David Bowie — Space Oddity (1969): intentando arrancar y que no se cale

En 1969 los Beatles daban su última actuación en directo, en la terraza de su discográfica. El concierto tuvo que suspenderse, pues la policía hizo acto de presencia para disolver a las masas. La anécdota, conocida por todos, tuvo lugar pocos días después de que Richard Nixon tomase posesión como presidente de los EEUU, aunque poco tengan que ver un hecho con el otro. Por aquella misma época, Led Zeppelin debutaban con su álbum homónimo. Todo eso ocurrió en apenas un mes.

En 1969 John y Yoko se casaron en Gibraltar, Franco designa a Juan Carlos de Borbón como sucesor en la Jefatura del Estado y EEUU masacra Vietnam y Camboya como quien sale a comprar el pan. Se celebra Woodstock, con toda su paz y amor, y un movimiento antibélico acosa al recién estrenado presidente Nixon.

Bowie encontrando el camino a seguir en el espacio

En 1969, además, David Bowie vive su primera (y seguramente última) reválida como artista. Su primer disco en solitario había sido una pieza perfectamente olvidable, y en sus probaturas previas había alcanzado cierto éxito, pero nada que le garantizase poder vivir de la música durante lo que le quedaba de vida. De hecho, a efectos populares, sabemos que este es el primer disco de David Bowie. No ya para el público más o menos afín, sino también para una crítica que tiende a olvidar su primer trabajo.

2001: Odisea en el espacio le sirve de inspiración para parir su primer gran tema, ‘Space Oddity’, una enorme joya space-rock

Vivía entonces David Robert Jones obsesionado por la película 2001: Odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, estrenada el año anterior. Ese largometraje le sirve de inspiración para parir su primer gran tema, ‘Space Oddity’, una enorme joya space-rock. Y a partir de ahí, efectivamente, el mundo fue suyo. Ese tema, que abre un disco que en un primer momento se llamó igual que el primero, David Bowie, ignoramos si en otra muestra de intentar hacer olvidar aquel acercamiento al entertainment y avant-garde del de Brixton, sigue aún hoy siendo un derroche de creatividad, de poder y de magia. Una de las mejores canciones del siglo XX.

Es por eso que se le pedía más. ‘Space Oddity’ nació tiempo antes del lanzamiento del disco y gozó ya de cierta repercusión en el circuito, por lo que Kenneth Pitt, agente de Bowie, lo instó a apresurarse para sacar disco cuanto antes, aprovechando el tirón.

Pues bien, el resultado final no fue bueno. Es cierto que Space Oddity (Philips Records Reino Unido/Mercury Records EEUU, 1969) deja sentir, sin fisuras, a un tipo con enorme talento, un hombre que ve cosas que solo él sabe que están ahí, pero a la hora de plasmarlas, en muchos momentos vence la indiferencia y la condescendencia. Constó de nueve cortes (si no contamos ‘(Don’t Sit Down)’, escondido en una ‘Unwashed and Somewhat Slightly Dazed’ que enseñaba lo que David Bowie iba a ser pero todavía no era). Tan solo una tercera parte merecen ser destacados realmente, hoy día. El segundo disco de Bowie era una tarta en la que la mayor parte de los lacasitos están mal repartidos, y en función del trozo que te toque, estará riquísimo o su sabor no te llamará la atención lo más mínimo.

Es cierto que Space Oddity deja sentir a un tipo con enorme talento, que ve cosas que solo él ve, pero a la hora de plasmarlas, en muchos momentos vence la indiferencia y la condescendencia

Entre esos pedazos realmente meritorios se encontraba la sobresaliente ‘Cygnet Committee’, justo a continuación de una ‘Letter to Hermione’ que no podría ser más insípida. El camino de entrega a la psicodelia y al folk tiene en ‘Cygnet Committe’ una auténtica obra maestra. Quizás injustiamente olvidada entre la discoteca del Duque Blanco. Un musical en una sola pieza, de más de nueve minutos, eso sí. Con un Bowie que empieza a desatarse a partir del quinto, lleno de rabia y pasión, de caótica fuerza. Otro ejemplo que sirve para intentar alzar a Space Oddity como algo que no es: un disco estupendo.

6.8/10

Porque al final uno se queda con un par de cortes más, y tiende a olvidar el grueso de esta segunda entrega de una exitosa saga. ‘Wild Eyes Boy from Freecloud’ es uno de ellos. No especialmente brillante, pero sí atrevido. Porque vuelve al avant-garde de su debut, pero con muchísima más eficacia, como una reivindicación de que ahora hace otra cosa, se acerca al folk y a la psicodelia, pero no porque no sepa hacer las cosas la mar de bien al estilo en que las hacía antes. Y ese fin de fiesta con ‘Memory of a Free Festival’, de algún modo cerrando el círculo espacial que iniciaba ‘Space Oddity’ y que mostraba el camino a seguir por todos los que vinieron después (Spacemen 3/Spiritualized, The Flaming Lips, Mercury Rev hasta Slowdive o los mismos Radiohead).

El inicio de una carrera que, justo un año después, se plasmaría en el primer disco sobresaliente de David Bowie.