‘The Last Dance’ es un documental cuestionable, pero un show televisivo inigualable

Quitando el caso obvio de Tiger King, no ha habido mayor sensación por un documental este año que con The Last Dance. El primer caso fue una inesperada sorpresa que se propagó con la velocidad de un puma, pero el documental sobre Michael Jordan y los últimos Chicago Bulls campeones venía con unas expectativas importantes y su relevancia no ha hecho sino crecer durante las semanas.

Esto, para empezar, vuelve a plantear la disyuntiva sobre si es más provechoso un estreno de golpe o un estreno semanal para garantizar la relevancia del contenido. Ambas docuseries ofrecen argumentos muy sólidos para sus respectivos métodos, pero el caso del documental deportivo ha sido lo más cercano en cuanto a experiencia colectiva en las series que hemos tenido desde el final de Juego de Tronos: cada lunes se podían ver en redes las reacciones a las últimas entregas del evento de ESPN y Netflix y ya se producían expectativas sobre qué iban a mostrarnos la próxima semana.

Eso nos lleva sin duda a hablar de The Last Dance como un triunfo en aspectos televisivos. La capacidad de generar discusión, de comentar tanto el contenido como la forma, y la religiosidad con la que se ha acudido a los nuevos episodios, es casi más asimilable a tiempos previos al streaming y los maratones de fin de semana. Hasta su final ha producido la clásica sensación de vacío en los espectadores que se produce cuando se termina algo en lo que has invertido algo más que tu tiempo: mucha gente ha volcado su interés y pasión por la serie.

Se puede atribuir este furor a muchos factores, ya sea el culto masivo que tiene la figura de Michael Jordan o la nostalgia por esa época de baloncesto NBA donde buena parte de los aficionados empezaron a engancharse. Pero el más importante probablemente sea el absoluto vacío de contenido deportivo desde la irrupción total de la pandemia. No es ya sólo la ausencia de NBA y la incertidumbre sobre su vuelta, sino falta de deporte profesional de interés en general. Un vacío palpable en la neutralizada actividad de medios deportivos, sin ningún partido que comentar ni ninguna narrativa que alimentar y discutir.

Un agujero que The Last Dance ha completado a la perfección. Jason Hehir y su docuserie han explorado los muchos aspectos de la narrativa de Jordan y aquellos Bulls de triángulo ofensivo. Y precisamente aspectos como la narrativa han sido los más añorados en esta sequía deportiva, especialmente en la liga de baloncesto americana, donde se ha ido apreciando un descenso de audiencia en las retransmisiones durante la temporada pero la sensación es de mayor discusión que nunca sobre las figuras principales de la liga y de la historia extraible de sus actuaciones.

En ese sentido, pocas narrativas hay mejor cimentadas y aparentemente irrebatibles que la de Jordan. La sensación de dominación absoluta, sustentada en sendos tripletes repartidos durante los noventa, y el especial control que ha tenido sobre la discusión en torno a su imagen lo hacen no sólo el nombre del baloncesto durante aquella época, sino del deporte en general durante dicho periodo. Hehir y su equipo no hacen sino resaltar aquellos aspectos que hacen casi inapelable su argumento como el mejor absoluto de este deporte.

No obstante, por ahí están los aspectos más criticados de The Last Dance durante su emisión. Nunca se ha ocultado el hecho de que la compañía de Jordan es una de las productoras detrás del documental, lo cual inevitablemente pone en duda la imparcialidad de lo contado. No obstante, la parcialidad existe desde el mismo momento en que puedes poner una cámara ante alguien y luego puedes editar lo grabado. Existe la posibilidad de que Hehir (o un cineasta similar) hicieran un similar enfoque aunque no contase con los medios que facilita tener detrás a la compañía del protagonista (desde el ilimitado archivo de imágenes a conversaciones con el deportista), ya que la idolatría con su figura está en ese punto.

Aun así, eso no es excusa para no sentir cierta incomodidad ante ciertos aspectos por los que el documental decide pasar de puntillas o no mostrarse especialmente crítico. Resulta extraño ver a alguien como Isiah Thomas, el líder del equipo con el que más chocó Jordan durante los ochenta, mostrarse tan distendido y laudatorio, además de haciendo poca incidencia en sus conflictos. A eso podemos sumar desde pasar muy ligeramente sobre sus problemas de juego (supuestamente ligados a su primer retiro), la actitud de abuso que realizaba con su compañeros o incluso cómo permite que el propio protagonista siga poniendo a gente a los pies de los caballos durante las entrevistas (lo de Jerry Krause es especialmente sangrante).

La docuserie hace un esfuerzo bastante activo para justificar ciertos aspectos más conflictivos mediante la grandeza deportiva que Jordan mostró durante la época. Una grandeza que está fuera de toda duda, pero el documental ayuda a recordar con los elementos que muestra y la manera en las que los reorganiza (se ha discutido mucho su montaje que salta por las distintas épocas, pero debo admitir que a mí me ha funcionado). Hehir sabe del tesoro que tiene entre manos y lo cuenta con la bastante gracia para que ciertas fallas resulten menos clarividentes.

Lo que está claro es que si los trucos de trilero no les hubieran funcionado a todos los perpetradores, no estaríamos hablando de todo esto. Hemos mencionado la evidente sequía deportiva, pero también es cierto que mucha gente parcialmente interesada no habría seguido este recorrido de haber sido aburrido. Si acaso, The Last Dance pone en evidencia lo necesaria que es siempre una buena narrativa para la transcendencia del deporte. La lírica de la épica siempre tiene más poder sentimental que los fríos hechos. Por eso tiene más fuerza finalizar con su año final con los Bulls que recordar su segundo retorno con los Washington Wizards. Y por eso The Last Dance es un documental cuestionable, pero un entretenimiento de primera.

1 COMENTARIO

  1. Tengo 50 y largos años, viví esa epoca ya con una edad, y aunque reconozco que el baloncesto no es lo mio, la figura de M.Jordan brillaba siempre impulsada por el inmenso marketing que recibimos de USA. Pues bien, vi los tres primeros capitulos, no aguanté mas. He visto otros documentales sobre deportistas legendarios, y este me pareció demasiado «light», para acabar de glorificar al jugador, él, él y solo él. El resto son anecdotitas, repaso a su trayectoria casi siempre desde el punto de vista del triunfo, no del fracaso. Y todos somos humanos, fue un gran jugador, no hay duda, pero no un dios. No me trago la verdad que pretenden vender.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.