Casi como el último estertor, un último intento de lanzar un avemaría que ponga una nota final dulce a 2020, The Avalanches sacaron We Will Always Love You, su tercer disco de estudio. Una exploración cósmica del amor y la otra vida salida cuando muchos ya estábamos pensando y cerrando las listas del año (algunos, de manera preventiva, se adelantaron y lo incluyeron en su lista, porque a las malas nadie recordara un desliz así). Y no era fácil de digerir, porque eran 25 canciones para casi un total de hora y media. Mucho que procesar en el peor momento.

Al final, la sensación es que The Avalanches han estado aquí más cerca de hacer ese álbum grande que esperábamos, con varios momentos fabulosos y varias canciones que podrían entrar entre lo mejor del año. Pero, al final, adolece de varios problemas que hicieron de Wildflower un regreso agridulce y una escucha que se hacía cuesta arriba: muchas canciones, bastantes de ellas prescindibles, unida a una sensación más mecánica y menos orgánica, tirando más de agenda y de aportaciones vocales que del sampleo puro y duro por el que los conocimos.

Aunque es cierto que este conjunto australiano ha tenido muchos cambios en el proceso. Su mismo origen ya fue surgido de un cambio radical. Robbie Chater y Tony Di Blasi, los únicos miembros que siguen con el proyecto a día de hoy, empezaron con una banda que nada o poco tenía que ver con la electrónica: Alarm 115 era un grupo punk de comienzos de los 90 cuya máxima era juntas los espíritus de Drive Like Jehu y The Fall. Ambos, junto a Darren Seltmann, mantuvieron el proyecto hasta que su batería, Manabu Etoh, fue deportado de Australia, tras lo cual se dio por cerrado.

Sin embargo, Chater y Di Blasi ya comenzaron a desarrollar pasión por las mezclas y por los sintetizadores de segunda mano, además de trazar conexiones inexistentes entre los vinilos que escuchaban. El primero, por aquel entonces en la escuela de cine, aprovechó para colar a sus compañeros de Alarm 115 en el estudio de grabación y experimentar con lo que tenían. Conforme la cosa se empezó a poner más seria, se incorporaron más personas para hacer más fluida la mecánica, además de tener gente para poder tocar en directo. A los tres mencionados se unieron James Dela Cruz, Dexter Fabay y Gordon McQuilten.

De ahí, al cielo. Tras telonear para varios peces gordos que pasaban por Australia de gira, llegaron a publicar Since I Left You, el disco que rompió paradigmas y les alzó como uno de los grupos/productores a seguir en una nueva electrónica y variante del hip hop instrumental que estaba siendo capitaneada por DJ Shadow. A la variante concreta que practicaban The Avalanches se le denominó Plunderphonics, nacido a raíz de un ensayo de John Oswald donde reflexionaba al respecto de la «Piratería del audio como prerrogativa compositiva», desgranando la disyuntiva moral en torno al arte del sampleo. Para Oswald, las primeras generaciones del hip hop en los 80s y 90s, las que más llevaban la práctica como bandera, empleaban la herramienta como elemento subversivo, para replantear las cuestiones de identidad y originalidad en la música. Un movimiento autoconsciente.

Probablemente esa idea esté alejada de lo que Chater y Di Blasi tenían en mente hacer para su proyecto, al que difícilmente veían como algo que llegaría lejos. Era su principal divertimento, pero llegado a cierto punto ya eran algo más, algo fuera de su control. Quizá esto pueda explicar la paulatina perdida de miembros que llegaron después de ellos y fueron partícipes de este éxito. Vale la pena preguntarse, dada esta batería de cambios producidos entre su debut y sus posteriores trabajos, y también al ser un primer disco que llegó en un momento y lugar adecuados para la música pop, ¿eran los Avalanches de entonces un grupo diferente al que llevamos escuchando este último lustro? ¿Eran siquiera para tanto o el momento nos hizo venirnos arriba?

La única manera de responderlas es, precisamente, volver a ese debut que nos hizo prestarles atención en un principio. La primera sensación que viene de volver a escucharlo es, de nuevo, furor. Since I Left You es un disco plagado de ideas, articulado por un concepto de búsqueda del amor alrededor del mundo, llegando tarde casi siempre (¿quizá como ellos mismos se veían al intentar capturar la magia a través del sampleo?), y tremendamente desenfadado para un disco con una idea tan troncal. Si los teóricos defendían al Plunderphonics como herramienta contestataria, el grupo no podría navegar en una dirección más opuesta. Ninguno de los miembros del grupo se puso ningún límite a la hora de probar ideas y cruzar sonidos, asumiendo que su trabajo no iba a tener tanto recorrido para que la lucha de obtener permisos para emplearlos fuera a tener lugar. Chater asegura que usaron alrededor de 3.500 samples a lo largo del disco.

Sin embargo, la vuelta al disco también puede desmontar un mito. Los discos nuevos son largos, y mueren un poco por su relleno, pero el floodeo tambíen está presente en Since I Left You, un disco de 18 canciones y una hora y poco de duración. Vale, es menos, pero hay relleno. La diferencia está en que se puede navegar mejor a través de él. Quizá porque Since I Left You es un disco mejor pensado para ser escuchado en el formato dominante en el año 2000: el CD.

El disco tiene un ritmo continuo, una transición finísima entre pieza y pieza que te sumerge por completo en una experiencia completa. Perfecta para dejarte inundar con los cascos en la cama, al contrario que tener que cambiar de cara al LP llegado a la mitad. Y sí, esa opción está disponible también para el formato digital, pero los discos sacados en esta era de música pop parecen ya conscientes de que la gente se salta canciones con la facilidad de levantar el móvil y presionar la pantalla el NEXT. Que sí, que los discman también tenían botón de NEXT, pero teníamos menos discos con tres o cuatro temas buenos secuenciados por criterio algorítmico entre una colección de temas olvidables.

Bueno, tras este momento de pollaviejismo recalcitrante, nos volvemos a meter en el disco. El otro aspecto que parece conectar a los Avalanches de entonces con los de ahora parece el modus operandi, la sensación de que están continuamente en modo de ensayo y error. Lanzar conexiones imposibles en el aire con la misma esperanza que el que tira espaguetis a la pared con la intención de que se queden pegados. Esto, por supuesto, no es signo de que hagan las cosas sin esfuerzo, sino de algo más complejo: poner esfuerzo para que no parezca que te está costando. Los mejores hallazgos parecen inesperadas ocurrencias, de haber descubierto la penicilina cuando estabas experimentando con otra cosa, pero para llegar ahí has tenido que probar otras combinaciones que no han resultado. El factor diferencial en este disco parece ser esa frescura y torrente de creatividad que parece surgir de no ponerse límites, sin preocuparse de si van a tener permiso para usar esa línea vocal o para ese ritmo, mientras que ahora parecen más determinados por con quién cuentan de colaborador en ese momento (y ni siquiera los colaboradores parecen una garantía) y ver si surge la magia. Aquí parece que se encuentren la magia todo el rato.

Es probable que el fenómeno Since I Left You sea producto de su tiempo, pero escuchado hoy día se siente algo atemporal, algo todavía vivo y con cosas que decir y expresar. Dicho de otra forma, sí, era para tanto y abrazamos aquel disco con motivo. Quizá ya no vuelvan a embotellar el arcoiris de la misma manera por la mera razón de que no se pueden enrachar tantos maravillosos accidentes de golpe. Aunque no sea casual, que ya sea por insistencia o por cuestión de talento lograron un desbordante ejercicio de disfrute, melancolía y triunfo. Pero también necesitas que se te alineen los astros, y a veces lo logran por momentos en ciertos puntos de We Will Always Love You. Quizá por eso podamos tener la esperanza de que puedan conseguirlo de nuevo en el futuro. Porque, en muchos aspectos, los Avalanches de entonces y los de ahora son el mismo grupo.

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