Se nos mueren los 90.

Corría el año 1995 y mi vida dio un vuelco. Sergio Tallo, ese amigo mío al que no veo desde hace 15 años y del que hoy hablo con orgullo por ganarse la vida cantando ópera, me compartió un disco de esos que te marcan para siempre, que sacuden tu existencia y la reescriben hasta el día en que te mueres.

Ya entonces sabía que era un disco importante (o eso decían), pero no logré dimensionarlo hasta pasado, al menos, un lustro. Su impronta, sus consecuencias, construirían el amor que siento por una banda como Pearl Jam, pero lo más importante es que me ayudó a comprender la escena grunge, a entenderla y animarme a compartirla con los demás. Ya habían entrado los tiempos del numetal, chandal Adidas y hihop rockeado, pero Temple of the Dog (A&M, 1991) (ese es el maldito disco) me conminó a vivir pensando en el pasado, a despreciar la música de nuevo cuño y a tropezar con ‘Hunger Strike’ cientos de veces, como supongo habrá hecho cualquier melenudo de mi generación.

El artífice de todo esto fue Chris Cornell, aquel al que Oscar Tévez en El País ha descrito como “la sensibilidad” del grunge. Un músico valiente, maldito que ha superado todas sus maldiciones, un músico que acaba de abandonarnos dejando huérfanos a miles de fans y a un movimiento que, aún pasados 20 años, sigue vivo pues el mundo sigue siendo un completo desastre y la juventud aún no hemos logrado cambiarlo.

La carrera de Chris Cornell ha sido extraña, queriendo ser Robert Plant mientras sus amigos querían ser Neil Young, recibiendo más altavoz por sus fracasos que por sus éxitos. Apadrinó a Pearl Jam, impulsó a Nirvana hacia el éxito desde su efigie de veterano de la escena, cosió las heridas de Rage Against the Machine cuando la industria había puesto en jaque a su musical antítesis. También se dio un buen meneo cuando se estrenó en solitario con el entrañable Euphoria Morning (A&M, 1999), y cabreó a medio planeta por esa estupidez llamada Scream (Mosley Group, 2009).

Ayer muchos sonreían maliciosos al acordarse de Chris Cornell y sus fracasos. Hoy es momento de recordar que sin él nuestros años 90 habrían carecido de banda sonora, o habrían tenido una tan repugnante como ésta. Todo apunta a un suicidio y sería una estupidez convertir al músico en mártir por mucho que uno de sus mayores éxitos hablase de resistir mirando al horizonte con los brazos en cruz. Nos deja el legado de Soundgarden, el globo deshinchado de Audioslave y un par de directos acústicos que quitan el hipo, de esos a los que acudir en días de borrasca y estertores de ausencia.

Esta mañana al levantarme lo primero que hice fue pensar en mi amigo Sergio Tallo y en lo mucho que echo de menos esos tiempos de casettes de ida y vuelta, playbacks grabados con cámara de video y tantos discos por descubrir. Esos recuerdos siempre estarán ligados a Temple of the Dog y al Superunknown (A&M, 1994) de Soundgarden, y revivirlos un día como el de hoy es tan doloroso como placentero. Como placentero ha sido salir a la calle y encontrar gente que no conozco portando camisetas con la portada del Badmotorfinger (A&M, 1991). Nos hemos sonreído, nos hemos consolado con una mirada cómplice y nos hemos invitado a no olvidar jamás a Chris Cornell, a no dejar atrás esa época tan bonita como fue nuestra adolescencia.

Subscribe
Notify of
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
Inline Feedbacks
View all comments