La cantidad de música que ha salido de las manos de Bill Callahan, tanto con su nombre como bajo el seudónimo inicial de Smog, es ya abrumadora. Hoy que se edita su nuevo disco, Gold Record, queremos hacer parada y fonda en cada uno de sus lanzamientos para examinar cuánto hay de sorpresa aún y cuánto de perdurable en todos sus discos.

Forgotten Foundation (1992) y anteriores

Puntuación: 1 de 5.

Rastrear los primeros pasos de Bill Callahan es un poco meterse en camisa de once varas. Aunque Forgotten Foundation es algo parecido a su primer disco, rateyourmusic contabiliza cinco lanzamientos más previos a este. Tampoco os volváis locos: de alguna manera hay que empezar y el debut de Bill Callahan bajo el sobrenombre de Smog sólo lo podemos ver con cierto cariño ahora que el tiempo ha pasado y sabemos las cotas a las que llegaría, porque si es por él mismo, hay muy poco que reseñar: 22 canciones de lo-fi noventero absolutamente slacker.

Si entras en el universo Smog, volver a estas canciones sí que recompensa, a ratos, porque ya había chispa. Pero si no has entrado o sólo lo has hecho a medias, es mejor seguir alejado de cosas como ‘Barometric Pressure‘ o ‘Guitar Innovator‘, algo así como ideas desechadas del peor disco de Sebadoh.

Eso sí: todo el disco está atravesado por un humor entre lo dulce y lo mordaz. Si él mismo tituló dos de sus canciones como ‘Bad Ideas for Country Songs’… ¿quién vamos a ser nosotros para ponerle pegas?

Julius Caesar (1993)

Puntuación: 3 de 5.

Frente a todos los cantautores solos con su acústica, lo que Smog consigue en Julius Caesar es que sea la baja fidelidad su principal herramienta creativa. Como Guided By Voices en la misma época, las canciones son tan relevantes como la manera en la que se graban: pilladas a salto de mata, capturando las ideas locas justo cuando están pasando. Da lo mismo si es una reinterpretación del tema central de la Banda Sonora de Star Wars o un lamento al amor que se casa con otro («voy a estar TAN borracho en tu boda» canta mientras musica ‘Your Wedding‘ como una gran tragedia disfuncional): todo se viste lo-fi porque es única manera de que estas canciones reflejen el estado de ánimo que parecen querer transmitir.

Julius Caesar es una pequeña joya del lo-fi 90s, muchas veces olvidada porque el resto de la carrera de Bill Callahan es mucho más disfrutable de mirar. Claro: leed la letra de ‘Stick in the Mud‘, escuchadla después y veréis que este disco no iba de «disfrutar». Había un montón de melodías y canciones grandes en esta época de Smog; y también la necesidad de que nunca sonaran… a cantautor.

Wild Love (1995)

Puntuación: 3 de 5.

Bathysphere‘ es ya, nada más empezar el disco, la demostración de que Smog sabe sacar una faceta de sí muchísimo más brillante, y hasta normal, de la que nos había dicho hasta ahora. Es un canción con madera de hit, que enseña que Wild Love va a contar con colaboraciones tan estelares (y relevantes para las canciones) como la de Jim O’Rourke, Cynthia Dall o el productor Rian Murhpy, que nos deja ver a un Callahan con una letra que entre la melancolía y lo suicida. Es, casi, la canción The Cure de Smog.

Tras semejante golpe de autoridad, ya podías tener pocas dudas de que Bill Callahan tenía un excelente talento como compositor. Pero Wild Love no te va poner tan sencillo el resto del trayecto: la apocalíptica disonancia de ‘Sweet Smog Children’, la destartalada marcha de ‘Emperor’ o ‘The Candle’ y ‘Be Hit’ se comportan como canciones completas cuando en otros discos se mostrarían como pistas finales, canciones sin título, caras ya no B, sino C.

El triunfo de ‘Bathysphere’; ‘It’s Rough’, qué señora canción doliente; ‘Sleepy Joe’, bueno, ok; ‘Prince Alone in The Studio’, la letra del disco; y ‘Goldfish Bowl’… Sería el mejor EP de Smog si hubiese querido eso.

The Doctor Came At Dawn (1996)

Puntuación: 4 de 5.

El disco triste de Smog, casi al borde del cortavenismo. No es slowcore, pero casi; no es folk de cámara, pero casi; no te reconforta, ni lo intenta. ‘All Your Women Things‘ (además de impactar directamente en cómo serían algunas de las mejores canciones de Migala) es la recreación musical perfecta del abandono amoroso, donde todas «tus cosas de mujer» han dejado rastro pero lo que no se acaba de ir es lo perfecta que eras y lo gilipollas que fui:

Why couldn’t I have loved you

This tenderly

When you were here

In the flesh

So tenderly

How could I ignore

Your left breast

Your right breast

How could I ignore

Your hardness

Your softness

And your mercy

Tras una excelente portada, Smog descarga un arsenal de auto-reproches, quejas sotto voce, lamentos por lo que perdimos cantados medio en coña porque si los dices totalmente en serio te quieres morir («You could have done better, but oh well») y canciones de alta carga emocional (. The Doctor Came At Dawn posiblemente no ayude a superar nada, y quizás sea inferior musicalmente a lo que está por venir, pero es complejo en lo lírico, profusamente arreglado y profundamente humanista. Y todo sin parecerlo.

Red Apple Falls (1997)

Puntuación: 4.5 de 5.

Balón de oxígeno. Seguir por la senda de The Doctor Came At Dawn era precipitarse por el barranco, así que Red Apple Falls comienza como si fuera un disco de Nick Drake: aun siendo una canción en tensión constante, ‘The Morning Paper’ tiene algo de luminoso que el disco anterior negaba, ya incluso desde la propia letra («el periódico de la mañana está al caer pero no va a traer más que malas noticias, así que me doy la vuelta y sigo durmiendo, el sol de la tarde me sabrá tan dulce«) y también en ese arreglo de viento.

Red Apple Falls no es la alegría de la huerta, pero hay mucho más de tristeza reposada que de la violenta sensación de soledad del disco anterior. Las canciones también son más grandes: ‘Blood Red Bird’, ‘Red Apples’,

Hay, también, optimismo: ‘I Was a Stranger’, qué bonito ese acercamiento al country en el que se emparenta con Lambchop. O ‘Ex-Con’ (al menos en la música lo es; la letra ya tal).

Knock Knock (1999)

Puntuación: 5 de 5.

Un disco perfecto y un paso absolutamente irreprochable. Donde antes había un artista al que se le iba la mano, o el músico cuyas humoradas también se le pasaban de frenada, o incluso un compositor algo lineal, en Knock Knock todo eso desaparece: desde la mirada viejuna («también los jóvenes pueden ser viejos», que cantaría Joe Crepúsculo) Smog abraza el rock’n’roll para una colección de canciones que, pese a ser estilísticamente dispares, suenan perfectas juntas.

Veamos, por ejemplo, lo que ocurre en la mitad: ‘No Dancing‘ es una canción demasiado ruidosa para Smog, una fanfarria con coros infantiles que suena amenazadora. No es «la típica canción de Bill Callahan». Y es tan curioso como relevante cómo se agrupa, espalda contra espalda, con la dulzura y desnudez de ‘Teenage Spaceship‘, la canción en la que Bill Callahan mejor refleja ese sentir adolescente: ser fuerte, ser imparable, ser frágil también, ser extraños, casi del espacio exterior:

A teenage spaceship

I was a teenage spaceship

Landing at night

I was beautiful with all my lights

Loomed so large on the horizon

So large, people thought my windows

Were stars

So large on the horizon

People thought my windows

Were stars

Hay en Teenage Spaceship tal sentido del espacio, tal buen uso de los silencios y el aire, que se eleva rápidamente como la canción clave del disco. Una, por cierto, llena de esperanza.

Ambas ocurren en la mitad de un disco que bien podría ser el más Velvet Underground de su carrera. Fijaos en cómo suenan ‘Cold Blooded Old Times’ o ‘Hit The Ground Running’, fijaos en que cuadrarían en el Loaded de la Velvet.

De todo nos ha avisado ya ‘Let’s Move To The Country‘, la canción que nos despereza para entrar al disco. Bien podría parecer accesoria en una escucha rápida, pero es importante y sólida para crear atmósfera, casi un mantra en el que conviven las partes agrestes de Knock Knock con el aroma a folk triste. Quizás viniendo de los discos anteriores, ‘Held’, casi kraut, sorprenda más que ahora, cuando la trayectoria de Bill Callahan le ha llevado por tantos meandros que nos haya acostumbrado a cualquier cosa. Pero en 1999, ésta era la manera en la que Smog nos decía que él entendía así el rock alternativo (su atmósfera le delata y le acerca más a Morphine que a cualquier otro grupo).

River Guard’, por su parte, es una extraordinaria narración a fuego lentísimo sobre el guardia de prisiones que se lleva a los presos a bañar a un río. Es desarmante, porque por un lado me recuerda la fugacidad pero importancia del momento de ser feliz (When I take the prisoners swimming / They have the time of their lives / I love to watch them floating) y por otro, por más que el mismo protagonista intenta encontrar la felicidad en ser libre, reconoce estar preso, sin que quedé claro de qué. Posiblemente de la vida. Es una canción muy Nick Cave en el tono, en el tema, en el desarrollo, y sin embargo, Bill Callahan la ata al suelo para evitar que la encuentre esa teatralidad tan Cave.

Hay mucho y muy necesario en Knock Knock, un disco al que volver siempre.

Dongs Of Sevotion (2000)

Puntuación: 4.5 de 5.

El disco de título disléxico de Smog es también el que continúa el camino marcado por Knock Knock: la idea de romper con la impresión que habían dejado el triplete previo de discos-tristes-a-cámara-muy-lenta. Por eso ‘Justice Aversion’ suena a unos Depeche Mode que se hubieran olvidado de cómo se hace una megaproducción. Por eso ‘Strayed’ tiene toques soul. Por eso ‘The Hard Road’ te la puedes imaginar tocada por la Jon Spencer Blues Explosion. Y por eso por aquí se pasa a saludar hasta el fantasma creativo de Phil Spector, en la final ‘Permanent Smile’.

Dongs of Sevotion es, también, su disco más de «intérprete». En él está claro desde el principio que esto no es folk confesional ni un diario íntimo: caminan pervertidos, maridos que pegan a sus mujeres, despojos humanos sin oficio ni beneficio, priapistas, violadores… Es un paseo por el wild side, que cantaría Lou Reed, pero en la acera de la escoria humana: I can hold a woman / Down on a hardwood floor.

Aquí está también ‘Dress Sexy At My Funeral’, quizás LA LETRA de Bill Callahan: hay que conocer muy bien la naturaleza humana para que algo así, a mitad de camino entre la parodia, la tristeza, el vicio, el deseo y el hastío de vivir, funcione como un reloj.

Rain on Lens (2001)

Puntuación: 3.5 de 5.

Y entonces, mucho años después, a Bill Callahan le llovieron hostias. En septiembre de 2001, Bill Callahan se puso entre paréntesis a la vez que se mostraba por primera vez en una portada. Smog pasó a ser (Smog) pocos días después de los atentados del 11-S, según el propio Callahan para que la gente dejara de prestar atención a él mismo y a su seudónimo en vez de a sus canciones.

La maniobra no vino sola: le acompañó Rain On Less, el disco peor recibido por una crítica mundial que había vivido hasta entonces y desde Wild Love mayoritariamente enamorada de su música. Y un disco grabado en diez días que el propio Bill Callahan quiso convertir en una tortura: es leyenda ya la anécdota del batería que se tuvo que ir del estudio porque allí Callahan sólo dejaba entrar comida vegana y él coló un perrito caliente

Rain on Lens es deliberadamente monótono. Pero todo a su alrededor es fascinante: cómo se creó, por qué se creó y la manera en que suena. No diré que está guay… pero está guay. «Si te construyes una casa, ponle puerta»: así lo etiqueté yo en su día en las notas que ahora miro; hoy no sabría decir por qué lo escribí pero me sigue pareciendo la frase que mejor lo define.

Supper (2003)

Puntuación: 3.5 de 5.

Supper quiere saltar por encima de Rain On Lens y abrazar el clasicismo, y no tarda en mostrar sus cartas: ‘Feather by Feather’ es una de las mejores canciones de Bill Callahan, abrazada a su lado más country, mecida por un hammond y una fenomenal slide guitar y acurrucada por los contrapuntos vocales de Sarabeth Tucek. Vaya cancionaca y vaya letra: «When they make the movie of your life / They’re going to have to ask you to do your own stunts».

Es, en ella, mucho mejor que Will Oldham en su propio terreno, pero Supper nunca llega tan arriba y, si la escucha te pilla algo tocapelotas, parece que sólo aguanta el tipo medio disco más: ‘Butterflies Drowned in Wine’ refina el acercamiento a la Velvet que ya le habíamos visto desde Knock Knock. ‘Our Anniversary’, ya en la parte final, es dulzona y melancólica, como celebrar cada año que aún seguimos juntos.

Pero en ‘Truth Serum’ el dueto funciona peor, en ‘Driving’ o ‘Vessel in Vain’ asoma cierto cansancio. Un buen disco que, ya en su momento y aún hoy, suena como esos que se escriben antes de entrar en crisis creativa. La calma antes de la tormenta.

A River Ain’t Too Much to Love (2005)

Puntuación: 4 de 5.

Crisis como tal no hubo, aunque A River Ain’t Too Much to Love, publicado dos años después, fue el último disco que Bill Callahan firmó como Smog. Es, por tanto, cierre de una etapa, por mucho que fuese siempre un proyecto unipersonal como el que luego sacaría firmando ya con su nombre.

Es, también, el final de los coqueteos: se vuelve casi al principio, sin guitarras eléctricas pero también sin darle tanto peso a la música sombría, y lo que queda es un disco hipnótico (fijaos en el motor que impulsa ‘The Well’, una canción que es un tren en marcha), variado (‘Rock Bottom Riser’, qué guay), con Joanna Newson al piano, y nada, nada plano. Hay mucha imaginación compositiva y muy poco cliché puesto en estas canciones.

Y en las letras es preciso y siempre con la capacidad de sumergirte en mitad de grandes historias construidas con pequeñas viñetas, a lo Raymond Carver. De nuevo para arriba.

Woke on a Whaleheart (2007)

Puntuación: 2 de 5.

Pues vaya. El cambio de nombre, ya que a partir de ahora sólo será Bill Callahan, no viene precisamente con un gran disco bajo el brazo. De hecho Woke on a Whaleheart es su álbum más «normal»: no hay ninguna canción que te empuje a sorprenderte, que intente cosas en los límites, que apueste por llegar más allá. Es su disco menos relevante el año: uno tan sencillo de escuchar como imposible de retener. La inercia te lleva a pensar «no está mal, otro disco de Bill Callahan, suena hasta funky» cuando ese es precisamente el pensamiento peligroso aquí: el nostamal.

Sometimes I Wish We Were an Eagle (2009)

Puntuación: 4.5 de 5.

No nos desanimemos: si algo sabe Bill Callahan es volver a encontrar la senda. Dos años después, Sometimes I Wish We Were an Eagle nos enseña un nuevo disco oscuro, pero quizás aún más íntimo. Esta vez no hay espacio para lo tópico: ya ‘Jim Cain’, con su premonitorio «I used to be darker/ Then I got lighter/ Then I got dark again», apunta a arreglos dulces, de apariencia ligerísima. Sometimes I Wish es un disco que flota en el ambiente, no se arrastra pesado por el suelo. Es el fantasma melancólico, no el espectro horripilante.

Como en Woke on a Whaleheart, hay cellos, pianos eléctricos, muchos arreglos para que las canciones no sean «Bill y su guitarra». Pero a diferencia de aquel, cada recodo es una sorpresa: en ‘Eid Ma Clack Saw‘ sueña la canción perfecta y no esperas lo que va a venir; en ‘Too Many Birds‘ se enfrenta a su pasado musical y le echa en cara que fuese tan desnudo; ‘My Friend’ es Neu! en acústico y ‘All Thoughts Are Prey To Some Beast‘ es, directamente, una pasada.

Apocalypse (2011)

Puntuación: 5 de 5.

Ay, Dios, Apocalypse. ¿Estábamos listos de nuevo para una maniobra como la de Rain on Lens, para que Bill Callahan nos rompiese de nuevo la cintura? Posiblemente no, pero aquí está aquel disco que quería romper consigo mismo, sólo que hecho, esta vez, de manera que nadie le acusase de espartano.

Apocalypse es su disco más experimental en muchos años, uno en el que todas las canciones quieren ser largas pero no repetitivas. Uno que apuesta por ser imperecedero a base de mirarse en el espejo del rock de los 70 y elevar su voz al mejor momento de toda su carrera. Hay flautas a lo Jethro Tull, hay funk, hay reverb rompiendo las canciones… Hay tal sensación de estar ante un disco que se podría haber despeñado por el acantilado creativo de lo raruno que el triunfo final es la supervivencia. Segunda cima inconstestable (a la que en Hipersónica no le hicieron ni puto caso ni quisieron escucharme; queridossordos).

Dream River (2013)

Puntuación: 3.5 de 5.

Dream River se empezó a promocionar con una canción dub… parecía que Bill Callahan estaba dispuesto a romper de una vez por todas consigo mismo y, siendo sinceros, aquello daba miedo, porque precisamente Apocalypse había puesto el listón del cambio demasiado alto sin romper del todo. Pero pronto vimos que aquello no era para tanto: la apertura de ‘The Sing’ le sitúa junto a Leonard Cohen en lo musical y en un bar de un hotel en lo lírico: «The only words I’ve said today are ‘beer’ and ‘thank you'». Imposible no sonreír.

Dream River se sitúa en las antípodas de Woke on a Whaleheart, aun compartiendo ideas. Sabemos que un nuevo disco de Callahan va a tener recorridos que ya hemos experimentado, pero en Dream River ninguno parece agotado.

¿Y el dub? Pues se fue al disco hermano, Have Fun With God; posiblemente la única obra fumata de Bill Callahan.

Shepherd in a Sheepskin Vest (2019)

Puntuación: 3 de 5.

Tras una impoluta racha de dos discos cada dos años durante más de una década, Bill Callahan paró por completo durante seis. Su regreso es intenso en duración (más de una hora, 20 canciones) y algo nostálgico, como sentarte otra vez con tus viejos amigos de la universidad y recordar por enésima vez la anécdota de la que siempre os habéis descojonado: los primeros años con risotadas y ahora con sonrisas y, quizás, algo de pena, pero también algo de hastío.

Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments