Actress: el regreso de la máquina

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El pasado mes de mayo, Darren J. Cunningham, Actress, anunciaba nuevo álbum este año. Karma and Desire, su sexto disco de estudio, se publicará el próximo octubre. Una anuncio que desde luego, de haber tenido lugar hace unos cuantos años, nos hubiera provocado una sensación a mitad de camino entre la discreción, la pereza o casi la desilusión tras la publicación de Ghettoville (Werk, 2014), un disco en el que absorbido por la ola de outsider house tendente al minimalismo y una IDM de pocas aristas, dio como resultado un trabajo sin columna vertebral, indolente. En definitiva, sorprendente después de haber publicado dos años antes su cumbre —¿obra maestra? Poco le falta—, RIP (Honest Jon’s, 2012). Cinco años después, Actress viene con un nuevo álbum y ahora el hype, dentro del ámbito ‘mediático’ de un artista como él, vuelve a estar en liza. Uno lo pone con ganas en su lista de discos pendientes electrónicos de Rate Your Music.

El arrollador inicio de Actress

Tan sólo con los dos primeros discos fue suficiente para ver el talento de Cunningham, suficiente como para ponerlo en la línea de los grandes productores del nuevo milenio que se movían en nuevas coordenadas —o nuevas realmente, o resucitando y adaptando estructuras añejas—, Burial y Zomby. Curiosamente, junto al inglés, los tres tuvieron ese bajón que en el caso de Actress, llegó con Ghettoville, aunque se podía intuir con los epés previos Silver Cloud y Grey Over Blue. Pero volviendo al asunto, con esos dos álbumes, y sobre todo ya con Splazsh, se ve la ambivalencia para jugar entre el minimalismo y la frialdad de las máquinas o el baile heredero del house, ornamentado con detalles que hacían de la melodía un cuerpo extraño pero tremendamente atractivo.

Tras aquella muestra de cartas llegó RIP, donde sacaría lo mejor de sí, exacerbando las partes melódicas y dándole un toque mucho más emocional a esos beats fríos que definían su IDM de trazo fino y elegante. Trayendo/adaptando desde su prisma sofisticado un recuerdo del fenómeno rave de las pistas de baile, consiguiendo ese vínculo de conexión con la pista en los cortes de mayor groove, a veces con bases muy del Homework (Virgin, 1997) de Daft Punk. Una obra por tanto, sólo a la altura de los maestros, una equilibrada combinación de emoción rítmica y minimalista, con suaves percusiones que entraban en el momento idóneo, líneas ambientales sin abusar y cajas de ritmo sencillas que sublimaban propuestas experimentales sin estar lejos de una burbuja vanguardística ininteligible. ‘Marble Plexus‘, ‘Uriel’s Black Harp‘, ‘Serpent‘, ‘Raven‘, ‘Caves of Paradise‘, ‘The Lord’s Graffiti‘… Un álbum fundamental de la década y de todo lo electrónico que se ha publicado desde principios del milenio.

Ghettoville, repliegue y renacimiento

Con el repliegue de Ghettoville —no fue el único que lo hizo en aquella etapa—, sus epés previos y la nota publicada en el álbum, amagando sobre una posible retirada, todo parecía irse a la mierda. Eso sí, al menos dejaba algún recuerdo como el de ‘Birdcage‘, con el esplendor que había rezumado su trabajo anterior. Había sido una maniobra estilística como productor, pero sólo eso. Un amago. Al año siguiente publicó un Dj Kicks donde volvió a salir el Actress de los grandes referentes, haciendo una selección de IDM sin domesticar, de trazos ambientales exquisitos y algún ritmo funky. En su regreso como productor, en 2017, se dejó de atajos. Los adelantos de AZD (Ninja Tune, 2017), daban a entender que había lugar para el optimismo. Cunningham tenía ganas de resarcirnos de aquél trabajo de 2014 y demostró que había dejado atrás la convalecencia.

AZD traía de vuelta la senda de RIP, aunque en global no era un disco tan redondo. Pero sin duda, después de un mal sabor de boca de estudio, esto ya era otra cosa. Volvía la fina ornamentación, la percusión contaminada del outsider house atravesada de líneas de ambient y detalles en terceras capas. Cortes que rememoraban ese sonido frío de máquinas en una línea de producción, de la distorsión de ‘Windowlicker‘ y de esos temas más luminosos para pistas de baile heterodoxas, con el chiptune de ‘Visa‘ cerrando. Afortunadamente, este álbum de hace dos años no fue el último aviso de que Actress estaba recuperando su mejor versión. Algo que pude refrendar en su sesión en ese festival tan bien organizado de Madrid el año pasado, donde fue a pasárselo bien, a sacar a pasear ‘Mazes‘, un poco de Ghostbusters y buenas dosis de su mejor sonido como eje vertebrador del set.

Preparando la nueva llegada

El año pasado, como han hecho otras eminencias del techno de Detroit, y en un indudable paso adelante en búsqueda de experiencias nuevas, esta vez en el sentido correcto, Darren J. Cunningham se juntó con la London Contemporary Orchestra (LCO), un proyecto nacido en 2008 por varios artistas para explorar y promover nuevas músicas a un público cada vez más amplio. LAGEOS (Ninja Tune, 2018) vio la luz el año pasado, donde Actress y la LCO revisitaron temas del primero, desde álbumes hasta epés, para darles otra forma. Un acercamiento a eso que se llama la neoclásica. Básicamente, música clásica ‘de nuevo cuño’; instrumentos clásicos dialogando con la electrónica. Desde ese diálogo entre secciones de cuerda, objetos varios como bolsas de plástico a lo Matthew Herbert y los cacharritos de Actress, surge este interesantísimo proyecto.

Una vuelta de tuerca en la que a uno se le cae la baba ya en el primer tema, ‘LAGEOS‘, una simbiosis maravillosa de glitch, interrupciones sonoras y pequeñas ráfagas de cuerda que dan un resultado diferente. Una grabación en la que hay partes más experimentales de difícil consumición, como estos proyectos, pero también otras donde resuena ese sonido minimalista del productor británico, aderezado de un tinte clasicista que ofrece una perspectiva muy interesante. A veces, como con ‘Vodoo Posse, Chronic Illusion‘, esa sensación de desazón, de mirar a un punto fijo y quedar narcotizado con la mente en blanco. Un bello acercamiento a la electroacústica que finaliza con una pieza brillante como ‘Hubble‘, y que recuerda a distinguidos veteranos en ese plano experimental como el americano Carl Stone, un claro ejemplo de los resultados sorprendentes que pueden dar estos trabajos fuera de los márgenes, de collages sonoros impensables.

En definitiva, un camino artístico valiente de Actress, que con los proyectos post-Ghettoville, vuelve a dejarnos los dientes muy largos viendo cómo ha recuperado la trayectoria de sus mejores obras —cosa que de momento no han logrado por ejemplo Burial o Zomby— y sigue avanzando en caminos sonoros de altos vuelos. No sabemos nada de cómo será su trabajo, pero puede ser uno de los momentos de 2019. Esperemos.

Y qué puta maravilla esto.

 

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