Esta década está a punto de dejarnos, y con ella se va el corazón juvenil de una generación que durante este periodo ha vivido esa transición desde los primeros amoríos, viajes locos y cogorzas antológicas, hasta un trabajo estable en el caso de los más afortunados, independencia del olivo familiar y un poco de precariedad por en medio entre los más afortunados. Han sido varios los grupos españoles que han descrito este periodo como pocos, desde Kokoshca hasta lo último de Los Punsetes, pasando por Los Claveles. La separación de estos últimos fue una lástima por ese material breve pero intenso que dejaron. Afortunadamente, su espíritu sigue vivo en El Grajo, que con su disco de homónimo título (Sonido Muchacho, 2019). Y de qué forma. De qué forma.

Aquel frenesí joven de Los Claveles

Un puñado de epés en 2009 y sobre todo en 2010 pusieron a Los Claveles en el radar, desde la humildad de pequeñas canciones como las de Nacional 42 (Gramaciones Grabofónicas, 2010) que ya auguraban grandes cosas con versos sutiles o directamente lapidarios como esos Qué pronto se olvidan las cosas en este país / el deporte nacioanl es machacar / hasta los abrazos se dan ahora por internet / actualízate, muere!, ornamentados con un indie pop de cáusticas melodías. Y otras tantas pequeñas canciones en lanzamientos como los de Discos Walden —qué tiempos, coño— de amores de verano, viajes de mierda, tanatorios e incluso algunos momentos de oscuridad en los inicios, aunque siempre gobernaron los punteos y arpegios como los de Violent Femmes o The Modern Lovers.

En 2012 llegó al fin su debut en largo, Mesetario (Gramaciones Grabofónicas, 2012), con un mejor sonido y con una lírica más cabreada: estafas por todas partes en la era moderna, garageo a quemarropa, fiestas y violencia en la meseta y el frenesí de ‘La Pena Negra‘. Pero hemos de reconocer que si algo nos tocó la patata con un impresionante regalo de orfebrería pop e himnos generacionales fue su EP Ojos (Gramaciones Grabofónicas/Sonido Muchacho, 2014). Desde la ‘Estación de Autobuses‘ y esa oda a Alsa que te lleva por toda España, representado bien ese no tener ni cuatro perras e ir a todas partes con un infumable viaje de autobús. Con sus putos mensajes en la pared, gente rara que forma parte ya del mobiliario / Los de Seguridad que te miran con recelo / Cuando te saquen a rastras quedará una mancha en el sueloooooo / oiga una voz metálica suena en un altavoz / Mantengan sus pertenencias controladas. Vivencias comunes que culminaban unos gloriosos versos de juventud con ese al final de algooooooooo. Alsa nos ha llevado por toda España. Y Los Claveles nos agitaron el cuello con los regalos pop, mayor o menor vitaminado, con las trazas de Feelies en ‘Ylayali‘ y el letrón de ‘Ojos‘, cuando todo se va a la mierda poco a poco.

Hacerse mayor en un mundo de mierda

Como se fueron Los Claveles, que dejaron ese hueco cuando parecía que estaban en su punto álgido creativo. Hasta abril de este año. Marcos Rojas volvió en solitario como El Grajo de la mano de Sonido Muchacho. Rojas ha vuelto en forma de pájaro de pico imponente y plumaje esplendoroso. Una descripción que tiene bastante que ver con el proyecto: unas letras más jodidas que vuelven a cara de perro, pero también un corsé sonoro fantástico. Si bien la lírica sigue estando en la honda de los Claveles más inspirados, El Grajo explota esa vena country que había abierto el grupo madrileño para llegar a tocar el cow-punk en algunos pasajes que representan ese esplendor.

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Quizá por el contexto político, la inestabilidad vital y laboral y la propia madurez tras diez años, Rojas vuelve a ese país de contrastes clavelista, para abordar problemas de la vida adulta y real, con letras fantásticas: dardos en las relaciones sociales, ácido pesimismo ante un posible futuro negro y canciones de lamerse las heridas después de unas cuantas hostias. Y cómo no, ese humor sardónico como declaración de antiamor al mundo moderno. Ahí está esa pseudorumba de ‘Canción del Grajo‘, que puede que lleve ese título por representar tan bien la filosofía grajense al margen de todo. Y orgulloso. Que se maten todos entre sí por su española real gana.

No tengo cuenta naranja / No tengo móvil ni tarjetas / No tengo amigos ni familia / No tengo edad ni estatus social / Pero tengo una escopeta / Que te apunta a los cojones / Si les tienes cierto aprecio / Vas a escuchar lo que te cuento

Hay una evolución lógica en Rojas. Después de la época de Claveles con especial énfasis en altibajos y referencias a lo juvenil, ahora llegan letras que apuestan más por esa parte de crítica ácida, de estar de vueltas de todo tras ver cómo funciona el mundo: Has notado como huele la mierda en los altares / Ha visto la mirada inquisitiva de tu madre / O acaso estás pensando que poniendóla a horcajadas / Puedes olvidar a la mujer a la que amas / Oh Dios, quítamela / Ha pasado un tiempo y no la quiero llamar. Pequeños fragmentos de la brillante ‘¡Oh Dios!‘ y ese garageo suave. Si tuviéramos que destacar algunas frases de todos sus pasajes, acabaríamos copiando el libreto con todas las canciones. Rojas y su mutación ornitológica han vuelto con una maquinaria tremendamente engrasada. Después de años de barbecho compositivo, ha vuelto con letras que tatuarse en la cabeza. Y con la suficiente madurez de una canción desnuda sin ninguna vuelta de hoja como ‘Amor de Segunda Mano‘ y ese country de segunda línea.

Acidez, hastío, sarcasmo y cow-punk para celebrarlo

Menos desnudo y mucho más crudo y descarnado, aunque con ese cruce de folk e indie pop vitaminado empiezan el disco, con pasajes lapidarios que reflejan bien de qué va el disco y qué fácil podría adherirse a momentos actuales. Tanto por relaciones pasadas atravesadas con desengaño y rabia como sentimientos a flor de piel hoy. Ahí está ‘Acuérdate‘ y ese discurso del miedo.

Y ahora el tiempo aviva el fuego / Y tú te quemas también / Como el enfermo que no quiere reconocer que lo está / Porque en el fondo le corroe el miedo / La caricia del miedo

Y por supuesto, aunque a veces se ponga esa casaca de todo-es-una-mierda, perfectamente enfundada en ese ‘Yo Camino Solo‘, hay momentos para disfrutar de lo sonoro. Tremendos por cierto. El Grajo suelta el dardo con ese Algún día sabrás diferenciar / lo que es valentía de lo que es temeridad / Verás que todo no se puede tener / Pero si quieres tener algo hay un precio que pagar en ‘Un Proceso Lento’. Curado de espanto, después de tantos años, estas frases lapidarias te llevan plácidamente como una balsa de aceite a ese es un proceso leeeeeeentoooo con un in crescendo en el que entra un arreglo de violín que pone la piel gallinácea. Qué cabrón. Qué regreso.

Y después del proceso ese country malherido y de aire perdedor se transforma en el alocado y glorioso cow-punk donde vuelve a construir otro himno sin que te des cuenta. Con ese vendrán más años malos con los que empieza la canción de mismo título saca la vena más positiva —musicalmente hablando—. Porque el bajón no tiene por qué acompañarse con un bajón cortavenista, también hay que celebrar lo que hay y regodearse en la miseria propia irónicamente. Y Rojas construye perfectamente ese himno poseído por el espíritu de Meat Puppets. Cantando y brindando todos juntos y en la mierda ese Vendrán más años malos / Y nos harán más malos aún / Y nos harán más fríos / Y nos harán más secos.

En fin, El Grajo se ha hecho mayor y muchos de nosotros con él. La vida era esta mierda. Pero siempre hay que celebrarlo.

El Grajo es mi pastor, nada me falta.