Discos decentes, hipervitaminados o cargados de veganismo

Cada año nos deleita con los regresos de viejas glorias, con las ganas de rajar de unos y el miedo a una posible cagada por parte de otros. Regresos que a su vez coinciden con nuevos trabajos de clásicos que nunca se fueron y que siempre habían estado ahí. En lo que llevamos de 2018, converge un poco de cada uno de estos casos, encarnados en los nuevos álbumes de The Breeders, Superchunk y Yo La Tengo. Tres formaciones americanas, en mayor o medida insignes del indie rock. La primera de ellas, con su primer LP tras diez años, las otras dos han seguido en activo siempre, manteniendo la compostura. Todos vuelven a publicar, eso sí, con sensaciones muy dispares.

El inesperado buen sabor de All Nerve

Tres nuevos discos que representan tres paradigmas diferentes de cómo volver al LP desde el punto de vista de grupos que llevan en activo tres décadas, que se dice pronto. En ese sentido, la sorpresa más grata de estos lanzamientos es la de The Breeders. Precisamente frente al decadente intento de los Pixies, o más bien de Black Francis, de volver al ruedo, ese intento suena oxidado, falto de inspiración y a veces poco creíble. Sin embargo, Kim Deal, que debió olerse el pastel — y puede que ya con el bolsillo lleno, que para eso era la reunión — decidió apartarse antes de participar en ese necesario LP.

Diez años después, recupera el proyecto con el que demostró que había estado injustamente tapada a nivel compositivo en el grupo, y junto a su hermana y la formación más clásica, ponen de relieve que ni por asomo están tan gastadas como se podría esperar. Frente a los últimos discos que sacaron en los 2000, que dejan muy indiferente, el conjunto de Boston vuelve a los orígenes; no al Last Splash (4AD, 1993), sino al debut, Pod (4AD, 1990). No hay hits, pero sí un puñado de buenas canciones. Y no, no es una maravilla de disco, pero sí un decentísimo disco de regreso diez años después. All Nerve (4AD, 2018) vuelve a los medios tiempos oscuros marca de la casa, a guitarras densas, a melodías chiclosas donde Kim Deal saca su cara más amable o a buenas versiones — como ya hicieron en su debut — como la de Amon Düül II.

Yo La Tengo colándose por su propio sumidero

Ante ese ejemplo de buen regreso digno tenemos a otros totems como Yo La Tengo, que a diferencia de las de Boston, nunca han abandonado el ruedo. Sin embargo, There’s a Riot Going On (Matador, 2018) acaba rápidamente con toda esa esperanza y ganas que había de escuchar lo nuevo del trío de Hoboken. Porque tantos años jugando entre los límites de la garra desatada y los tempos suaves, algún día tenía que llegar el momento en el que la balanza se inclinara de forma exacerbada a estos últimos. Y eso es lo que ha pasado con este nuevo álbum. Si bien el primer tema augura un buen disco, poco dura el descorche de champán, esa sensación que duró algo más hace unos años. La elegancia siempre presente, pero joder. Nos sabe fatal.

https://hipersonica.com/the-breeders-last-splash-1993-un-pu%C3%B1ado-de-hits-y-el-%C3%BAnico-%C3%A9xito-comercial-de-kim-deal-cfe4e382358e

Este enésimo disco en más de treinta años de carrera se acaba diluyendo más rápido de lo que uno se esperaba, aunque cueste asumirlo, porque Yo La Tengo son Yo La Tengo. Y como ellos no hay nadie. Bueno sí, pero de eso ya hablamos otro día. El caso es que poco hay que salvar dentro del largo, que es tan incorpóreo que hay pasajes en los que apenas notas si está sonando. En pleno auge del veganismo, YLT se han pegado una buena borrachera con el asunto, de quinoa hasta las cejas, dejando sólo un par de temas consistentes. Es el ejemplo de disco de banda muy longeva que en algún momento de su carrera acaba pinchando estrepitosamente, si bien en los últimos trabajos tampoco han estado especialmente brillantes. Igual estamos más para versiones. O para Condo Fucks.

Sin bajar el pistón

Por último, dentro de esos grupos que llevan toda una vida en activo, hay casos como los de Superchunk, que te pueden dar una de cal y otra de arena. Es lo que tiene su convivencia con las melodías fuertemente vitaminadas. En trabajos como el de 2013 pueden ser bastante discretos, pero cinco años después, con este What a Time to Be Alive (Merge, 2018), llegan y nos dan la lección de nuestras vidas, que diría Ignatius. Vale, sí, es un poco histriónico. Pero vuelven con una hostia en la cara recordándonos que efectivamente, qué tiempos para estar vivo, sobre todo si vives en los Estados Unidos de 2018.

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Aunque es difícil mirar al disco y no medirlo más allá de ese jitazo que entra directo a lo mejor del año que es el tema que da nombre al álbum, lo cierto es que uno de los máximos exponentes del rock independiente de Chapel Hill tiene más que ofrecer más allá de ese corte. Se trata, como ha sido siempre, y como ha de ser, de un disco efímero, para las distancias cortas, para que la mecha prenda rápidamente y no te dé tiempo a aburrirte. Junto al gran tema hay unas cuantas que le aguantan el tipo. Una sacudida que invalida las máximas haters contra grupos que llevan toda la vida. Ejemplo de cómo un clásico puede volver o conservarse en 2018 después de treinta años.

What a Time To Be Alive, 2018. What a time.

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