Este año ha sido el del quinto larga duración de René Pawlowitz, más conocido como Shed, uno de los bisturís más interesantes del techno teutón. El suyo ha sido un proyecto que siempre ha buscado explorar varias de sus vertientes, desde el ambient techno hasta el dub y los breaks, pasando por los graves a bocajarro. En su nuevo trabajo, Oderbruch (Ostgun Ton, 2019), vuelve al sello berlinés después de casi una década. Allí sacó sus dos primeros discos. Ahora que ha vuelto a casa, tanto al sello, como a Oderbruch, región en la que se crió y a la que ha dedicado el álbum por sus cambios durante la II Guerra Mundial o tras la caída de la RDA, Shed se reencuentra con (casi) su mejor sonido.

Desde su primer largo en 2008, Shed siempre ha buscado esos sonidos emocionales y ambientales, logrando un techno con bastantes matices que no tiraba del músculo automático. Un formato mucho más orientado a la escucha que al farrote en la pista de baile, sin duda un valor añadido que ha hecho que cada anuncio de nuevo trabajo fuera acogido con bastante interés. Con los cinco largos contando este último que ya lleva, ha sido bastante regular en el sentido de publicar siempre trabajos de notable, unas veces más modestos, como The Traveller (Ostgun Ton, 2010) y otros logrando el equilibrio entre ese músculo que tan bien aplica cuando quiere, y el techno de constantes texturas. Algo que logró en The Killer (50 Weapons, 2012).

Beats con mucho detalle pero con pegada contenida

Ahora, con Oderbruch, explota mucho más esos matices que lleva ejecutando desde hace años. Hay un mayor grado de detallismo por lo que la propuesta en lo sonoro se enriquece, aunque se echa en falta algo más de intensidad que en varios pasajes del álbum demuestra que se le da bastante bien. En cualquier caso, goaz de un buen nivel de creatividad, lo que se traduce en un disco inspirado. Si bien cuando jugaba al ambient techno había mucha emoción y dejaba buena cuenta de su gusto, en este quinto LP hay cortes como ‘Trauernde Weiden‘ que tienen varias líneas melódicas que se entrecruzan con una atmósfera ensoñadora y una elocuente percusión. Precisamente esas bases aportan bastante a su propuesta, y los modifica a placer dependiendo de esos momentos de nostalgia o de mayor punch. Hacen acto de presencia en forma de breaks en ‘Sterbende Alleen‘ o ‘Menschen und Mauern‘, con ritmos rotos y un ambient majestuoso.

No obstante, el disco también flojea en algunas partes, especialmente cuando Pawlowitz decide apostar únicamente por líneas ambientales sin cuerpo (‘Der Wolf kehrt Zurück‘, ‘Nacht, Fluss, Grille, Auto, Frosch, Eule, Mücke‘) o cuando mantiene el pulso en cortes que piden soltarse el pelo y no contención como ‘Seelower Höen‘. Gana mucho cuando suma muchos ingredientes a su causa, pero no resplandece tanto cuando hace la propuesta más sencilla. Pero en general, se trata de un disco muy versátil, propio de Shed, en el que encontrar atmósferas nostálgicas con ese ambient techno de bella factura, breaks y un buen puñado de matices a los que dedicar buenos auriculares. Es un buen regreso del alemán con un álbum emocional en el que utiliza sus producciones para atravesar momentos históricos a los que hacen referencia los títulos de sus temas: avenidas vacías, despedidas, devastación de bosques por la guerra… No está muy lejos de The Killer, punto de equilibrio entre su faceta de tirar de amplia paleta sonora y de sacar a pasear el bombo a lo grande, pero sí un peldaño por debajo. Cuando exhibe músculo su propuesta gana mucho.

7,5/10

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