David Bowie — Blackstar (en contra)

Una vez tuve un profesor de literatura que, mientras hablaba de los malos rollos que tenían dos autores entre sí, acababa diciendo “claro, al final X se murió y, una vez muerto, dejó de hacer daño, así que a Y ya no le salía decir nada malo de él”. En realidad, Y seguía detestando a X, pero la idea de que ya no podía escucharle, enfadarse, responder, lo desmotivaba, y el antiguo odio fue convirtiéndose en indiferencia primero, y en olvido después. La muerte repara muchas cosas, nos reconforta hasta con los recuerdos que en su día nos enervaron. No es que olvides lo malo que pudo hacer una determinada persona en vida, pero no te apetece seguir echándoselo en cara. Es por eso que, a veces, escribir algunas cosas resultan verdaderamente dolorosas.

Blackstar: más mérito en el momento que en el contenido

David Bowie se murió un par de días después del lanzamiento de Blackstar (Sony, 2016). Para entonces, ya habíamos escuchado su nuevo disco la mayoría de nosotros, y sacado nuestras propias conclusiones. Las mías eran bastante tibias. Lo eran entonces y, aunque en parte me duele, lo siguen siendo. Decir lo contrario, sería en el fondo, deshonrar la memoria de aquel que merece ya no el respeto, sino la admiración eterna del mundo entero. Pero Blackstar, el último disco de Bowie, aquel que grabó sabiendo que se iba a morir (o eso nos gusta pensar, por aquello de alimentar la leyenda), me parece un trabajo con algún momento brillante, pero unos cuantos más que prescindibles y aburridos. Y lo peor es que, en varios momentos de Blackstar, Bowie prueba cosas que no le salen del todo mal, pero en las que uno no puede evitar recordar otros detalles de la música en el pasado en que eso mismo se hizo con mayor brillantez.

Quizás reparar en eso sea lo que más me ha dolido de todo. La idea de que al escuchar a Bowie me dé la sensación de que Bowie no es el mejor en lo que está haciendo. Hay muchos matices de Blackstar que me recuerdan a varios artistas, aunque quizás la comparación más obvia sería la de Scott Walker. Pues bien, Bowie no consigue emocionar con su propuesta como lo hizo el de Ohio con alguno de sus trabajos recientes, como el glorioso The Drift. Aquí Bowie busca, como siempre, el exceso, pero no siempre consigue conducirlo de forma correcta, de la mano de su casi inseparable Tony Visconti. Sí encontramos piezas maravillosas, como la ‘Blackstar’ que dio a conocer el disco, el primer single. Y en ese momento ves a Bowie capaz de sacarse de la manga un tema intrincadísimo, una barbaridad avant-garde que muestra, ironías de la vida, a un autor en plena forma. Absolutamente distinto a lo que previamente había entregado, y, con todo, lleno de inspiración a los, por entonces, 68 años.

Blackstara siempre estará envuelto de una magia que, seguramente, no contenía. Pero hablamos de David Bowie, si él no podía despedirse como le viniese en gana, ¿quién sí?

Pero a mi juicio es solo un destello. Un momento en el que todo cuadra, cada cambio de tercio, cada golpe intenso de viento, con un saxofón protagonista agradable en un inicio. Y digo en un inicio porque el peso que alcanza la presencia de ese instrumento a manos de Donny McCaslin es excesiva. Por momentos cargante. Uno de esos excesos en los que Bowie casi siempre conseguía volverme loco, pero ahora simplemente me acaba aburriendo. No de buenas a primeras, pero acaba haciéndolo. Blackstar, además de ese corte inicial, cuenta con canciones tan tremendas como ‘Sue (Or in a Season of Crime)’, una auténtica locura que, ahora sí, recuerda a Walker por todos los poros de su piel. Bienvenido recuerdo, aunque se quede algo lejos de aquellas prestaciones. Además de un compositor sobresaliente y un intérprete (así, en con todo el contenido de la palabra) para la historia, David Bowie siempre fue un gran cantante. Marcando cada instante, cada sílaba, como pocos podían hacerlo, y precisamente en ‘Sue (Or in a Season of Crime)’, con alarido final incluido, se observa esa capacidad en pleno esplendor.

Así que, en general y hasta aquí, todo bien. Pero antes del cuarto corte ya había momentos para la desconfianza. ‘Lazarus’ es un single correcto, sin más. Otra cosa es que alimentará para siempre la leyenda en cuanto a su letra, lo apocalíptico y premonitorio de la misma. Se convertirá, incluso, en un tema de culto, y eso ayudará a que olvidemos que, hablando de quien hablamos, es un tema menor. Y sí, la muerte está continuamente presente en Blackstar. Como lo está en ‘Dollar Days’, una canción que aporta poquísimo, aunque goza de un fragmento final meritorio. La sensación final que me queda tras muchas escuchas a Blackstar es que se trata de un disco correcto, sin más. Del que podría olvidarme sin el mayor problema una vez el peso de los meses cayese sobre él. Será imposible que ello suceda, siempre estará envuelto de una magia que, seguramente, no contenía. Pero hablamos de David Bowie, si él no podía despedirse como le viniese en gana, ¿quién sí?

** Esta crítica no lleva nota. Dejaré mi veredicto en reposo, pues hay que ser muy Lenore para tratar mal al muerto con el cuerpo aún caliente.

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