Vale, Elton John ha puesto mucho de su parte de cara al vilipendio al que se ha visto sometido estos últimos años por parte del moderneo musicaloide. Del Glam derivó a estrella del papel couché, dando más que hablar por sus estrafalarias pintas, sus gafas o su relación de amistad con la princesita del pueblo que por lo que realmente debería importar.

Ahora bien, sois muy necios si negáis, o ni siquiera conocéis, el legado dejado por Reginald Kenneth Dwight en los primeros años setenta, un periodo en el que su relación con el Pop aún no había comenzado y en la que se le veía codearse con artistas de la talla de John Lennon o Pete Townsend, ese genio que inventó eso de reventar las guitarras eléctricas contra el suelo.

Siete discos en cuatro años supusieron una irrupción meteórica solo confirmada por un mercado como el estadounidense con el impresionante Yellow Brick Road, uno de los mejores discos de la historia y que comienza con una suite que deja en pañales a muchas de las presentadas por algunas de las bandas más reconocidas de eso a lo que muchos llamáis Rock Progresivo.

Sigue el camino de baldosas amarillas de Elton

‘Funeral for a Friend/Love Lies Bleeding’ forma parte de los minutos más brillantes de la obra de Elton John, tema inicial de un disco icónico y en el que hay espacio para mucho más aparte del Piano Rock que uno suele esperar a la hora de enfrentarse a la obra del de Pinner. De hecho muchos son los que, sorprendidos, han tenido que acudir de nuevo a la carátula del álbum para comprobar que, efectivamente, esta suite unida de forma artificial a pesar de la sincronía sonora, pertenece al mismo artista que ha grabado temas como ‘Blue Eyes’, ‘Song in Spanish’ o ‘Candle in the Wind’, tema que, casualmente sigue a esta suite en el disco citado.

Como decía antes, las dos secciones que forman parte de la suite serían unidas a posteriori aunque con un éxito tal que ya nadie las concibe de forma divisible. Épica y solemne la primera como introducción (fue compuesta por el pianista a fin de que sonase en su propio funeral) desemboca en un tema de corte Rock y con numerosos elementos propios del Rock Progresivo que elevan el minutaje por encima de los 10 minutos. Progresiones y solos de guitarra y piano encadenados son el marco en el que Elton John canta al desamor y a la mentira, relacionando circunstancialmente a la muerte con el momento en el la ruptura significa el final de todo.

Demasiado larga como para ser reconocida como single, la suite se convertiría en un momento imprescindible de los setlist del músico inglés dejando una impronta tal que bandas de la talla de Dream Theater acabarían versionándolo, muestra de que la envergadura del Elton John de la época está muy por encima de la que muchos de los sordos consideran (y hablo de sordos por no dar nombres y apellidos).

En fin, disfrutar de estos 11 minutos, probablemente sean lo mejor que escuchéis en lo que os queda de día. Y de semana.

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