Madrugada como banda parecían estar condenados ya antes de que Robert Burås falleciese. Su carrera era impecable hasta el momento. Había sido intensa, estimulante, una de las más interesantes dentro del Rock del viejo continente a pesar de que la bandera noruega no permitiese al entonces trío recibir los parabienes que sin duda merecía. Fatigados, desmotivados o simplemente buscándose el pan cada uno por su lado, Sivert Høyem, Burås y compañía ya habían empezado el rosario de proyectos personales que suele preceder al cese. La muerte esperaba a la muerte de la esquina, y la ironía quiso que llegase mientras, de nuevo reunidos, Madrugada preparaba el quinto álbum de su carrera.

Robert Burås se fue y con él se llevó a Madrugada al camposanto, actuando el disco homónimo como un punto final emotivo, áspero y asfixiante, como homenaje al propio guitarrista y como aviso de lo que como banda podrían haber sido de haber tenido la suerte y la nacionalidad de su lado. El golpe fue duro a pesar de que el álbum rozaba el sobresaliente, y su ausencia atenazó creativamente a los que hasta entonces habían sido sus compañeros. Sivert Høyem, el elegante vocalista de la banda, decidió continuar con su carrera en solitario ahí donde había quedado tras el discreto Exiles (Virgin, 2006), pero tardó dos discos más en darse cuenta de que se había quedado solo, de que su timbre era impactante pero necesitaba algo más que humo de tacabo y oscuridad de antro recóndito para alcanzar el nivel del pasado.

Una dura transición con un solo momento de brillantez

Long Slow Distance (EMI, 2011) fue algo así como una resurección para Høyem, un disco que a pesar de diverger sonoramente con lo que en la banda madre había realizado rescataba su atmósfera, el vigor de composiciones que iban hasta el final si era necesario y recurría a discursos que se dirigían a conclusiones que todos ya habíamos escuchado en el pasado. Era el año 2011 y lo lógico fue pensar que al fin el vocalista iba a ser capaz de grabar a la altura de la gran banda, sin embargo todo volvió a enfriarse en 2014 con Endless Love (Warner), y muchos creimos que lo anterior había sido casualidad y la ausencia de Burås una losa ya sí imposible de levantar.

Sivert Høyem estaba perdido buscando a Robert Burås, al Rock que tras su muerte se había llevado consigo a la inspiración del vocalista noruego

El noruego se había quedado sin la personal guitarra de Madrugada años antes, sin sus notas alargadas en ambientes huecos, sin los riffs que desde el blues iban hasta la psicodelia de los sesenta y sin esas progresiones apoyadas en tempos lentos y atmósferas cargadas de sensualidad y alcohólica pasión desenfrenada. Ante la ausencia todo lo que componía Høyem sonaba anodino a menos de que fuese dotado de fuerza extraordinaria según lo conocido, el eco a Chris Isaak se diluía pues la voz no era suficiente ante una instrumentación que huía de los parajes en los que mejor se movía. El tono, ronco, apagado, envolvente, quedaba apocado pues las canciones crecían amputadas, sin ese esqueleto que durante años las había convertido en los himnos que todos recordamos.

Llegado 2016 el vocalista noruego parece haber entendido que el duelo ha terminado. La guitarra sigue ahí pero opera más como recuerdo que como referencia a futuro. La apuesta sigue siendo de corte clásico pero la instrumentación deja espacio para actos menos ortodoxos desde los que recrear las sensaciones que antaño conocimos y que por imposibilidad casi habíamos olvidado. Lioness (Hektor Grammofon, 2016) no rompe discursivamente pero sí metodológicamente, y en su separación de las retóricas sesenteras y el Rock sin más ha conseguido que Sivert Høyem vuelva a sonar entonado, consciente de cómo jugar las cartas y persistente en su mensaje desde atalayas que ya poco tienen que ver con las que había frecuentado con compañía de Robert Burås.

Lioness: probablemente, su mejor disco fuera de Madrugada

Consciente de que acudir a Madrugada en busca de inspiración era más un problema que una solución para su carrera, el vocalista noruego ha persistido en su mirada al pasado pero lo ha hecho desde una perspectiva aún más clásica de lo que lo había hecho hasta ahora, reticente a persistir en el Rock como leitmotif y comprendiendo que quien hoy le sigue no lo hace por el fervor guitarrero sino por lo imponente de su garganta y todo lo que es capaz de transmitir a través de ella.

Por eso es que, una vez entendido que el Rock puede haberse convertido en una jaula que encierra al crooner y lo despedaza bajo zarpazos de rutina, Høyem ha decidido jugar con las cartas levantadas, sin disimulo, consciente de que aquel que se acerca a uno de sus discos lo que quiere es ecucharlo a él y hacerlo en los ambientes donde mejor se mueve. Amando y haciendo amar, narrando historias que hablan tanto del éxito como del fracaso y que parecen diseñadas para ser usadas como herramienta para atraer a despistados miembros del sexo opuesto.

El adiós al Rock no supone dejar de lado la sensualidad y soledad que rodea a la voz de Sivert Høyem. Cambia el vehículo pero el destino es el mismo

El alegato entiende del clasicismo folk que compuso el armazón del último disco de Madrugada pero también de retazos electrónicos que desde el Trip Hop se extienden por todo el espectro de sonidos grises y ambientes lóbregos pero cálidos. El Rock queda fuera pero no se echa en falta pues éste no es un disco que aluda al biceps o el cuadriceps sino al músculo que lo mueve todo, consciente de que la renuncia no es una pérdida sino una puerta hacia sonidos que a pesar de esperables no iban a llegar de persistir en la rutina ya conocida.

8.3/10

Y como regalo este descubrimiento nos deja al Sivert Høyem más entonado de toda su carrera en solitario, reforzado en sus convicciones y elocuente en el despliegue de sus virtudes al micrófono. Puede que a alguno le entristezca no encontrarse con esas guitarras que podían emparentarlo con el último Richard Hawley, pero el principal acierto de Lioness, un disco elocuente a pesar de basarse en analogías, es que no necesita de la guitarra para construir diálogos que antaño eran impensables sin ella. Y con esto el verdadero triunfador es el noruego enamorado, el calvo cuya garganta me ayudó a conquistar a la que ahora es mi mujer. Entonces lo hizo entonando la sensual ‘Hold on to you’, hoy podría volver a lograrlo con ‘Fool to your Crown’ . Distintas herramientas pero mismo discurso. Y mismo efecto.

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