Tool – Fear Inoculum: pierde el miedo a esperar

Tool Fear Inoculum (2019) Portada

¿Dónde estabas tú hace trece años? Da casi vértigo pensarlo, pero ese el tiempo que Tool han necesitado para poder volver a poner sobre la mesa un nuevo disco. Hablar aquí de perfeccionismo, de obsesión por el detalle y de cocción a fuego lento suena casi a chiste. Llegados al fin de esta travesía por el desierto, la pregunta del millón es: ¿ha merecido la pena tanta espera hasta Fear Inoculum? La respuesta es un rotundo sí.

El notable tema de adelanto, que da nombre al disco y a la postre ha resultado ser el más «flojo» del mismo, ya nos dejó claro que no estamos ante el clásico ejemplo de ese grupo que, muchos años después de sus tiempos de gloria, decide volver a probar suerte con un álbum para llenar la bolsa a costa de los últimos estertores de su fama. Cumpliendo su palabra, el cuarteto solo ha estado dispuesto a volver a la palestra cuando, tras mucho trabajo, han logrado refinar una obra capaz de situarse, como mínimo, a la altura de lo que ya nos habían presentado hasta ahora.

Fear Inoculum es, como todo lo que nos han servido hasta la fecha, un trabajo extraordinariamente sólido, cargado hasta los topes de profundos recovecos que seguiremos analizando durante meses, con una producción que consigue la casi sobrenatural tarea de hacer que las imposibles composiciones del cuarteto suenen perfectas a cada momento. Hay en él menos tiempos muertos que en su antecesor, 10.000 Days (2016), una sensación de mirada al abismo capaz de igualar a su obra magna, Lateralus (2001), y pasajes de agresión metal que llegan a dejar en mantillas a sus dos primeros discos.

Tantos años de escritura, de ensayo, de dar cera y pulir cera hasta un nivel que a cualquier otro mortal se le habría antojado enfermizo, dan como resultado un conjunto de canciones abrumadoramente barrocas, cada una de ellas con la complejidad suficiente como para perderse en su interior sin posibilidad de vuelta atrás, apostando por pura necesidad para ello por moverse en una media de diez minutos por pista. Y aun con todo, la casi hora y media que dura el disco no se hace para nada larga.

Es cierto que la forma de afrontar estas composiciones, casi como mundos independientes, hace que se eche en falta algo de esa fluidez entre temas que en discos como Lateralus llegaba a hacer que pudieras escucharlo en distintos órdenes, según la loca teoría del seguidor al que quisieras atender ese día, y aun así todas las piezas siguieran encajando como por arte de algún hechizo musical. A cambio, las canciones de Fear Inoculum se antojan como las más capaces de sobrevivir por sí solas al resto del disco, frente a otros álbumes de Tool en los que muchas piezas no terminan de funcionar a pleno rendimiento si las separas del conjunto al que pertenecen.

Lo poco inspirado de los interludios en esta ocasión, sin un solo enlace de relevancia entre ellos y el resto de temas, ayuda en parte a esa sensación, pero no es algo en lo que merezca la pena invertir demasiado tiempo, para qué engañarnos. En cambio, sí que es digno de estudio pormenorizado el nivel de maestría que los tres instrumentistas del grupo demuestran aquí, presentándose cada uno de ellos en la cima de sus capacidades y en un estado de inspiración que se antoja difícil de superar ya.

Justin Chancellor es quizás el que se muestra más agresivo en esta ocasión, con líneas de bajo entre lo marcial y los ambientes de la banda sonora de una película de ciencia ficción, brillando con altura propia en ‘Descending’, donde parece querer darse un homenaje a sí mismo recobrando frases pasadas y enriqueciéndolas con nuevas ideas por aquí y por allí. Frente a él, Adam Jones se presenta más creativo y diverso que nunca, dispuesto a sacar el héroe de la guitarra que nunca pareció querer ser en ‘Invincible’ o directamente a quemarlo todo a su paso en la absoluta maravilla que es ‘7empest’, que sirve al mismo tiempo de cierre al disco y de máximo exponente de todo lo que puede llegar a representar el ponerse frente a Tool.

Aunque si es necesario quitarse el sombrero ante alguien en esta ocasión, es sin discusión alguna ante Danny Carey. Que el batería de Kansas tenía ya un hueco reservado en el Olimpo de los percusionistas era algo que todos sabíamos hace años, pero lo que demuestra en Fear Inoculum deberá ser reverenciado durante años por cualquiera que se interese mínimamente por el arte del ritmo. Más allá del despliegue de virguerías técnicas que regala a cada momento, consigue durante todos y cada uno de los minutos del álbum convertirse en vertebrador, protagonista, dueño y señor de todo lo que sucede aquí, ya sea guiando progresiones tan perfectas y elegantes como las de ‘Culling Voices’, o permitiéndose la frivolidad de hacer su propia y desquiciada ‘Moby Dick’ en ‘Chocolate Chip Trip’, una rareza que destacará entre las muchas que adornan la discografía del grupo.

Curiosamente, tantos elogios y protagonismo para la sección instrumental llegan a costa del papel secundario que Maynard James Keenan parece haber querido adoptar en esta ocasión, presentándose sorprendentemente ausente en muchas canciones y llegando a echarse de menos en la parte final de muchas de ellas, precisamente ahí donde más destacó en el pasado conduciendo a esos feroces clímax vocales que aquí no aparecen en ningún momento. Los años han pasado para todos, es lógico, y ya no tenemos al Maynard cabreado con el mundo que expresaba y contagiaba su rabia a través del micrófono. No es en ningún caso una crítica, pues en esa deliberada contención encontramos un trabajo que aporta aún más texturas y vibraciones a las composiciones, dejándolas al mismo tiempo respirar como nunca antes lo había hecho.

Todo ello en torno a un disco donde vuelve a reinar la mística en las letras, donde el enfrentamiento de nosotros contra el miedo que parece imperar hoy en día en el mundo y que a cada uno de nosotros nos lleva a querer levantar muros, a separarnos, a señalarnos y a rechazarnos, se consigue solo empezando por uno mismo. Este mensaje de esperanza se esconde, como de costumbre, entre desquicios numerológicos (el 7 es el número en torno al cual giran muchas de las piezas esta vez), referencias a Juan Ponce de León y las siempre características bromas internas que el cuarteto nos gasta sin esperar que lleguemos a ser parte de ellas.

Los considerados mesías del metal alternativo nos entregan, sin lugar a dudas, una obra maestra que puede ponerse desde ya, y sin ningún temor, a la altura de sus grandes discos, cogiendo lo mejor de cada uno de ellos y pasándolos por un tamiz de madurez compositiva que justifica todos y cada uno de los días de espera que hemos tenido que soportar. Hablo como confeso amante del grupo, lo reconozco, como uno de esos seguidores que han estado analizando durante trece años cada pista, cada detalle, cada noticia, cada declaración, en busca de una respuesta que hoy nos ha quedado clara. Y precisamente por ser alguien cuyas expectativas estaban a una altura casi imposible de alcanzar, me parece más relevante aún poder decir que sí, que lo han conseguido otra vez. Y que si tenemos que esperar otros trece años, o que incluso si estamos ante su canto de cisne como los más pesimistas ya vaticinan, será sin duda con la satisfacción de tener ante nosotros un disco para disfrutar hasta el fin de los días.

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Tool - Fear Inoculum
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