Decía Henry Rollyns que «solo debes creer en ti mismo y en los seis primeros discos de Black Sabbath». Algo así se podría trasladar en el ámbito electrónico con Autechre, uno de los proyectos sonoros más importantes en el ámbito de la electrónica contemporánea. Sobre todo para sus tres primeros discos: Incunabula (Warp, 1993), Amber (Warp, 1994) y Tri Repetae (Warp, 1995). Tres álbumes irrepetibles, que todavía suenan como esa Biblia a la que acudir para seguir entendiendo de dónde surgen muchos proyectos de relativa vanguardia electrónica de hoy. Un tridente que mostraba una carta de presentación hacia el futuro. Una electrónica alejada de las raves, centrada no solo en la escucha, como ya empezaban a hacer o hacían otros; en el caso del dúo de Rochdale, aquello se convirtió en un proyecto de deconstrucción, de experimentar con el sonido hasta llevarlo a sus límites, rompiendo los pocos patrones que pueda haber en un estilo como la IDM, la música inteligente de la que Warp se adueñó para rascar billetes a cuenta de ese novedoso patrimonio. Sin embargo, si algo han tenido siempre Autechre ha sido precisamente esa incursión constante en la búsqueda de un enfoque que rompiera con los cánones establecidos. Ruptura de ritmos, sonidos atonales, contraste con pistas contrarias en un mismo tema… Pero también mucho cuidado con la melodía, que a menudo se olvida.

En esos tres primeros discos, Sean Booth y Rob Brown edificaron en tres años una obra contemporánea en la que aún hoy puedes seguir redescubriendo a través de sus texturas y recovecos. Capas y capas en las que frente a la creencia de hoy, o más bien con el tópico generalizado, hay mucha más accesibilidad y escucha fácil de la que dice el imaginario colectivo —quizá hablar de cultura pop con ellos es demasiado—. Del mítico ‘Eggshell‘ —previamente ‘The Egg’ en Artificial Intelligence— a ‘444‘ que cierra Incunabula con esa gloriosa ambientación, o esos otros temas de escuchar en trance en los EP de los mismos años, hay innumerables ejemplos simplemente de inspiradora IDM. Eso sí, con su propia personalidad, por supuesto, porque en momento de construir el género, ellos ya lograron abrir un camino cada vez más alejado de todo. En definitiva, una parte fundamental de la historia de la electrónica, con los memes por las cacofonías y sonidos ininteligibles por bandera, a pesar de que solo sea una parte de su trayectoria. Sea como fuere, volver a repasar la trayectoria hoy es un gustazo. Aquí va al fin la segunda entrega de esta sección de IDM —la inaugural fue con Jetone—.

Aguantar el ritmo a discos seminales

Pero, quitando esos tres primeros e imprescindibles discos, ¿qué hay? Una trayectoria muy interesante, con el reto de no quedarse atrás. El siguiente tridente no sería tan redondo, pero desde luego es otro ciclo fantástico en el que fueron cambiando sutilmente las tornas, hasta su punto de inflexión en la nueva década. De los hermanos mayores, más centrados en la melodía y en sonidos más elocuentes, quizá el nexo entre ambos tripletes es el EP Envane (Warp, 1997), que sale en enero de 1997. Un mes después vería la luz Chiastic Slide (Warp, 1997), prendado de esas bases hiphoperas del mencionado EP, y en el que el dúo empezaba a darle mucha más cancha a eso del glitch hop, con un sonido más profundo que el camino abierto por Oval, pero en el que este era una vez más, una pata más de la cada vez más compleja y rica paleta sonora de Autechre. ‘Cipater‘, tema que abre el disco, ejerce su magnetismo como una pieza absolutamente fantástica. Partiendo de esas percusiones, poco después van añadiéndose pistas y pistas de glitch, atmósferas ambientales y secuencias de agudos cortados. Una pequeña parte que volvía a dejar claro el potencial y la creatividad después de tres obras monumentales.

Rettic AC‘, el segundo corte, empieza con ese glitch retorcido, arrugado, un cruce entre grabaciones de campo de puro ruido y por encima una capa de evocador ambient. Para ser uno de esos trabajos no tan mencionados, desde luego, el principio es sensacional. Se adentran en esa estructura mecánica que poco a poco va creciendo en complejidad, y que pasa por las obligatorias partes más angulosas como ‘Tewe‘, para volver a esa IDM marca de la casa, en la que podemos hablar de esa etiqueta como marco global, aunque dentro hay muchísimos tamices distintos. Temas más accesibles e ingenuos, como ‘Cichli‘ donde brilla esa filosofía glitch y una vez la base hiphopera entrecortada. Menos orientación del hip hop, y más estructuras puro IDM, con cada capa siguiendo su secuencias, dejando que suaves y preciosistas melodías guíen la canción en ‘Calbruc‘. O directamente esas secciones más elocuentes, sin ritmo roto ni grave potente que valga, en ‘Pule‘. En resumidas cuentas, partes propias de su ideario, y otras más comunes con efectos como los sonajeros de Aphex Twin o la IDM juguetona de µ-Ziq.

En medio de esta parte más vitalista y alegre, la más accesible del disco, pasajes más recónditos y con trazas experimentales en ‘Hub‘ o ‘Nuane‘, corte elegido para coronar el álbum, el tema más largo hasta ese momento en un LP. Una simbiosis entre la parte alienígena de Autechre, aún sin llegar a muros de sonido inexpugnables, con cacharrería analógica rota y algún sample vocal. Un cierre cubista para un disco más mecánico que los anteriores, pero con bastante melodía y con esos contrastes en muchos de sus cortes: glitch, rupturas de ritmo, pero con bellos pasajes melódicos. Vida mucho más allá del cliché de rarezas.

Entre la melodía y un glitch cada vez más prominente

LP5 (Warp, 1998), su último larga duración de la década, ya se asemeja algo más al cliché autechriano de las cacofonías y una arquitectura que puede expulsar fácilmente al oyente. Sin embargo, una vez más, en él sigue existiendo esa dualidad, tanto en el propio álbum, con sonidos vigorosos y melodía accesible, como en los propios temas, a veces construyendo bellas piezas a partir de ruidos o de secuencias que van a otro tempo, como si fuera una canción dentro de la propia canción. En cualquier caso, se trata de un disco más regio, en el que hay menos tendencia a esa parte tan accesible que había venido haciendo acto de presencia. Partiendo de los dos temas de un minuto con su experimentación, hay temas de buenos graves y constantes cortocircuitos como los de ‘777‘ y su magnetismo, o diferentes paradas por los breaks, aunque cómo no, sin ir a los patrones habituales. Ahí están esos sonidos angulosos que parecen expulsados por un tubo de PVC en ‘Under BOAC‘ o ‘Acroyearll‘, más cercana al drill ‘n’ bass, con tonalidades atípicas. Incluso para acercarse a lo que hacían otros coetáneos, buscaban siempre caminos distintos.

Autechre - Wikipedia

Con todo, ambient, glitch y conatos melódicos ahogados por la percusión, constantes en el ADN del dúo, marcan el ritmo de temas como ‘Rae‘. Después hay un puñado de temas que parecen mirar claramente al futuro propio de los productores de Rochdale. Son tres o cuatro los cortes que abren el melón sonoro de lo que será Oversteps (Warp, 2010), su gran regreso tras un buen silencio. Salvando la distancias, porque aquél es un trabajo distinto a todo lo que habían hecho hasta la fecha, el juego con melodías más luminosas como las de ‘Fold4, Wrap5‘, el clásico medio tempo IDM para disfrutar de la ambientación en ‘Corc‘ son algunos ejemplos; pero sobre todo, ‘Drane2‘. Mirando por el retrovisor, el gran anticipo de su fabuloso trabajo de 2010. Una capa fina y elocuente que resurge de entre todos los detalles que se van desprendiendo, y que va creciendo en conjunto con el resto de subcapas, algunas acelerando el tempo y dibujando loops como si fuesen otro tema. De fondo, un gran colchón ambiental de fondo que avanza lento, aunque puede ser difícil de identificar si no se escucha atentamente al haber tantos actores en juego. Fantasía pura, como la que suena en ese feedout hasta el silencio —innecesario— de diez minutos.

Uno de esos ejemplos de esa experimentación en tanto que aplican los efectos de forma inaudita, pero sobre todo con un producto final que no es esa interferencia sin sentido que no ofrece valor añadido, y que es uno de los puntos débiles de la electrónica experimental. Al menos a nivel sonoro. Después ya se podrá discurrir sobre el concepto artístico. En cualquier caso, en sendos aspectos, el sonoro y el conceptual, porque con Autechre hay mucho que rascar ahí, juegan en estas esferas como nadie. Arte retorcido, cubista, con mil capas que se van descubriendo con el paso de las escuchas, y que sobre todo no siempre se pueden acabar asumiendo, pero cuando se consigue, el disfrute es máximo. Frente a los patrones IDM con los que ya se sabía que tocando ciertas teclas había margen para el éxito, ellos siguieron explorando más allá. Cero complacencia. Producción artística en todo su esplendor.

El asalto definitivo a la experimentación

Por último, para culminar este tridente, se encuentra Confield (Warp, 2001), su primer álbum de la década, y que exhibe a unos Autechre completando ese progresivo y lento cambio hacia posiciones más complejas: sonidos angulosos y mayor experimentación. Así, también hay, de nuevo, un EP anterior que sirve de transición y que advierte de la relativa metamorfosis, EP7 (Warp, 1999). Una referencia cuya portada ya parece denotar el camino que estaban tomando los ingleses, más aristas, geometría y ritmos más abruptos, como también la portada de este álbum. Todo aspectos que brillan en casi todo su esplendor en Confield, donde los dos primeros temas, ‘VI Scose Poise‘ y ‘Cfern‘ ya suponen sonidos más áridos y opresivos, que rara vez dejan escapar algo de ambient o meldía. Si bien Autechre siempre han intentado salir por la tangente, y a pesar de sus elementos comunes con la IDM de otros congéneres, buscar su propio discurso, sin normas, Confield es el primer álbum hasta ese momento en el que se encierran tanto en sí mismos para inmiscuirse en su narrativa de una forma más extrema. Ahora sí, deformando los límites establecidos incluso por ellos mismos.

Un glitch extremista, de ruidismo y sampleos constantes, adornados de extrañas ambientaciones como rezuman ‘Parhelic Triangle‘ o ‘Bine‘. Sin duda, temas que ya dejan de ser a veces incluso consumibles por los acérrimos, levantando una barrera de difícil acceso. Y sin embargo, un paso adelante en lo artístico, degradando las normas, deconstruyendo lo poco que habían construido en cuanto a un esquema o patrón claro. Un verdadero reto para el oyente, poniéndole contra las cuerdas, plantando ante él una concatenación de ruidismo, sonidos poliédricos y atonales y deformaciones que podrían hacer plantearse hasta la misma definición de música. Una sala de máquinas emitiendo ondas sonoras en todas las direcciones sin ningún tipo de control, una suerte de rebelión analógica y digital para el nuevo milenio.

O lo que cabría esperar oír desde otras civilizaciones. Por tanto, un trabajo importante no solo por el qué, sino sobre todo por el cómo. Una exhibición de lo que Booth y Brown podían hacer. Sin embargo, durante esta década de experimentación, y también en este disco, el dúo de Rochdale también mostró también clemencia. Cómo no, en Confield, a su manera, también hay sonoridades más accesibles, incluso con algo de melodía. A modo de supervivencia, como en discos anteriores, pero de forma más intrincada. Esos puntos de oxígeno aquí son ‘Pen Expers‘ o temas tan enigmáticos como ‘Eidetic Casein‘, tejiendo una melodía metálica troceada. También hay algo más de accesibilidad en el cierre, ‘Lentic Catachresis‘, que aúna ese sonido geométrico y desacompasado hacia el final.

Otro tridente por tanto importantísimo, que culmina una década fabulosa de Autechre, sin llegar a alguna obra cumbre como su disco de debut, pero con dos muy buenos trabajos y con un tercero, el primero de la década de los 00s, en el que los dos compositores entraron en una órbita diferente para ensimismarse en sonidos hasta entonces no explorados. Una nueva perspectiva que les acompañaría durante esa primera década del nuevo milenio, en la que entonces sí se ganaron con todas las de la ley los clichés de proyecto de corte más experimental y de difícil accesibilidad, algo muy alejado de su primera década, en la que jugando con atonalidades y patrones poco comunes, jugaron en su propia liga en la IDM, el glitch y el ambient, pero de una forma mucho más inteligible. Con Oversteps marcarían otro punto de inflexión. Pero eso ya es otro capítulo. El último y más reciente, SIGN (Warp, 2020), un cruce ese LP y sutiles rescates a la estructuras sonoras de sus primeros años.

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