Pixies — Doolittle (1989): el punto de inflexión para el indie rock moderno

Pixies Doolittle
Pixies Doolittle

¿Es Doolittle la obra cumbre del cuarteto de Boston? Seguramente. Definitivamente quizás. Cuando digo esto, no es porque ignore que mayoritariamente es el disco al que se le reconoce como el mejor, sino porque los tres primeros de los Pixies me parece que podrían estar al mismo nivel, o al menos similar.

Pero aún no es momento de hablar del gran Bossanova o del injustamente olvidado Trompe Le Monde. Bien, centrémonos en el contexto histórico del Doolittle.

Doolittle, el cambio de productor y la limpieza del sonido

Es abril de 1989 y los Pixies ya han mostrado sus garras, sus estribillos, su locura, su todo, un año antes con un debut que rompía los esquemas del indie rock, que estaba abandonando su fase de gestación en el underground americano para pasar a su fase imperialista. El día 17 verá la luz Doolittle, después de un arduo y agotador proceso de grabación y producción en los que Black Francis culpaba a Gil Norton (el nuevo productor) de querer estirar sus canciones demasiado. Pero si hablamos de peleas, este LP está marcado por ser en el que empiezan los rifirafes entre la mole egocéntrica y Kim Deal. Unas desavenencias que acabarían con el grupo años después. De hecho, desde el entorno cercano al grupo se decía que “lo que empezó siendo diversión acabó siendo mero trabajo”.

Egos, peleas y diferencias aparte, para tomárselo como ‘trabajo’, se lo tomaron muy en serio, puede que incluso más que un alemán. De hecho, Doolittle acabó siendo considerada la pieza cumbre del grupo y una de las piedras de toque del indie rock del que infinidad de grupos continúan hoy bebiendo. Para ello desde 4AD les enviaron a Gil Norton para la producción, que una vez asimilado el sonido del grupo, dio como resultado un disco más pulido que Surfer Rosa & Come On Pilgrim; más limpio, menos crudo que su predecesor. Y la cosa les fue tan bien que Norton fue el encargado de producir el resto de discos que los Pixies editarían antes de su separación.

Asimismo, a pesar de la condición de grupo de culto que se había dado a conocer en ambientes universitarios y salas de conciertos, este segundo álbum fue un considerable éxito comercial (en Inglaterra), generando buenas críticas a nivel general, a pesar de que también recibió algún que otro palo. Cuatriplicar el presupuesto de producción para Surfer Rosa no había hecho mucho más, aunque no se puede negar esa línea ascendente en popularidad. Con todo, años después, esas mismas revistas han puesto, antes o después, a Doolittle en sus listas de los mejores trabajos de la historia, analizando en perspectiva el peso y la influencia en grupos posteriores. También podemos utilizar como baremo la biblia que nos guía en Hipersónica, Rate Your Music, para ver frente a qué discos se alzaba el segundo de los Pixies: el Disintegration de Cure, el debut de los Stone Roses, el Paul’s Boutique de los Beastie Boys o Today de sus paisanos Galaxie 500, entre otros.

Doolittle era el disco que los cuatro de Boston necesitaban para perfeccionar su sonido, y a la vez era el punto de inflexión que necesitaba el género para tener una referencia definitiva de hacia dónde ir. Si bien es cierto que el indie rock también contaba con ellos y con los Sonic Youth del Daydream Nation como los grandes padrinos, Doolittle fue el disco adelantado a su tiempo, uno que podría haber encajado perfectamente en una fecha aleatoria en la década de los noventa. A algunos les gustó tanto que incluso parece que para su contraportada les dedicaron un mono a punto de irse al cielo.

Respetar el pop y destruir estribillos otra vez

Sus armas, de nuevo las mostradas tan sólo un año antes: canciones calmadas con estribillos arrolladores, cambios de ritmo repentinos, gusto por la melodía pop, letras surrealistas y en especial un Black Francis pletórico, escudado por la infalible guitarra de Joey Santiago. Además utilizaron algún recurso estilístico más que los meros tres instrumentos base. Aunque son los dos artífices del grupo, uno con sus inesperados sonidos guitarrísticos y el otro con sus letras, sus gritos y su tara mental (en definitiva, su todo), los Pixies fueron cuatro grandes músicos que convergieron en unas coordenadas temporales concretas para edificar uno de esos discos indispensables para cualquier amante del rock.

Tan sólo un año después de hacer que en las universidades americanas se hablara en muchos círculos de ellos, se alejaron de esa vena hardcoreta que había definido su debut, apostaron por un sonido más limpio y depurado pero igualmente visceral. Asimismo, todas esas características que demostraban que era un grupo diferente, por su fórmula, se vieron potenciadas con un resultado escandalosamente genial. En apenas un año los Pixies parecían haber sido poseídos por una insultante inspiración en la que se recreaban y se alzaban capaces de amar al pop como nadie con ‘Here Comes Your Man’ o de dejar exhaustos con canciones devastadoras como ‘Tame’.

Para ser un disco clave, al contrario que con tantos otros, Doolittle es un trabajo que se consume rápido, con canciones cortas repletas de artificios instrumentales que hacen de los Pixies un grupo triunfador en las distancias cortas. Algo que consiguieron también gracias a la minuciosa duración de los temas, no estiraron ninguno más de lo requerido. La canción duraba lo suficiente como para mostrar las virtudes de la formación y la genialidad de Black Francis gritando, cantando en spanglish y hablando sobre la Biblia, el sexo y mutilaciones propias de pelis de ciencia ficción.

Ciencia ficción, religión y temáticas dementes

Y hablando de ciencia ficción, algo inherente al grupo, precisamente ‘Debaser’, la encargada de abrir el disco, está basada en Un Perro Andaluz de Buñuel. No era la primera vez que Francis homenajeaba a la ciencia ficción, ya lo había hecho antes versionando In Heaven (Lady in The Radiator Song) en homenaje a Eraserhead. Sumarle ese riff de bajo de Deal y esa distorsión de Santiago sólo eran el culmen para organizar una de las canciones más enigmáticas y animadas del grupo, que tenía como objetivo homenajear a la degradación que vivía esa época del cine y que se reflejaba en dicha película española.

Después de esos instantes de surrealismo, melodía y virguerías guitarrísticas llegaban los martillazos. Así es como funciona Doolittle, combina la suavidad y la adicción de la melodía pop con agresivos mazazos que podían acabar por desgarrar las cuerdas del grupo; o las de la guitarra o las vocales de Francis. Entre esos golpes implacables se encuentra la repentina ira de ‘Tame’ con el tarado vocalista enloquecido sobre una montaña rusa musical, o la magnífica poesía marina de la ola de mutilación. Debió ser algo sorprendente la irrupción del grupo con Tame y nuestro ególatra amigo gritando como un psicótico: quién es este tío y por qué canta así.

No obstante, de esta primera parte del álbum siempre me gusta destacar por encima del resto ‘I Bleed’, en ella encontramos todos los ingredientes de Pixies, con mucho orden a pesar del caos que parece reinar: sincronización total entre el bajo de Deal y la batería de Lovering, la guitarra volátil y afilada de Santiago (que sigue en marcha en el fondo, aguantando la tormenta), los coros del dueto de Francis y su compañera y por último ese cambio de ritmo destructor que cae sobre nuestras cabezas como un yunque. Y cómo no, con la letra gore pertinente:

Tan fuerte como el infierno 

Una campana 

Detrás de mi sonrisa 

Sacude mis dientes 

Y al mismo tiempo 

La alimentación de los vampiros 

Yo sangro

Ese orden, esa armonía bajo-batería se mantiene incluso en temas más dulces como ‘Here Comes Your Man’, mientras que con los auriculares se aprecian bastantes detalles de guitarra de Santiago. Y además de ser la balada más célebre y conseguida del grupo, no obvia los guiños a los ídolos del grupo. Tenemos presentes a los Beatles de A Hard’s Day Night en ese primer acorde que introduce la canción. Anteriormente ya habían versionado alguna canción del cuarteto de Liverpool, como Wild Hone Pie. La otra balada, poco conocida al no ser single, pero extremadamente pegadiza es ‘La La Love You’, en la que canta Dave Lovering, alzando su voz por encima de un ritmo alegre en el que no faltan los punteos. Cada canción tenía que tener los atributos de los Pixies bien presentes.

Dichos atributos se encuentran a lo largo del disco de forma manifiesta, incluso en las cápsulas de espíritu punk de apenas dos minutos de duración. Ahí está el cambio de ritmo de ‘Dead’ o ‘Mr Grieves’, el spanglish de la muñeca de Paco Picopiedra y José Jones en ‘Crackity Jones’ o el Viva La Loca Rica de ‘No 13 Baby’ y su fabuloso mar de guitarras final.

Viva 

Don’t want no blue eyes 

La loma 

I want brown eyes 

Rica 

I’m in a state

Pero más allá de todos estos ejemplos fehacientes en esas canciones no tan famosos que hacen disco, hay que destacar del Doolittle los temas más emblemáticos como ‘Monkey Gone To Heaven’. En ellos, por primera vez el grupo utilizaba secciones de cuerda con violines y violonchelos, imprimiendo más riqueza sonora a testarazos como este, que se han convertido en una de las canciones insignia del grupo, no sólo por esos acordes que introducen el estribillo, sino por ejemplificar el apogeo de una formación que se encontraba en estado de gracia. A pesar de que Elektra se hiciera cargo para la distribución internacional y los de Boston sólo lograran un éxito relativo en las listas británicas, ellos ya estaban creando escuela.

Jugaban en su propia liga; había ya grupos totémicos del indie rock, cada uno con su sonido definido y personal, pero como los Pixies había pocos. Seguramente nadie en este periodo. En piedras de toque como ‘Monkey Gone To Heaven’, dejando aparte el lado musical, nos encontramos con Francis en plena inspiración, elaborando una vez más referencias bíblicas y escribiendo sobre el papel del hombre con lo divino. En muchas religiones el 7 que se relaciona con lo sagrado. También en el cristianismo, donde se repite bastante a lo largo de los pasajes bíblicos. Cuando Francis era un mozo se apuntó con su familia a una iglesia evangélica. Todo esto sirvió para que él lo plasmara en letra, atribuyéndole el 7 a Dios y el 6 al Demonio, dejando el 5 para el hombre en una simple regla de tres. Todo berreado, para que nos enteremos mejor.

Catequesis con Black Francis.

If man is 5 

Then the devil is 6 

Then god is 7 

This monkey’s gone to heaven

El último triplete del disco también es indispensable, con la sarcástica, oscura y a la vez cálida ‘balada’ de Hey, la locura de ‘Silver’, lenta y corrosiva con Lovering tocando el bajo y Deal el slide. Rodeados de un ambiente cargado y doloroso ambiente en la que ambos vocalistas ponen las voces al máximo de su agudeza. Y para despedir la historia, la fabulosa ‘Gouge Away’, de nuevo con historias de la Biblia, de Sansón y su idilio, todo envuelto en un estribillo atronador que finaliza con una estrofa tan arrolladora como la música que le acompaña:

Chained to the pillars 

A 3-day party 

I break the walls 

And kill us all 

With holy fingers 

Gouge away 

You can gouge away 

Stay all day 

If you want to

A pesar de que pueda parecer que las letras de Pixies son secundarias, debido en parte a la elocuencia de su música, traducir las canciones ayuda a entender más cómo estas encajan con los minutos musicales y a saber apreciar las taras mentales (y sin embargo, brillantes) del entonces implacable Black Francis. La mezcla de Biblia, David Lynch, adulterio, violencia y cambios de ritmo es ciertamente explosiva, como Doolittle.

Doolittle y la importancia de los detalles

Por otra parte, el otro día en el post de Surfer Rosa un lector comentaba que Kim Deal no era especialmente una gran bajista, y podemos discrepar o estar más de acuerdo en si su técnica era la mejor. Pero de lo que no hay duda, es que sus acordes, al igual que los de Kurt Cobain a la guitarra, no eran complejos, pero su toque melódico y su papel como hilo conductor o sólo como sustento, potencian la canción otorgándole mayor solidez. Tenemos el riff de Debaser; la profundidad en Tame, I Bleed o Gouge Away; la melodía vertebradora de Here Comes Your Man, Monkey Gone To Heaven o Hey o la velocidad frenética en Crackity Jones como ejemplo. En definitiva, el bajo tenía un peso muy notable, lo que enriqueció mucho las canciones.

Es interesante destacar que ‘Monkey Gone To Heaven’, de acuerdo a su letra, ocupa el lugar 7, y que precisamente las canciones que le preceden, ‘Dead’ y ‘Here Comes Your Man’, podrían tener cierta vinculación con ese 5 y 6 del que habla Francis: lo humano y lo demoníaco. Además, en la propia Dead, volvemos a tener una historia bíblica. Esta vez se habla de Betsabé (conocida como “la séptima hija”, de nuevo un número importante en el cristianismo), esposa de Urías y David. Pero para eso ya os leéis la Biblia, que dicen que es un pedazo de libro.

Asimismo, en ‘Tame’, Santiago utiliza el conocido como acorde de Hendrix, que sirve para dilapidar el ritmo construido por el bajo de Deal, y que también comparte protagonismo en ese primer acorde de los Beatles en Here Comes Your Man. Aunque aquí sea en clave ruidosa y referencial para el grunge.

Gracias también a la producción de Gil Norton, que logró aclimatarse al grupo, limpiando su sonido y dejándolo más pulcro, supo mantener las grandes cualidades del cuarteto, manteniendo el espíritu punk con canciones cortas y de mecha rápida, incluso logrando convencer al líder de ciertos cambios. Por ejemplo, ‘There Goes My Gun’ estaba concebida como un tema con mayor tempo, a lo Husker Dü, según señalaba Francis. El costoso esfuerzo supondría el divorcio casi total entre Francis y Deal, que a partir de ahora vería limitado su protagonismo en el grupo. Pero lo importante es que también supuso como resultado el disco cumbre del grupo y una de las piedras de toque del indie rock gracias al estado de gracia por el que pasaban.

De los DVDs que se editaron tras la reunión en 2004, me quedo con uno de ellos en el que David Bowie comenta que Joey Santiago ha sido siempre un guitarrista infravalorado y que, al igual que con la Velvet Underground, quien escuchaba un disco de los Pixies acababa formando un grupo. Palabras suficientes para justificar un merecido homenaje a uno de esos grupos que cambiaron el devenir de la música moderna y al disco que supuso el punto de inflexión: Doolittle.

9.9/10

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