Uno de los cineastas americanos más particulares, que igual en países como el nuestro es un nombre menos reconocible, pero que ha sido influencia importantísima para grandes contemporáneos como Paul Thomas Anderson. Su perdida hace unos años es más ostensible de lo que pueda parecer, porque hay pocos directores capaces de moverse tan bien entre géneros tan distintos (la selección que sigue es buena muestra de todo lo que ha tocado) y con un toque tan humanista en su manera de narrar. Sea como fuere, es un imprescindible, y vale la pena recordarle y su peculiar trayectoria.

El eslabón del Niagara (1979)

Comenzando en los turbios mundos de las películas exploitation de Roger Corman, con resultados desiguales (aunque alguna hay digna de mención) pero que alcanzó su punto máximo con este thriller de suspense… ¿judío? Roy Scheider ofrece una interpretación protagonista memorable, además de la mejor reacción a un rodillazo en las partes nobles.

Más en esta línea: La cárcel caliente (1974).

Chicas en pie de guerra (1984)

Si ves la versión cinematográfica, te toparás con una confusa pero apañada dramedia romántica de triángulo amoroso con Goldie Hawn, Kurt Russell y Ed Harris. Si te ves el escondido (y de calidad de imagen cuestionable) montaje del director ves una estimulante película americana ochentera de un grupo de mujeres asumiendo responsabilidades laborales tras la marcha de sus maridos a la guerra y viendo cuánta gratificación y sentimientos encontrados les ofrece su nueva situación. 

La historia de cómo se lanzó finalmente una película opuesta a la que Demme tenía pensada y que había en el guion es para no creer. Ni la propia Elaine May, a quien encargaron que reescribiera la película, se podía creer que el estudio quisiera desechar la versión del director de lo buena que era y lo bien que cuenta Demme las historias de la gente en situaciones peculiares y sus conflictos emocionales (algo que le convirtió en el director favorito de Paul Thomas Anderson).

Más en esta línea: Melvin y Howard (1980) y La Boda de Rachel (2008).

Stop Making Sense (1984)

Despechado tras la mala jugarreta que le hizo el estudio con Chicas en pie de guerra, decidió unir sus talentos a los de un genio de la época: David Byrne. Stop Making Sense está ampliamente reconocido como uno de los mejores (¿el mejor?) directos de la historia, especialmente por la escenografía de Byrne y la incendiaria energía de los propios Talking Heads tocando, pero Demme propulsa un poco más su excelencia con una serie de decisiones que incrementan la intensidad del concierto. Desde el sutil y delicado inicio siguiendo a Byrne tocando solo ‘Psycho Killer’ hasta el no mostrar el público hasta el eufórico final, todas las decisiones que toma son para tomar nota para todo el que quiera filmar un concierto para su proyección.

Más en esta línea: Neil Young: Heart of Gold (2006) y Justin Timberlake + The Tennessee Kids (2016).

Algo salvaje (1986)

Si algo resalta en la época ochentera del director es su talento para hacer comedias de mucho corazón incluso con el concepto más disparatado. Aquí un ejecutivo (Jeff Daniels) ve cómo la entrada de una desconocida (Melanie Griffith) supone el giro y soplo de aire fresco que no sabía que su vida necesitaba. Fresca de inicio a fin, con instantes de patetismo bien llevados por Daniels combinados con la sensación de inquietud que aporta un jovencísimo Ray Liotta. Es, también, una muestra del talento de Demme para elegir la música en sus películas.

Más en esta línea: Casada con todos (1988) y Ricki (2015).

El Silencio de los Corderos (1991)

Aunque el nombre de Demme te pueda sonar lo justo, es imposible que no hayas oído hablar nunca de El Silencio de los Corderos, a día de hoy la mejor adaptación a la pantalla de las novelas centradas en Hannibal Lecter. Cine de terror psicológico que ha transcendido todas las fronteras y escepticismos posibles, consiguiendo hasta los premios importantes en la gala de los Oscar de aquel año: Película, dirección, guión y actores (inmaculados Jodie Foster y un Anthony Hopkins que logra proyectar su presencia incluso con su poca presencia en pantalla). Buffalo Bill puede ser uno de los aspectos que peor han envejecido de la película, aunque Ted Levine lo dé todo interpretándolo, pero no logra deslucir una de las mejores películas de todos los tiempos.

Más en esta línea: Sus capítulos de series dirigidos para The Killing (2013–2014) y Seven Seconds (2018)

Philadelphia (1993)

La controversia con su retrato de Buffalo Bill en su anterior película llevó a Demme ha luchar por una mejor representación del colectivo LGTB (imaginad a los políticamente incorrectos si uno de los mejores directores de terror de hoy día hiciera algo así). Philadelphia tuvo una importancia capital en cómo percibió la sociedad una enfermedad como el SIDA y a los homosexuales, tanto por la naturaleza del caso como el hecho de que Tom Hanks, el actor favorito de América, interpretase a un hombre gay que padecía la enfermedad. Hay ciertos aspectos que hoy día ya no se perdonarían, como la forma en la que no critica en exceso la homofobia del personaje de Denzel Washington (excelente, por cierto), pero su empatía con los personajes principales es ejemplar y muestra de lo gran director que es Demme.

Más en esta línea: Beloved (1998).

El Mensajero del Miedo (2004)

El fracaso crítico y comercial de Beloved golpeó de lleno la carrera de Demme, que nunca terminó de levantar cabeza, al menos comercialmente hablando. Su intento de volver a la relevancia vino tratando de llevar a cabo dos remakes de clásicos: uno de Charada (spoiler: salió regular) y el otro de este pepinazo de John Frankenheimer (mucho más apreciable). Demme logró dar sentido a la revisión de este thriller político de control mental, con un magnífico retrato de la paranoia y el estrés post-traumático de la Guerra del Golfo, así como de los tejemanejes de un partido político como el Partido Demócrata para manejar los hilos para los intereses del establishment.

Y si lo veis como una adaptación de la vida de Pedro Sánchez antes del acuerdo de Gobierno con Podemos la cosa crece bastante.

Más en esta línea: La verdad sobre Charlie (2002), aunque os la podéis ahorrar.