Quizá Rocketman no salve el biopic musical, pero sabe convertirlo en una fiesta

Rocketman (Dexter Fletcher, 2019)

Una de las escenas que más condensa la idiosincrasia de Rocketman (Dexter Fletcher, 2019) acaba siendo el punto de inflexión a partir del cual la cinta aprieta el acelerador y el ritmo se vuelve vertiginoso. Tras pasar varios minutos viendo a un Elton John de niño buscando en su piano y en la música un refugio del que protegerse de unos padres, como poco, desagradables con él, vemos al infante en una de sus primeras actuaciones en un bar de su ciudad avisando a un borracho que no ponga su copa en el piano porque puede caerse. Entonces comienza un fastuoso número musical al ritmo de ‘Saturday Night’s Alright for Fighting‘ donde el niño pasa a la versión adulta interpretada por Taron Egerton a ritmo de piano rock, coreografías electrizantes y un desenfadado sentido del espectáculo.

¿Es biográficamente preciso? En absoluto. ‘Saturday Night…’ no sería compuesta hasta diez años después del comienzo de la carrera de Elton John, cuando la coescribió junto a su mano derecha Bernie Taupin para el disco Goodbye Yellow Brick Road. ¿Importa acaso? No realmente, porque al final acaba haciendo algo con la canción más valioso que contarnos cómo fue escrita y mostrarnos al protagonista tocándola. Que las propias canciones de Elton sirvan de hilo musical y desencadenantes de números musicales verbeneros hace más divertido y entretenido el enésimo viaje de ascenso y caída de la estrella de rock que hemos visto ya en numerosos biopics musicales.

No es demasiado lo que acaba separando (y elevando) a Rocketman de otras cintas de las que ya he llegado a hablar en este mismo sitio no hace mucho. La estrella protagonista tiene que superar sus diversas adicciones como el sexo desenfrenado o las drogas (y las compras), sus problemas con el control de la ira y sus traumitas paternos. Ah, y que no falte el conflicto con una caricaturizada figura de la industria musical que le prometió el oro y el moro. Lugares comunes de los que no se desprende porque al final la fórmula vende, así que mejor no cambiarla.

Sin embargo, lo que diferencia a la película de Dexter Fletcher acaba siendo lo que más valor le acaba otorgando y la acaba haciéndose sentir más viva de lo que lo formulaico de su estructura debería permitir. Convertir los periodos convulsos de Elton John en un musical exagerado, clásico a la par que pelín hortera, no sólo resulta acorde al propio músico a homenajear, sino que aporta un singular sentido del espectáculo y hace que el ritmo fluya a lo largo de dos horas de metraje, que sólo llega a derrapar al final cuando tiene que dar la conclusión fácil y esperada en la que el músico logra resolver sus problemas y recupera su estrellato.

Que los números musicales sean el motor para la historia de Elton ayuda a dos problemas potenciales a los que se enfrentaba Rocketman. El primero es que las letras de las canciones de Bernie Taupin son demasiado rocambolescas para un sing-along, así que no pueden tirar tanto del factor karaoke de lo que se han acabado beneficiando otras. Hacer secuencias llenas de fantasía, incluso aunque sean de todo menos sutiles (en el número de ‘Crocodile Rock‘ vemos literalmente al público levitar mientras toca la canción), sientan estupendamente a las canciones.

Rocketman (Dexter Fletcher, 2019)

Por otro lado, con las secuencias musicales Rocketman logra esquivar lo que suele lastrar a muchos de estos biopics, que suelen articular las historias de sus protagonistas en torno a momentos anecdóticos y escenas que muestran al artista componiendo/tocando alguna de sus piezas míticas. Se agradece que Fletcher al menos se dé cuenta de que vivimos en un mundo en el que existe la Wikipedia y que no hace falta convertir la película en una adaptación de la página de Wikipedia del músico.

Que Elton John estuviera personalmente involucrado en la película como productor fue un arma de doble filo que al final ha funcionado en favor de la misma. Porque al final toca plegarse a las exigencias del mito vivo (Taron Egerton como protagonista está bien, gracias, pero está demasiado cachas para un papel que la propia película nos está contando que es de un hombre con sobrepeso y poco agraciado), pero al final puede dar luz verde a las extravagancias creativas que acaban tomando, así como el retrato sin cortapisas de los momentos más excesivos, como el sexo compulsivo o la inhalación de cocaína.

Rocketman (Dexter Fletcher, 2019)

Aunque al final esa mirada a esos periodos de excesos se asemeje bastante a cómo un anciano Elton recuerda con nostalgia esos tiempos («Me he follado a todo lo que se menea y me he metido todas las drogas del mundo. No pienso pedir perdón por sentir placer»), sí que es cierto que Rocketman acaba mostrando ciertos momentos de humanidad (el breve momento que dedica a su fugaz matrimonio con Renate Blauel se siente casi como una disculpa del propio John con su exmujer) que muestra una dirección viable para que estos biopics no se sientan más formulaicos y manufacturados de lo que ya se sienten.

Incluso a pesar de no terminar de romper del todo con las convenciones del género, Rocketman apunta hacia ideas a las que los proyectos que vengan les convendría acercarse para no exponer vergüenzas que ya se destaparon con Dewey Cox: Una vida larga y dura (Jake Kasdan, 2007). Y ahora mismo vivimos en un mundo donde hasta un biopic de Boy George podría recibir luz verde, así que esperemos que al menos tomen nota para que, si no van a sorprender, al menos sepan montar una verbena divertida.

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