Tenemos que hablar de Leprous

Cómo afrontar el hecho de haber tocado todas las aristas posibles de tu sonido


Hace mucho, muchísimo tiempo que llevamos siguiendo por aquí a Leprous, casi desde la maqueta. Hemos observado sus comienzos prometedores, sus golpes sobre la mesa, cómo alcanzaron su cima cualitativa al mismo tiempo que conquistaron el público y cómo se consolidaron como figura importante del progresivo esta década. Todo esto logrado en un emocionante periodo de diez años si contamos Aeolia (autoeditado, 2006) donde los noruegos han conquistado nuestros corazones.

No obstante, con la llegada de Malina (InsideOut, 2017) era inevitable que llegaran más cuestiones acerca de qué clase de grupo quieren ser a partir de ahora, dado que ya están más cerca del estatus de veteranos que de grupo rompedor, sobre todo teniendo en cuenta que llevan existiendo desde 2001 de manera oficial. Todo esto después de un The Congregation (InsideOut, 2015) que nos sorprendió menos de lo esperado –a pesar de los matices de math rock- y al que nos agarramos a la calidad compositiva de sus canciones como un clavo ardiendo.

Que The Congregation fuese el primer álbum de Leprous donde se podría considerar que bajan el nivel con respecto a lo previo sólo podría considerarse signo de alarma para los más pesimistas y escépticos de la banda. Pero era innegable que en aquel trabajo se avistaba menos dinamismo y todo se percibía bastante familiar, conocido, muy Leprous. Se percibía a una banda que ya había recorrido casi todas las aristas de su sonido y trataba de diferenciarse aportando matices (el math rock) sin alejarse demasiado de su sonido característico, el que les hizo conquistar al público.

Por eso, el mayor miedo que uno podría tener al afrontar Malina seria que Leprous definitivamente se metieran en esa dinámica de no probar cosas demasiado alejadas de su zona de confort y optara por hacer trabajos que contenten a sus fans y les sirvan de excusa para una nueva gira durante un año o dos. Desgraciadamente, es lo que se percibe en la mayor parte del recorrido del disco, dando de nuevo esa sensación de familiaridad de su predecesor, aunque de manera diferente, pero con ciertos problemas añadidos.

Sin embargo, sería impreciso hablar de este nuevo álbum como un “más de lo mismo” de The Congregation. Si hubiera que establecer un paralelismo sonoro con otro trabajo de su discografía, ese sería Bilateral (InsideOut, 2011) al compartir ciertos patrones y particularidades de matices sonoros -como la menor carga metálica- pero adaptados a los Leprous más recientes y exitosos. Que podamos establecer una línea de conexión entre un trabajo nuevo y otro de hace seis años (!) ya da motivos para arquear una ceja, pero se vuelve más preocupante viendo el hecho de que carece de lo que hacía especial ese disco.

Bilateral se hacía enormísimo gracias a que era un álbum muy vivo y muy dinámico. Leprous eran capaces de sorprenderte en cada esquina de sus canciones, metiendo giros artísticos a la par que intensos que te dejaban sin palabras. En Malina, sin embargo, se les nota más contenidos y encorsetados, lo que podría confundirse con madurez y pausa.


Sería injusto comparar la frescura de entonces, cuando todavía eran unos “recién llegados”, con la de ahora, pero sí que es cierto que los noruegos ya no se dan tanto vuelo componiendo y optan por pisar sobre seguro alrededor de sus puntos más reconocibles (la voz de Einar y sus teclados, riffs de guitarra catchy, etc), dejando menos margen para la sorpresa y para dejar que la pieza respire y encuentre su propia voz en un conjunto.

Resulta complicado seguir sintiendo emoción con cada compás cuando una banda hasta no hace tanto estimulante se conforma con emplear sus trucos más seguros, pero termina siendo doloroso cuando no tienes ni ese clavo ardiendo que sí tenían en The Congregation. En aquel disco, con un par de escuchas, ya tenías claro 2 o 3 temazos que acabarían siendo más tras posteriores escuchas. Aquí, con varias más, no tan claro que haya piezas que resalten mucho más que otras y que me encantaría ver en un futuro concierto suyo.

La sensación de un conjunto muy compacto, donde casi todas sus canciones suenan muy similares, casi iguales, unido al factor de no tener temas muy inspirados, hace que sea más complicado no pensar que Leprous puedan haber acabado con todo su potencial y haber quemado todas sus vías creativas.

No hablo de matarlos, porque es imposible calificar a Malina como un mal álbum, más bien uno correcto, pero desde luego ya no suenan a la banda excitante e interesante que no hace tanto nos rompía con cada obra y ya entran en el peligroso terreno de realizar discos para fans. Y ya sabemos que eso es algo que termina hundiendo para siempre más tarde o más temprano. Y no está el metal progresivo para ir perdiendo referentes.

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