Una práctica no tan extraña en los estudios de Hollywood, y que probablemente vaya al alza dada la aparente necesidad de ligar proyectos a propiedades intelectuales preexistentes para poder tener luz verde, es la de tomar guiones que se quedan en el limbo de la producción y reescribirlos para encajarlos en la línea habitual en la que se mueve un determinado actor o director o en la de una franquicia.

Por citar un ejemplo más o menos reciente identificable: Cloverfield Paradox (Julius Onah, 2018) partió como una producción original de presupuesto exiguo llamada God Particle que no iba a tener relación ninguna con el universo ideado por J. J. Abrams. El proyecto no encontraba viabilidad, hasta que Abrams entró en el proyecto y este se reescribió para incluirlo en la saga Cloverfield, y la peli pasó a poder ser terminada y distribuida. El resto es historia (por desgracia).

A veces me gusta imaginar que algunas de las pelis que nos llegan han pasado por un proceso similar, aunque no haya pruebas que lo demuestren. Me pasa con el último reboot de Muñeco Diabólico (Lars Klevberg, 2019), que tengo la impresión de que nació como un proyecto de clara inspiración en Black Mirror y lo de Chucky llegó después. No tengo certezas, pero no me sorprendería que eso fue lo que pasó, al igual que no me sorprendería que fuera el caso de la última entrega de la saga Rambo.

No son pocos los que han sacado películas como Venganza (Pierre Morel, 2007) como comparativa de Rambo: Last Blood (Adrian Grunberg, 2019), principalmente por el peso que acaba adquiriendo el hecho de que la “hija adoptiva” del protagonista se desplace al extranjero y sea secuestrada por una organización criminal del país. También la mencionan por más aspectos temáticos y de estilo, pero tampoco vamos a darle a Liam Neeson y todos sus derivados de “señor mayor que se carga a todo quisqui en busca de venganza” todo el mérito de popularizar el estilo, cuando el propio Sylvester Stallone ha puesto su propio grano de arena junto a otros para convertir eso en una corriente.

Sin embargo, no es complicado ver, a raíz de todo el peso que adquiere la trama criminal y sus ramificaciones así como desarrollar todos los “daddy issues” de la hija putativa de John Rambo, que el borrador inicial de Matt Cirulnick partía de una premisa tipo Taken y luego el proyecto le llegó a Stallone y le propusieron reescribirlo y encajarlo en la saga First Blood. Curiosamente, toda esta parte acaba teniendo pecando de tener demasiada escritura, metiendo tramas que no contribuyen más allá de hacer que avance la película (toda la trama del personaje de Paz Vega es muy accesoria), acaba limitando las posibilidades de Last Blood de tocar el techo que se marca a sí misma, además de dar la sensación de ser la película con menos personalidad de la saga.

Cuando más funciona Last Blood es cuanto más se acerca a la secuela pura y dura de John Rambo (Sylvester Stallone, 2008), explorando los dramas del personaje durante el primer acto y desatando una carnicería demencial en el último. La estructura resulta bastante similar en los dos, notándose que Sly actúa de guionista en ambas (y en toda la saga), pero se sigue sintiendo como si el personaje principal estuviera insertado forzosamente en la película (encima sin parecer realmente él, sin su melena y cinta características), además de que nunca termina de alcanzar los momentos de glorioso gore de la cuarta entrega. 

Adrian Grunberg se muestra solvente dirigiendo, especialmente planificando toda la secuencia final que, sí, es muy Sólo en Casa (Chris Columbus, 1990) con más pinchos y más desmembramientos, pero a veces pierde el pie y el ritmo narrativo, así como acaba apresurando demasiados momentos de acción (especialmente el último acto) como si temiera que al alargar demasiado una película de hora y media y de historia tan escueta acaben viéndose demasiadas costuras abiertas.

A pesar de las irregularidades comentadas, si te apetece pasar por alto su descarado ensañamiento de un señor mayor blanco cargándose a una serie de mexicanos esterotipados en un momento como este (algo marca de la casa, en los ochenta su masacre contra vietnamitas y afganos llevó a Ronald Reagan a considerar la franquicia como un ejemplo de la excepcionalidad del ejército americano), la cinta ofrece un divertimento mayor del que muchas de las críticas reconocen. Incluyendo al autor de la novela original, que la desdeña por su carácter exploit (no se le oyó tanto decir esto con la anterior, eso sí) que la hace tan estimable y le permite resaltar frente a algunas tendencias genéricas de las que no consigue escapar.

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Rambo: Last Blood (Adrian Grunberg, 2019)
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manuwar
manuwar
1 year ago

en los ochenta su masacre contra vietnamitas y afganos

Afganos no, invasores soviéticos. Los muyaidines eran los buenos de la película xD.

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3 months ago

[…] cineasta ha estado promocionando recientemente la versión extendida de Last Blood, la última película de Rambo, y los fans no han podido evitar preguntarle sobre Rocky Balboa y la […]