Ejemplo perfecto de lo mejor del rock alternativo, Siamese Dream es el disco imprescindible de Smashing Pumpkins, aquel que alguien debería rescatar y cuidar como oro en paño en caso de que alguien decidiese quemar todos los ejemplares de la discografía de la banda. Quizás si el propio Billy Corgan, en uno de sus excesos, decide que nada de lo que ha hecho le gusta, y quiere plantear tabula rasa.

Con mucho más gancho que Gish y sin los excesos de Mellon Collie & The Infinite Sadness, Siamese Dream es también el disco capaz de gustar por igual a indies y a seguidores de Los 40 Principales, a amantes del rock clasicote y a apasionados de My Bloody Valentine. Es una de esas pocas ocasiones en las que aparece un disco transversal, capaz de funcionar en muchos ámbitos y de muchas maneras. Y sí, había un grupo con talento, había un líder con ambición al que aún no se le había subido el ego a la cabeza y había toda una época esperando a que saliese un disco así.

Cuando Smashing Pumpkins se enamoraron de My Bloody Valentine

Precisamente la de estos últimos es la influencia más acusada en el disco. Corgan se quedó prendado del estratosférico Loveless y decidió que las guitarras de su nuevo disco (cuya grabación iba a ser encomendada de nuevo a Butch Vig, aunque bajo la atenta supervisión del capo) sonaran tan licuadas, etéreas y espaciales como las de Kevin Shields y los suyos. Y, para hacerlo todo más a su gusto, decidió tocar el todos los instrumentos excepto la batería, que Jimmy Chamberlin siempre ha sido de confianza.

La cosa no pudo salir mejor: revitalizó a un grupo con una grave crisis interna y les dejó al borde de lo masivo (algo que alcanzarían sin problemas con Mellon Collie). Y, además, salió un disco ejemplar para entender los 90 y el que, a buen seguro, sonará allá por 2025, cuando alguien haga películas retro ambientadas en esa década.

Cherub Rock abre el disco con el primero del póker de singles que conquistaron las radios alternativas de la época. Ya en este contundente ramalazo de furia contra las fronteras del mundo indie las guitarras, pese a estar en primer plano, suenan totalmente diferente a las de Gish. Aparecen como pasadas por agua, como diluidas y exprimidas de nuevo para sacar un jugo totalmente distinto. La fabulosa base rítmica y un estribillo preciso (Who wants money as long as there´s some money) en el que de nuevo sobresale la voz entre candorosa y dolida de Corgan hacen el resto.

Today y Disarm, historia viva de los 90

El segundo de los grandes singles de Siamese Dream es Today, transpirando sensación de inocencia y felicidad. Cierto que la letra deja bastante resquemor, pero la melodía es sublime, iniciada por un punteo limpio para el recuerdo y continuado por la electricidad a chorro de un juego de guitarras como pocos hubo en los 90. En cierto modo, Today es lo más cerca que va a estar Corgan de las convenciones indies, con sus subidas y bajadas, sus contrastes y sus claroscuros. A priori, el hit más descarado.

Para el tercer single, Smashing Pumpkins cambiaron de terreno y lanzaron Disarm, indiscutiblemente una de las mejores canciones de su discografía. Pop acústico y dramático ribeteado por violines y percusiones de orquesta. Ampulosa en el buen sentido, nunca grandilocuente, Disarm demuestra lo alto que apuntaba la inspiración de Billy Corgan en este disco. Years burn. Épica de habitación de adolescente. Una gozada.

Psicodelia, baladones y la cuadratura del círculo

No lo es menos el cuarto single, Rocket. La representante de ese grupo de canciones de psicodelia guitarrera que en Siamese Dream siempre funcionan a las mil maravillas (Hummer, Quiet). Haciendo honor a su título, toda la estructura de la canción parece la de un cohete que comienza su despegue. Líneas de guitarras que van y vienes, ruidos que se quedan atrás, acelerones (consume my love, devore my hate only powers my escape… ) y voces con eco para, finalmente, frenar en seco.

Esa es la mano ganadora de Siamese Dream, pero ojo con las bazas escondidas. Ojo, por ejemplo, con la absolutamente maravillosa Soma. Seis minutos y 40 segundos de baladón con la colaboración de Mike Mills (R.E.M.) que se construyen sobre un colchón perezoso y ensoñador para acabar provocando un vendaval de los que rompen corazones. Me enamore de ella con 15 años y aún sigo (y han pasado casi quince).

Ojo también con Mayonaise, la única colaboración en las composiciones de Iha. De inicio y final con sonidos casi country, puede aspirar a mejor canción del disco. Todo un ejemplo de cómo el sonido Smashing Pumkpkins podía, en sus mejores tiempotes, apelar a la sensibilidad para, literalmente, sanar penas. De eso trata Mayonaise y sus distorsiones.

El resto del disco se lo reparten otras dos muestras del buen hacer de Smashing Pumpkins en los tiempos lentos (Spaceboy, Luna), una miniatura delicadísima (Sweet, Sweet) y dos trallazos como la copa de un pino: Geek USA y el casi progresivo Silverfuck. Su rotundidad acaba por completar la cuadratura del círculo que supone Siamese Dream: ésa que decía cómo vender hard rock setentero a los mismos oyentes que eran fans de Sonic Youth y otras luminarias. Y a la vez, cómo vender indie a los seguidores y fanáticos de Metallica.

Discografía de Smashing Pumpkins

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