Desde cualquier lugar del planeta puede observarse la constelación de Orión. Tres de sus estrellas (Mintaka, Alnilam y Alnitak, nombres que quizá os suenen) forman el llamado cinturión de Orión, también conocido como Las Tres Marías o Los Tres Reyes Magos, especialmente famoso por infinidad de teorías absurdas basadas en su alineación, que refleja supestamente la posición de las tres grandes pirámides de Giza. Ahí, en las estrellas, buscaban refugio unos chicos de Cabrils llamados Madee hace ahora una década cuando lanzaron Orion’s Belt, su disco, el disco, ése que sospechábamos que podían llegar a hacer pero no teníamos demasiado claro si llegarían a redondear.

Pronto caerían en las manos del sello donde por pura lógica (geográfica y estilística) debían acabar más pronto que tarde: BCore

Hasta entonces Madee eran de esas bandas “influenciadas por”, “que suenan a”, ésas a las que solemos colocar frases bonitas del estilo “habrá que seguirles la pista” o “atención porque prometen mucho” pero que nunca sabes si acabarán por dar el gran paso. Su actividad hasta ese momento había sido frenética, desde que en 1998 Ramón Rodríguez (voz y guitarra), Lluís Cots (batería) y Pep Masiques (bajo) fundaran un proyecto al que pronto se unirían Capi y Adam Vives a las guitarras y Marc Prats a los teclados. Entran en el circuito maquetero con Lost Recordings (1998) y 8-Track Demos (2000) y, cuando la cosa parece que se pone seria, su cantante y líder (dando ya los primeros síntomas de una notable hiperactividad que pronto conoceríamos con detalle) monta su propio sello Cydonia Records con la intención de editar el primer disco del grupo, aunque éste pronto caería en las manos del sello donde por pura lógica (geográfica y estilística) debían acabar más pronto que tarde: BCore. Así es como el lanzamiento de Songs From Cydonia (2002) acaba siendo una iniciativa conjunta y el inicio de una hermosa amistad. Tanto ese debut como Secret Chamber (2003) les muestran muy agarrados a sus influencias (los grandes nombres como The Cure o Radiohead por un lado, el emo noventero por el otro) pero con un inmenso potencial que parecía a punto de estallar, pero seguía dejando la duda de si serían una eterna promesa. La respuesta llegaría un año más tarde.

En 2004 Madee se lo tomaron en serio de verdad. Tenían claro que querían grabar con Santi García, que en aquel momento se encontraba en Chicago. Tenía que ser en aquellas fechas, así que, como cuentan en ese documental dirigido por Victor Rins, una noche de borrachera les dio la fuerza (o la inconsciencia, o ambas) para plantarse allí. Pero no fue simplemente un arrebato ni una locura: acudieron a los estudios Engine con los deberes hechos, la maqueta pregrabada y muchas ideas en la cabeza. “Ha sido la vez que más he sentido que estaba grabando, que estaba tocando en un grupo”, dice el propio Ramón. Se nota. Claro que Orion’s Belt sigue “sonando a”, pero es un trabajo que da la sensación de grupo que ya ha llegado a algún sitio, que ha cogido influencias de aquí y allá (como todo el mundo), pero por fin ha acabado creando algo propio con todo eso.

Porque es un disco de raíz y carácter notablemente emo (de cuando, ya sabéis, la palabra signficaba otra cosa), que mira por el retrovisor a Sunny Day Real Estate y sus apóstoles, pero que acaba creando un sentimiento y una emoción propios. Lo hace manejando los tiempos, jugando con subidas y bajadas, moviéndose admirablemente en los márgenes del melodrama y el histerismo. Lo hace tejiendo esa intensidad guitarrera que parece siempre a punto de estallar (y a continuación lo hace), que ahora acompañan con teclados y un cuarteto de cuerda (nadie dijo que esto fuera de minimalismo), lo cual les da por fin a las canciones el cuerpo y la entidad que venían pidiendo (literalmente) a gritos. Y, por supuesto, lo hace gracias a Ramón Rodríguez (posteriormente en Ghouls’n’Ghosts y en The New Raemon y en…), una de las voces más privilegiadas del panorama estatal, capaz de estar siempre a la altura, ponerse de frente y dirigir mediante miles de matices tan complicada orquesta. El resultado final de Orion’s Belt es también en buena parte responsabilidad suya.

Madee llegan por fin a un lugar que antes sólo podían ver desde lejos

Y a pesar de la densidad de su propuesta, de lo asfixiante y excesivo de su conjunto, Orion’s Belt es un disco compacto pero que se disfruta también a través de sus canciones, una obra que en la mayoría de las ocasiones se escuchará del tirón pero que se detiene en cuidar los detalles de cada una de sus paradas. La inicial ‘Mintaka’ marca el tono alternando ese piano calmado con sus estallidos de furia, ‘Jinniyah’ deja pasar algo de luz y tiene maneras de himno, ‘September’ es la negrura total… Se pueden encontrar mil y un momentos en un disco que constantemente va hacia adelante y hacia atrás, que no parece tener demasiados problemas en repensarse y acabar dando más vueltas de las que estaban previstas en un principio (el propio grupo entró al estudio con sólo ocho canciones y salieron con diez grabadas).

Las menciones de honor deben ir a las que son probablemente los dos mejores temas que ha firmado la banda: el tema titular, de cocción lenta pero que acaba convirtiéndose en una épica canción de amor siempre con ese tono melancólico, y la monumental ‘A Ghost’, que se maneja como ninguna entre crescendos rotundos y se divierte encontrando puentes entre la calma y la tempestad. Canciones fundamentalmente largas porque tienen que serlo, repleto de momentos que ponen los pelos de punta y transmiten la sensación de una banda que ha dado un gran paso adelante, que ha llegado por fin a un lugar que antes sólo podía ver desde lejos.

Termina el epílogo casi fúnebre de ‘Mintaka (Cyprinus carpio)’ y sueltas un respiro. Necesitas un descanso de tanta intensidad, una pequeña pausa, salir a echar un pitillo aunque ni siquiera fumes. Casi parece que algo así les ocurrió también a ellos: su siguiente disco, L’Antartica (2007), tardaría más de tres años en llegar y cuando lo hizo, se reveló como algo menos pasado de revoluciones, para bien y para (sólo un poquito) mal. Madee son de esos grupos que parecen tener que currárselo el doble que otros y quizá les faltó un segundo gran disco consecutivo para ponerles definitivamente en el mapa y otorgarles el reconocimiento que tienen pero nunca parecen acabar de lograr del todo.

Después de aquello no hubo más discos (sólo una gira de despedida hace cuatro años) y nos dejaron la sensación de dejarlo cuando estaban en lo mejor o, en el peor de los casos, cuando estaban en condiciones de mantener ese excelente nivel. Su próxima minigira de reunión, consagrada a celebrar esta primera década de vida del Orion’s Belt, es una nueva oportunidad de ayudarles a alcanzar el estatus que por méritos propios les corresponde.

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