Qué hacemos contigo, Solange

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Con todo el ascenso dominante de la música urbana y música pop a nuestra conversación cultural, incluyendo desde portadas de medios musicales hasta ahora poco atentos a dichos estilos hasta encabezando carteles de festivales grandes que tres cuartos de lo mismo, volvió a llegar a mi vida una de esas piezas tan estimulantes de leer como era la publicada por Chris Richards en el Washington Post, aún vigente a día de hoy, cuatro años después: «Do you want poptimism? Or do you want the truth?«.

Sin duda, resulta interesante pensar en cómo se ha establecido este casi incuestionable consenso a la hora de abrazar estos artistas, más allá de puntuales rabietas infantiles como la de los fans del Sónar cabreados por la confirmación de Bad Bunny. Hoy día casi parece hasta absurdo no reconocer la valía y la necesidad de meter en estos festivales a cantantes de Operación Triunfo, traperos de barrio firmados por Sony, The New Normal, pero no nos paramos realmente a pensar si realmente hay motivo para esta bula papal de la crítica ante artistas con poco material para valorar, y algunos sin ni siquiera haber publicado un tema.

Y ojo, tampoco quiero llegar a extremos como el de Saul Austerlitz en su ensayo para el New York Times, porque claro que hay cosas valorables en el pop actual. Narices, estos desvaríos los estoy escribiendo con el disco nuevo de Ariana Grande de fondo (que está chido, debo decir).

Pero vale la pena pensar en este cambio repentino (o quizá no tanto) por estos sectores mencionados, cuando no hace tanto su mayor concesión a los sonidos populares tenían que venir de artistas con cierta legitimidad intelectual, un seal of approval de supuesto prestigio sólo digno para propuestas que bebieran de lo comercial, pero que no lo fueran. Ese 1% en las listas clónicas de lo mejor del año que incluían a Solange Knowles como el Pop Bueno de Verdad™, para dar cierta coartada para aquellos que decían escuchar Pop, pero no ese Pop.

Solange ha sacado nuevo disco, por cierto. When I Get Home. Mentiría si dijera que puedo apreciar diferencias sustanciales con su anterior obra. Sus portadas son diferentes, pero no lo parecen si no te fijas, y con lo que hay dentro pasa algo similar. R&B Alternativo con «a» mayúscula, producción suficientemente artie y neo-soul blandito/insulso que ningún Natxo Sobrado (ni el Pre-Inception, ni el Post-inception, ni el que sea que tenemos ahora) compraría.

Y aún así, este lánguido sonido era la punta de lanza para el pseudointelectualismo pop para poder darse una palmadita en la espalda por haber encontrado el disco de género que vale. O que valía, antes de que la ola del poptimism dijo que ya no pasaba nada porque escucharas el disco de Taylor Swift o porque te vinieses arriba con el nuevo single de Carly Rae Jepsen (a ver quién es capaz de no hacerlo, por otra parte).

Qué hacemos entonces cuando tenemos entre nuestras manos un disco como When I Get Home, que ofrece una versión diluida de lo que ofrecen ya gente que está saliendo de la escena alternativa (vease Kehlani) y tanto medios como festivales ya no andan tan necesitados de cuota pop «intelectual». Al menos Janelle Monáe supo leer el partido ofreciendo junto a su disco un potente complemento visual y un mensaje político bien integrado que ha logrado calar.

En resumen, qué podemos hacer con Solange en 2019, cuando menos necesaria parece y más ganas tenemos de disco de CRJ.

 

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