En el rock and roll lo que termina funcionando muchas veces es la unión de fuerzas. Es cierto que nacen grandes cosas del conflicto (que se lo digan a los Beatles), pero en la conjunción se puede encontrar una dinámica, una energía, que no tiene igual. Cuya fuerza trasciende cualquier barrera y destroza cualquier pared. Y la unión de energías no tiene que ser literal, puede ser a través de una mirada al pasado para devolver cierto vigor al presente, canalizando el poderío de los hits clásicos.

Hoy nos acordamos de las inglesas Girlschool, que entre sus mayores hitos figura -aparte de ser una de las agrupaciones formada exclusivamente por mujeres más longevas- el haber formado una sólida alianza con sus paisanos Motörhead. Supongo que ahora os podéis esperar que me ponga a argumentar que su carrera es mucho más que lo ofrecido junto al gran Lemmy Kilmister y sus secuaces -cosa que por otro lado es cierta-, pero no, desgraciadamente no he venido a eso, sino a escribir sobre un impepinable highlight.

No pienso a atreverme a reducir la carrera de las londinenses a este momento concreto, a esta electrizante actuación donde de la mano del trío también londinense se marcan una espectacular versión del ‘Please Don’t Touch’ de Johnny Kidd & the Pirates. Hacerlo sería totalmente injusto para las primeras. Simplemente detengámonos en cómo estas dos bandas casi se funden en una sola para hacer completamente suya una canción casi dos décadas anterior a ese momento. Ese momento, 1981, en el que el rock and roll vio con esplendor el nacimiento de una de sus más célebres Große Koalition.

Un riff que te recorre la médula espinal, que te fuerza a mover las caderas y rodillas de manera enfervorecida al mismo tiempo que tu cabeza headbanguea y en tu extremidad superior se forma una mano cornuda. Una complementación perfecta entre frontman y frontwoman mientras sus acompañantes terminan de redondear y pulir la pieza. Una pieza de pura pasión animal, que nos entrega un intercambio de solos de guitarra que parece un duelo de esgrima y que nos da el subidón que en esta vida nunca sobra. Me podría seguir perdiendo y soltando palabras, pero lo puedo resumir todo en una: temón, incluso aunque no sea del todo suyo (aunque la perspectiva del tiempo haya acabado haciendo que sí lo sea).

Ah, y otra cosa: Lemmy, maldito bastardo, te seguimos echando de menos.

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