Uno tiene que abrir su corazón al tysegallismo en algún punto de su existencia -habrá quien aún se resista, pero les seguimos queriendo a pesar de su falta de alma- y no tiene que ser precisamente en el mismo punto que otros abrazaron al adorable rubiales. Unos estarán dando la tabarra desde la maqueta, otros se terminaron rindiendo con Manipulator (Drag City, 2014), pero al final siempre se llega.

Si tuviera que decir el momento en el que terminé rendido a los encantos de Ty Segall, tendría que acudir a ese particular momento de especial inspiración circunscrito en el año 2012. Y más concretamente, con el lanzamiento de Slaughterhouse (In the Red, 2012), un disco de los muchos que componen su carrera en solitario pero distinto al resto, por eso terminó siendo publicado bajo el nombre de la Ty Segall Band.

Los motivos del cambio de firma parecen evidentes. Aún siendo un disco que sigue sonando a Ty Segall por los cuatro costados, los planteamientos y la finalidad son distintos. La turbiedad y siniestrez garagera llevada hasta su máximo posible, rozando con los dedos esa zona en la que Thee Oh Sees se han instalado plácidamente y, sobre todo, volviendo a dejar un repertorio de temas pop para el recuerdo y para botar bien fuerte en el pogo.

Y de entre todo ese repertorio, quizá uno de los mejores ejemplos de lo que buscaba (y lograba) Segall con este disco esté en ese inmediato paso posterior a la macabra ‘Death’. Porque se puede decir que ‘I Bought My Eyes’ suena a Ty-Segall-de-toda-la-vida-pero-más-bestia, pero en el fondo no lo es. Espíritu surfero, pero esencia rebelde y punk. Desenfreno y diversión bajo una máscara de crudeza, distorsión y contundencia. Una deliciosa hostia a mano abierta.

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