiones pesadas. Un detalle, junto al del teclado, que nos lleva a Trompe Le Monde (4AD, 1991), el primero en el que utilizaron el teclado y en el que Santiago se hizo algún devaneo con guitarras más pesadas y clásicas. Puede que la canción sea un guiño, una especie de continuación, sobre todo con ese final que es calcado al del final del Trompe Le Monde con ‘Motorway to Roswell‘. Y bien también la batería de Dave Lovering.

Una introducción que representa lo que es este álbum, canciones que suenan bien, con detalles marca de la casa de lo que han sido, pero con las condiciones de hoy e importante, también en la parte lírica. El primer tercio es una muestra, ahí están temas como ‘Catfish Kate‘, canciones de cuentos de padres, pasados por el filtro de personajes sobrenaturales y un medio tiempo con guitarras tranquilas que abrazan pero no cortan. O ‘This is My Fate‘, una guitarra con sonido muy Doolittle (4AD, 1989), e historias muy de Francis.

Sin embargo, si hay un tema realmente bueno en esta parte, de los de dejar bucle y mostrar que la maquinaria puede estar engrasada, esa es ‘On Graveyard Hill‘. Quizá, salvando las distancias, uno de esos temas que no esperaríamos volver a escuchar. Sin estar en 1990, los amigos bostonianos vuelven a sacar un bajo prominente —bien ahí Lechantin, haciendo el papel de una Kim Deal insustituible—, formando una cadena de transmisión perfecta con la batería de Lovering y la guitarra de Santiago. Toda lista para salirse del camino con un Francis que vuelve a hablar de mujeres por las que perder el conocimiento, el hechizo de una bruja que le va a matar. Estás casi todo el pack: muerte, letras atípicas sobre mujeres e incluso un guiño ufológico, aunque sea hablando sobre los ojos de la misma. Para mí, lo más importante de la canción, que el venerado Querido Líder vuelve a gritar y a desgañitarse, de menos a más, preparando el terreno para gritar y romper las cuerdas vocales, sin volverse loco. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Lástima que no haya muchos más cortes como este en el disco. Como hemos dicho, estamos en 2019. La maquinaria es esta y da para lo que da. Si no te convence el disco en su conjunto, aquí harás varias paradas. Después tenemos más de esos temas biensonantes como ‘Ready for Love‘, sobre todo salvable por la segunda mitad de solo de Santiago, con sus sonidos marca de la casa, evocando una ‘No. 13 Baby‘. En todo caso, tengamos en cuenta que esas canciones biensonantes de antaño podían ser ‘La La Love You‘. Pero eh, 2-0-1-9. Si este tema lo saca un anglosajón de Pitchfork…

En ese sentido, hay una retahíla de cortes que musicalmente sí que pueden mostrar las costuras del grupo, falta de ese punto de gracia de hacer algo diferente e inesperado que te deje picueto. Difícil por otra parte, cuando ya hay cantidad de gente que te ha plagiado la fórmula, por lo que ahora es difícil rescatar ese punto tantos años después. Son cortes como ‘Silver Bullet‘ o ‘Daniel Boone‘, que sin embargo, están inspirados poéticamente en el primer caso y en el segundo por la reencarnación de la que se habla, trazando una línea narrativa con ‘Caribou‘. Después hay otros temas cortitos y al pie, de esos de dos minutos que te sobran para dejar huella. En este caso ‘Bird of Prey‘ no es lo más, pero sí tiene ese aire diferente, con una guitarra que huele a Surfer Rosa & Come on Pilgrim (1988, 4AD) en algunos pasajes como los de ‘Nimrod’s Son‘.

Y sin quererlo, una de Pixies MUY Pixies

Sin embargo, la otra parte destacable del disco se encuentra al principio de la primera mitad, con un tridente que empieza con ‘Long Rider‘, escrita por Lechantin, que habla de muertes surfistas, además a la forma Pixies, con esa mística que recuerda al Bossanova (4AD, 1990), quizá una muestra de lo bien que ha encajado en el grupo. No es fácil, viendo los precedentes del Querido Líder. En cualquier caso, un tema vitalista en sintonía con algunos de los buenos pasajes que dejó la compilación Indie Cindy —que incluía la muy rescatable ‘Bagboy’—.

Tras ella, llega la segunda parte de la temática surfista, ‘Los Surfers Muertos‘, también escrita por Lechantin. Con un sonido totalmente Pixies, quizá de las que más del disco. Absolutamente todo: la guitarra principal con sonido en modo Doolittle, un bajo y batería conectados avanzando lentamente, de nuevo recordando al Bossanova y más concretamente a ‘Is She Weird‘, y la pequeña dosis de spanglish con voz lánguida. Aquí, francamente, todo bien. ¡Hostia puta El Columpio Asesino!. Muy bien. Disimuladamente podría pasar por un tema de esa época bossanoviana. Cierra este tridente ‘St. Nazaire‘, con pasajes mitológicos y un poco de temática negra, pero poco. Lo más importante, una canción con punch, inmediata, de las pocas con cierto frenetismo, pero también con gritos. Gritos casi siempre bien. Recordadlo.

Al final, como era de esperar, hemos comparado y vuelto a los evangelios apócrifos, porque es inevitable. Cualquier disco que saquen Pixies, con una trayectoria seminal en un periodo muy corto, será comparado con lo que sea que hagan ahora. Por eso es preciso ponerlo en su contexto. Ni está Kim Deal —que seguro que cantaría menos que Lechantin—, Francis ya tiene una voz más grave de señoro, aunque grita poco pero bien, y el grupo en conjunto ya no tiene ese descaro, cambios de ritmo ni sonidos extraños que tenían entonces, y están esas canciones que musicalmente no tienen casi nada de especial —cosa rarísima en su discografía de oro—. Ni siquiera hay mucha sanguinolencia, apenas Biblia y una nimia referencia ufológica.

Pero sigue habiendo buenos momentos, sin forzar, en los que todo fluye y se puede seguir disfrutando. Dentro de lo que podrían hacer, el álbum es algo bastante grato. Y sobre todo honesto. Yo también soy de los que estaba en contra de más discos y canciones propias, una posición egocéntrica de los oyentes, lógicamente, como también lo es que después de girar les entrara el mono. Así que Beneath The Eyrie es un buen ejercicio de supervivencia, dando lo mejor que ahora pueden. El resultado, tienen especialmente esas tres o cuatro canciones para dejar en bucle, con esa nostalgia y ecos maestros de caerse la baba al entender todas las puertas que abrieron. Sin temas que den vergüenza ajena, aunque entendiendo que un par o alguno más sepan a poco. Pero en fin, todos nos hacemos mayores. Los Pixies también.

7/10

PD: en cualquier caso, no poner ningún tema de estos nuevos y seguidamente alguno comprendido entre 1987 y 1991. Este es un mensaje de Hipersónica.

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Pixies - Beneath the Eyrie
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