Con el repaso reciente a Steven Soderbergh nos dimos cuenta de que se puede esperar cualquier cosa cuando se mete en un nuevo proyecto. Esa aura de imprescriptibilidad, tanto para bien como para mal, hace lo suficientemente atractivo el acercarse a ver qué se cuenta ahora. El resultado puede variar, pero no será porque el director no va a intentar cosas.

Una peli como The Laudromat (Dinero Sucio) (2019) invitaba a pensar en que iba a ser una de esas suyas que podría hacer gracia, ser una mamarrachada o todo al mismo tiempo. Invitaba por su premisa (la historia de cómo una viuda de pueblo destapa los Papeles de Panamá), el tono sardónico que se aprecia de la puesta en escena y su campaña promocional y las comparaciones post-proyección en Venecia con La Gran Apuesta (Adam McKay, 2015). Con esta última se puede decir que comparten intenciones, pero el resultado difiere por necesidad.

Para empezar, aunque Soderbergh no es ajeno a eso de meter humor en su cine, y en ocasiones salen cosas muy graciosas, no siempre se desenvuelve con tanta naturalidad en ese tono. Al menos, no viene del background puramente cómico de McKay, que hizo más natural pasar a hacer una cinta como la suya. Sus decisiones pueden ser cuestionables, como esas roturas de la cuarta pared con celebridades explicando tecnicismos económicos para poder guiarnos en un mundo tan complejo como el de los mercados económicos, pero resultan más disfrutables y, aunque condescendientes, logran que no nos perdamos de lo que está sucediendo y mantiene nuestro interés con dinamismo.

Ahí es donde empieza a flaquear Soderbergh. La cinta está contada con un punto más de seriedad y estoicismo que hace que momentos explicativos como las escenas con David Schwimmer sean tan planos que invitan a desconectar del relato, o el caso de las escenas de los personajes de Gary Oldman y Antonio Banderas, vistosas pero siempre menos ocurrentes de lo que ellas mismas se creen. Además, las desviaciones de la trama hacia personajes que teóricamente guardan relación con el meollo principal también dinamitan el interés y hacen más confuso el tono de la película. Eso sí, todo esto te logra distraer del hecho de lo esmirriada que es en realidad la trama del personaje de Meryl Streep, que claramente pedía un tratamiento central que estuviera a medio camino entre Erin Brockovich (2000) y ¡El Soplón! (2009).

Quizá el problema de Steven, como buen apasionado de la técnica que es, haya decidido aprovechar esta historia para hacer algunas piruetas y juegos con el enfoque de la cámara en vez de darle el enfoque más adecuado a la historia. Porque sí, hay una buena película sobre los Papeles de Panamá que se puede contar con tono socarrón y hasta listillo, y no tiene que hacerla necesariamente Adam McKay (que ya ha demostrado no ser infalible). Incluso puede haber espacio para ese detalle de metaficción (cómo le gusta) del final. Es irónico que alguien que ha sabido trabajar tan bien el sistema de estudios se marque una película tan dejada que los actores no es que se permitan ser estrellazas, sino que son versos libres, con resultados mejores (Meryl Streep) y desastrosos (Gary Oldman). O que quiera hacer una película que quiera despertar indignación pero sea tan poco mordaz, o incluso sea cómoda.

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