El engañoso atractivo de los grupos minoritarios

Hace unos meses acudía a uno de los conciertos de la gira que Rivulets hizo por España. Concretamente, a la que tuvo lugar en la sala (o club social) Charenton, en Vigo. El número de asistentes al concierto estuvo entre las 13–16 personas. Como si el trío liderado por Nathan Amundson estuviese tocando en el salón de tu casa, tan solo para un minúsculo grupo de colegas y para ti. Podrías levantarte, decirle entre canción y canción si les apetecía una birra, que ibas a la cocina a por una… Allí éramos súperespeciales. Nadie fuera sabía las joyas que se podrían compartir dentro, nadie conocía lo que nosotros conocíamos. Ni uno podía disfrutar del crescendo de ‘Ride on Molina’, que era un regalo para unos pocos agraciados. ¿Qué suerte, verdad?

Pues no, no es una suerte. Es una desgracia, un drama. La entradilla del primer párrafo estaría firmada sin discusión por mi yo de 1999, pero denostada por el de 2016. Y eso que soy de los que defiende que nunca se convence a nadie de nada, y que la gente no cambia. Utilicemos, pues, mi punto de vista para mandarme a tomar por saco a mí mismo.

El problema de los conciertos a los que van 13 personas es que, años después, vas repasando los nombres de aquellas bandas a las que viste con otros cuatro gatos, y te das cuenta que casi todos se han tenido que dedicar a otra cosa. A vender hamburguesas, a ser diseñadores gráficos, trabajar en una gasolinera o a la medicina. Pero la cuestión es que de la música no vive ni Dios. Y es cierto que he empleado el ejemplo de Rivulets como punto de partida, cuando ellos, con una edad ya avanzada y unos cuantos discos a las espaldas, sí han conseguido vivir decentemente gracias a eso de lanzar discos, pero en España eso es una utopía.

No es un tema nuevo, es algo de lo que se ha filosofado durante interminables charlas entre colegas. “Es que en UK y USA tienen toda una industria montada con el tema”, “Si este grupo fuese de Oxford, en vez de Cuenca, lo estarían petando en todo el mundo”. Así que no pretendo contar nada nuevo. Simplemente constatar que es una pena que las bandas que nos gusten no puedan vivir de lo que hacen. A mí me gustaría enormemente que muchos grupos españoles que adoro pudiesen despreocuparse de buscar un oficio más interesante a nivel pecuniario, y que sus familias pudiesen comer a diario. Pero no, eso apenas existe. Hay infinidad de propuestas interesantes que apenas tienen difusión, que no consiguen juntar la suficiente pasta para grabar buenos discos, para poder girar en base a ellos.

Porque en 2016 sigue haciendo falta mucha pasta para grabar buenos discos. Buenos buenos, de verdad. Eso se paga. Se paga en estudios, en productores, etc. Y claro que existen casos de grupos que, partiendo de medios muy escasos, consiguieron petarlo, pero entenderéis que son excepciones. Que asistimos desde tiempos inmemoriales a entierros de talento artístico por el mero hecho de que el encanto de lo minoritario acaba siendo una farsa. Una trampa de la que, los mismos que la instalamos en el medio del bosque un día, intentamos salir sin saber cómo.

En 2016 sigue haciendo falta mucha pasta para grabar buenos discos. Buenos buenos, de verdad. Eso se paga. Se paga en estudios, en productores, etc

Ir a conciertos en los que estás tú y otros 15 no te convierte en especial. Te convierte en un auténtico desgraciado. En alguien que está condenado a aprender a no enamorarse de ninguna banda, a no cogerle demasiado cariño. Porque casi todas son más eventuales de lo que podríamos imaginarnos. Te convierte en alguien que necesita incluir en sus rutinas la posibilidad de que uno de sus grupos favoritos anuncie mañana su disolución, en un comunicado cargado de palabras bonitas, pero que en muchos casos se podría resumir como un “es que no damos ni para cubrir gastos”.

Y cabría esperar que internet fuese la salvación para toda esta gente. Pero lo cierto es que no creo que sea del todo así. Sí, puedes conseguir mayor difusión de tus canciones, que te escuche más gente, llegar a lugares a los que no podrías llegar en otras épocas. Pero al final la traducción final de todo esto es la misma que hace décadas: aquí para poder vivir de esto necesitas ser un superheroe. Si hacemos una selección de las bandas nacionales (y unas cuantas internacionales) de las que hablamos en esta página, probablemente muchas de ellas habrán pasado a la historia, pongamos, en 2020. Eso del arte está muy bien, pero mejor búscate un curro digno.

Porque leeremos decenas, cientos de comunicados en los que se anuncia la disolución de una banda determinada, excusándose en la dura realidad de lo que cuesta quedar para ensayar, viviendo en ciudades distintas. En que uno ha tenido un hijo, al otro le ha salido curro en Londres, y la tercera ha tenido que centrarse en la carrera, que no la daba sacado. Excusas trágicamente lícitas, pero… ¿cuántas de ellas lo seguirían siendo si la banda en cuestión estuviese ganando la pasta suficiente para poder vivir de eso?

Mientras, seguiremos pensando que con que te dejen un garito en el que tocar, aunque sea gratis, ya no te quejes.

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