1. La memoria es muy traicionera, pero me voy a fiar de ella, porque más miedo me da revisar los diarios del probertoj adolescente para ver cuál fue la fecha exacta. Sería, calculo, junio del 94 (quizás 95), fiestas de San Bernabé en Logroño. Yo sólo tenía 15 años cumplidos, y entre los conciertos organizados por el Ayuntamiento había dos clases: los gordos, con los sospechosos habituales de la época (supongo que aquel año caerían los ya insoportables Seguridad Social y cosas así) y otros, los pequeños, a los que no iba nadie.
  2. Pensaréis que es una exageración, pero dudo que estuviésemos más de 20 personas. Tocaron, en la plaza de San Agustín de la muy noble y muy leal y muy de provincias, un día Pribata Idaho y otro Los Planetas. Los que estaban en el lanzamiento de Super 8, sí; los que ya hacían suficiente ruido y runrún.
  3. El día de los de Granada hubo más de 30 personas; con el paso del tiempo parece incluso que todo el logroño joven de aquellos años estuvo allí. No, no fue así. Pero el día de Pribata Idaho, en una plaza vacía, el grupo de Ernesto González acabó con todos tirados en el suelo, electrificando hasta el infinito su ‘Sueroine’. Cuando los técnicos desconectaron las guitarras, a un amigo y a mí los oídos nos hacían chiribitas. Era imposible no querer ser como ellos.
  4. No necesitas que un grupo sea gigante, de fama mundial, o uno al que defenderás siempre, para que sea el que te cambie (un poco, lo necesario) la vida.
  5. Buscar aquella misma sensación en los discos de Pribata Idaho, incluso en la propia Sueroine, dio resultados desconcertantes. Porque en sus grabaciones, Pribata Idaho se acercaban a los arpegios cristalinos de los Byrds, el espejo en el que se miraban. Sonaban bien, pero no sonaban a aquel primer chute.
  6. Y, joder, en aquel momento buscar un disco y que no te saliese bien era una putada. Te sumía en una mezcla de desconcierto, de desconcierto por haber gastado pasta que no tenías, y también en la necesidad de darle más oportunidades. Reconozco que mi primer contacto en disco con Pribata Idaho fue decepcionante.
  7. Aún así, no dejé de buscar el chute y el tiempo supo apaciguarme. Le pillé a Munster Records, por correo, una copia medio perdida y de saldo del Cactus Juice, también con portada de Mauro Entrialgo. Sueroine me pareció, y aún me lo parece, mejor disco: por supuesto que la titular es fantástica en su progresión de la melancolía Byrds a la explosión final, pero también cuenta con un no-hit tristísimo y brillante, de hermosas guitarras trenzadas (‘Just Married, Just Died’), y con hits casi Parsley Underground (‘Soul for Sale’) o cercanos a esa eternidad que es el doblete Murmur/Reckoning (‘The Bridge’; claro, los Byrds también pasaron por Athens). Pribata Idaho eran un estupendo grupo que para nada iba a revolucionarte el alma, la vida, la música… Y en inglés un poco guachigua (menos que otros, eh), sí, pero ¿y qué?
  8. Hoy suenan exactamente igual (de retro, de congelados en el tiempo, de atemporales) que entonces. Si en aquel entonces decir esto sería el descrédito, hoy me parece un elogio.
  9. Pribata Idaho firmaron después por Elefant para lanzar Hope. Y siempre que me lo pongo pienso en Steve Wynn.
  10. Para aquel entonces, Ernesto González ya era un nombre importante en el entorno FIB. Y el FIB de entonces era la loba que nos daba de mamar recuerdos y las batallitas para el futuro a todos los indies.
  11. De aquello ya no queda ni el FIB, que es otra cosa muy distinta. Siempre está ok que no quede nada ya de lo que fuimos; ya sabéis, la imposibilidad de bañarte en el mismo río: así la nostalgia no huele a poza en la que no corre el agua. Pero se me hace triste y cuesta arriba porque fue, durante un tiempo, el espejismo de un festival a nuestra medida.
  12. Finiquitados Pribata Idaho tras Spain is Pain, Ernesto González demostró, otra vez más, que era un músico estupendo en los tres discos de Grupo Salvaje, donde se acercaba a un rock fronterizo, polvoriento. A la gente le gustó más In Black We Trust (2003); a mí Aquí hay dragones (2006), al que aún acudo y que es uno de mis discos nacionales favoritos de otro año del que ya sólo me quedan recuerdos y la mayoría serán mentira. De III (2013) casi nadie se acuerda, creo; pero no porque fuese peor; creo que ya se escuchó muy poco.
  13. Hoy buscas Grupo Salvaje en streaming y te cuesta encontrar el grupo adecuado, el de Ernesto González. Al final sí que se parecen en algo las tiendas de discos de provincias de los 90 y el Spotify global de los pandémicos 20s: sigue siendo difícil encontrar sus discos.
  14. El chute de Pribata Idaho lo encontré en otros directos, de otras bandas, y en algunos, pocos, discos concretos, siempre de otros. La sensación de no querer que aquella bola de melodía y ruido se acabe nunca. La idea de estar fuera de este mundo, por unos momentos, sin más droga que el ruido eléctrico. Lo que existe y habita más allá de las cuerdas de las guitarras.
  1. En el indie español es habitual que alguien ponga a caldo a X. Te acostumbras y te lo tomas con la tranquilidad de que es todo ligereza, muchos dardos y poca sangre. Nadie, nadie, te decía nunca nada malo de Ernesto González, sino todo lo contrario. Descanse en paz.