Una de las mentes creativas más interesantes y una de las psiques más retorcidas y difíciles de descifrar. Meterse en las películas de Charlie Kaufman es todo un ejercicio gimnasia mental, que te lleva a cuestionarte muchas de las cosas que das por sentada en la narración audiovisual y también a cuestionarte mucho de ti mismo y tu propia mente. Y, al mismo tiempo, una de las mentes más privilegiadas a la hora de tocar la conexión humana y emocional de una manera singular. Con motivo de la llegada de su nueva película a Netflix, nos metemos en cada una de las fascinantes películas que ha escrito y/o dirigido.

Cómo ser John Malkovich (1999)

“¿Y por qué no se llama ‘Cómo ser Tom Cruise’?”. Es una pregunta que tiene todo el sentido que preguntase un productor al que le llega semejante guion con semejante premisa (qué narices, hasta yo mismo me pregunto cómo sería esto con Tom Cruise). Tiene también todo el sentido que lo pregunte el propio John Malkovich tras presentársele la idea porque, por muy fascinante que sea que hagan una película sobre estar en tu cabeza, es algo absolutamente aterrador de afrontar uno mismo. Pero Kaufman tenía claro que no podía ser otro. No hay otro John Malkovich. No hay ese actor con la suficiente cantidad de reconocimiento y, al mismo tiempo, desconocimiento (“Me encantó en esa peli donde hace de ladrón de joyas”), ni tiene ese aire enigmático a su alrededor.

O igual es sólo porque tiene gracia decir el nombre de John Malkovich (y se dice por lo menos 130 veces a lo largo de la película), pero eso es sólo una de las películas que hay en este surreal viaje de Kauffman y Spike Jonze. Detrás de chistes tan hilarantes como absolutamente únicos subyacen ideas potentes como una profunda insatisfacción con la vida, la frustración como artista, el atractivo de vivir vicariamente a través de otra persona o el perseguir otra vida que te aleje de la tuya. Es tanto lo que te lanza que cuando termina te sientes como si un torbellino en el que llevas atrapado varios minutos de repente te escupe, dejándote una extraña sensación de si la película ha llegado completamente a aterrizar al final o que todos los hilos que ha cruzado son la última perla de genialidad.

Human Nature (2001)

Antes de poder llegar a hacer Cómo ser John Malkovich, Kaufman empezó a mover este otro guion que tenía, algo más convencional, sobre un hombre salvaje siendo estudiado y educado para ser un hombre culto. El guion captó primero la atención de Steven Soderbergh, que estuvo a punto de entrar en pre-producción de la película hasta que le llegó la oferta por Un romance muy peligroso (y las cosas como son, tomó la mejor decisión). Cuando Malkovich resultó ser un éxito, se reactivó el interés en este proyecto y se trató de conseguir que Spike Jonze también lo dirigiera.

En su lugar, Jonze lanzó el nombre Michel Gondry, que no había dirigido una película pero tenía mucha experiencia haciendo anuncios y videos musicales para Björk, The Rolling Stones, Massive Attack o Daft Punk. Aunque Gondry tiene un buen sentido visual, no es capaz de darle la misma chispa al particular humor de Kaufman aquí, y las ideas aquí tienen su interés pero no son tan potentes o están tan bien desarrolladas. Y a pesar del interés de los actores (aunque Tim Robbins está aquí un poco de más), los personajes resultan menos interesantes. El fracaso comercial no hace sino profundizar su irrelevancia, hasta el punto de que esta película ya no existe. No es terrible, pero no es complicado entender su nulo peso cultural.

Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002)

Cómo de genial es aceptar el encargo de adaptar un libro supuestamente inadaptable y terminar entregando una historia de un hombre frustrado porque está intentando adaptar un libro inadaptable. No sólo aprovecha el encargo para liberar sus pensamientos sobre el bloqueo de escritor sino que se toma también la libertad de dividir su psique en un hermano que no existe y descargar ahí, de manera exagerada, el tipo de carrera que deshecha (o no puede) tener.

Kaufman logra exponer todas esas frustraciones de manera fascinante y original, y hay que tener pelotas para hacer algo así porque nada más pereza al público que escritores hablando de lo duro que es escribir. Jonze, que observó las frustraciones y la baja autoestima del guionista mientras trabajaban juntos en Malkovich y traslada de manera divertida y audaz todo ese viaje del personaje y la relación que acaba entablando con el material que está adaptando. Lo hace además con una (o dos, mejor dicho) de las mejores interpretaciones de la carrera de Nicolas Cage.

Y como guinda a todo el asunto, los elementos del argumento del “guion” que hace el “hermano” de Kaufman terminaron siendo una película de John Cusack.

Confesiones de una mente peligrosa (2002)

Antes de todas esas películas de las que hemos estado hablando, en Hollywood había una verdadera fiebre por adaptar la “autobiografía no autorizada” de Chuck Barris, un productor y creador de shows televisivos y también presentador que asegura haber sido asesino encubierto para la CIA (la CIA lo niega, por supuesto). Los derechos fueron dando tumbos hasta que Andrew Lazar se hizo con ellos y empezó a poner las cosas en marcha, contratando a Kaufman para el guion y probando con una serie de actores (Sean Penn, Mike Myers, Ben Stiller, Edward Norton, Jonnhy Depp) y directores (Curtis Hanson, Sam Mendes, David Fincher, Darren Aronofski, Brian De Palma, Bryan Singer) a lo largo de los años.

Tuvo que ser finalmente George Clooney, que fue de los primeros en firmar como parte del reparto, el que cogiera las riendas como director e intentase sacar el proyecto adelante con Sam Rockwell como Barris. El resultado final salió resultón y mostró a Rockwell como el talentazo que era, pero muchos no salieron del todo satisfechos. Kaufman se mostró decepcionado con la película que hizo Clooney, que parece tener un interés más superficial en el material, aunque se muestra sólido manejando los tonos de una película alocada y deliciosamente ambigua, con un claro ejemplo de punto de vista poco fiable del personaje principal. Es posible que hubiera más potencial detrás, y quien sabe qué habría hecho Clooney si no hubiera tenido que dividir su tiempo entre esto y protagonizar Solaris, pero como intento de emular a sus queridos Steven Soderbergh y los hermanos Coen le salió un resultado disfrutable.

¡Olvídate de mí! (2004)

Michel Gondry le llegó a Kaufman con una idea originada junto a unos amigos artistas sobre un thriller sci-fi en las que una persona elige borrar a alguien de su memoria. Al guionista le resultó lo bastante atractiva y potente, pero decidió reducir al mínimo posible el componente sci-fi y descartar el enfoque thriller, poniendo un importante énfasis en la parte de las relaciones, haciendo esta su película más abiertamente sentimental y genuina.

No obstante, hay cierto miedo cada vez que surge el impulso de volver a ver Eternal Sunshine of the Lolailos, quizá por la posibilidad de que la siguiente sea la vez donde definitivamente se caiga la película. Bien porque ya no te encuentras en el lugar sentimental que la película en mucha medida requiere, bien porque el paso del tiempo y mentalidad te haga ver fracturas más prominentes en los personajes de las que viste en primera instancia. O quizá por su carácter tan frágil que puede llegar a hacerse añicos a poco que la soples. Pero no, no sólo la película se sostiene, sino que es absolutamente arrebatadora y genuinamente emotiva gracias al audaz e inventivo trabajo de Kaufman, la intimidad que logran transmitir Jim Carrey y Kate Winslet y el arriesgado toque Nouvelle Vague que busca Gondry desde la dirección.

Synecdoche, New York (2008)

Sony abordó a Kaufman y a Spike Jonze para probar a desarrollar su propia idea de una película de terror. Y la mejor manera de desarrollar una película de terror es explorar lo que más aterra a uno mismo. El guionista empezó a enumerar tantas cosas relacionadas con la vida que no tardó demasiado en expandir todo a que lo más aterrador era LA VIDA. Jonze se desmarcó para hacer Donde viven los monstruos (¿recordáis aquello?) y Kaufman vio que era la mejor oportunidad para lanzarse a dirigir él mismo sus ideas.

El resultado es Charliekaufismo en su máxima expresión. Tanto que incluso puede ser abrumador para algunos pobres mortales como yo mismo. Se exploran tantas tangentes diferentes, se quiere llegar hasta las últimas consecuencias esa “realidad recreada” que los personajes desesperadamente persiguen, y se lleva al límite todos los juegos con el tono que caracterizan al autor. Lo de Philip Seymour Hoffman es para hacer otro artículo completo. Es una obra tan abrumadora que resulta tan válido sentirse superado por todo como rendirle pleitesía como obra maestra.

¿Nota? Resulta vulgar hasta hacerlo. Así que lo voy a llevar al extremo poniendo de nota un gif:

Anomalisa (2015)

El compositor Carter Burwell ayudó a idear este “Teatro de la Nueva Oreja” donde se experimentaría con obras de teatro sonoras, y Kaufman aportó una pequeña pieza con sólo tres interpretes, uno (David Thewlis) interpretando a un hombre tan deprimido y apático que todas las personas le parecen iguales, otra (Jennifer Jason Leigh) como la única voz y cara distinguibles del resto y el tercero (Tom Noonan) haciendo el resto de voces. Kaufman no veía manera de convertir aquello en una película, pero Duke Johnson le convenció de que la animación stop-motion proporcionaría el contexto adecuado para hacer funcionar todo.

El resultado final es una película de poco menos de hora y media que, por desgracia, se nota que inicialmente iba a ser un corto de 40 minutos. La idea de plasmar el patetismo y el tóxico egocentrismo del protagonista suena sugerente, pero nunca parece terminar de meter el dedo en la llaga y se siente algo incompleta en ese aspecto. Quizá no ayuda que todo lo diseñado a su alrededor por parte del guion está expresamente pensado para subrayar todo eso. Este problema probablemente de planteamiento es la que la separa de alcanzar todo su potencial y ser algo más que una apreciable singularidad en la obra de Kaufman.

Estoy pensando en dejarlo (2020)

Kaufman regresa a la adaptación ajena en la que es, posiblemente, su película más completa como director. No sólo coge el desasosegante y oscuro espíritu de la novela de Iain Reid, sino que lo expande, lo enriquece y lo hace más deliberadamente antiguo en la película más claramente orientada contra el público medio de Netflix, pero que también es la que más se puede beneficiar de estar en la plataforma por la posibilidad de realizar más visionados que desvelen más claramente los laberintos conceptuales del director.

Porque Estoy pensando en dejarlo es Kaufman más centrado que nunca en hacer una película que refleje el particular funcionamiento de la mente, el subconsciente y la memoria. Es, también, un desolador y aterrador paseo por el infierno de una mente en descomposición, agarrando como puede unos recuerdos que se les escapan entre los dedos, y tratando de deformarlos para encontrar un último halo de esperanza en una existencia miserable. Es mucho que procesar, y no todo el mundo estará por la labor, pero cómo recompensa el poner empeño en resolver los puzzles dentro de los puzzles.

Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments