Años y años después, la descripción y uno de los mejores textos que se han hecho sobre los Pixies es el que venía en el recopilatorio Death To The Pixies (1997, 4AD). En él, Gary Smith, productor de la Purple Tape y Come on Pilgrim, además de ser su descubridor, venía a hablar con una analogía, en perspectiva, de un grupo de chavales intentando llamar la atención en medio de la calle al descubrir algo insólito, tratando de que todo el mundo lo viera, mientras la gente iba a la suya, incapaz de levantar la mirada del suelo. Una analogía para introducir el oasis que fueron los Pixies con su impresionante colección de canciones que el conjunto de Boston grabó en el período comprendido entre 1986 y 1991. Como Smith explica en el libreto, los Pixies se caracterizaron por sacar cualquier sonido excepto aquél que esperabas que sonara. Treinta años después, revisitar la discografía y leer textos como aquél siguen siendo imprescindibles para entender la importancia que tuvieron para todo lo que vendría después. Un sonido y unas composiciones que se adelantaron a su época, demasiados pasos por delante como para ser tenidos en cuenta entonces —al menos a nivel comercial o masivo, siempre hubo espacio en las radios universitarias—, en pleno apogeo de Rick Astley o Michael Jackson en el Billboard.

Hacer un top 15 de los Pixies es una tarea literalmente imposible. O más que imposible, injusta. Podríamos poner las 14 del Bossanova (4AD, 1990), o las 15 del Doolittle (4AD, 1989), o 15 del Surfer Rosa & Come on Pilgrim (4AD, 1988). Concentrarlo en estos tres álbumes o en Trompe Le Monde (4AD, 1991) es una tarea que dejará fuera temas imprescindibles, precisamente porque la colección de canciones es inapelable, un punto y aparte en el rock de los 80 para cualquier oído con un mínimo de inquietud por la historia del rock a través de las décadas. Esperemos que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho al repasar otra vez la discografía con este explosivo repertorio sobre sexo, religión, ufología, crisis climática, violencia, incestos y conspiraciones. Vamos con el asunto.

15. Bone Machine

Al igual que Surfer Rosa & Come on Pilgrim, esta pequeña aventura no se puede imaginar empezando con otra canción. La encargada de abrir el primer largo del grupo, un puesto privilegiado para presentar el ADN de la banda: bajo y batería con una sincronización melliza, instrumentos que suenan solos para su lucimiento, una guitarra afilada, los parones y el ruido repentino y un vocalista esputando sus delirantes letras y gritos a lo AC/DC. En este caso, una singular declaración de amor, a una pequeña maquinita de huesos que ha tomado el sol y se ha puesto morena. Black Francis hablando de una mujer, alabando su esqueleto y en último término su pelvis en la que le gustaría vivir para siempre. Todo un galán, incluso para hablar de sexo (con esqueletos).

14. Vamos (Surfer Rosa)

Un bote de cerveza es un buen aplique para tocar la guitarra

Estaba pensando sobreviviendo con mi sister en New Jersey / Ella me dijo que es una vida buena allá / Bien rica bien chévere .

Supongo que la primera vez que uno se topa con esto se pregunta, ¿pero qué pasa por la cabeza de este señor? Pues muchas y diferentes cosas, algunas más o menos justificables o inteligibles. Vamos, al igual que otras buenas canciones de los Pixies (de esas tantas de dos minutos) como ‘Nimrod’s Son’ y su pasodoble o ‘Break My Body‘ y su violencia sexual, habla del incesto. Una de las obsesivas perversiones de Black Francis a la hora de escribir sus temas. De todas ellas, Vamos es la que tiene el plus del spanglish. Pero no sólo eso, también esos gritos en medio de la parte rítmica instrumental que va preparando ese dulce Vamos a jugar por la playa. Un ingenuo vamos a jugar por la playa después de que el narrador cuente que va a tener hijos con su hermana. Después Joey Santiago entrará a violar los trastes de su guitarra. En directo, con lo que coja por en medio, un micro, una lata de cerveza o un llavero del Mundial ’82 si le pilla a mano. Los estragos punketas que había en el disco y que en directo son pura adrenalina. Bendita locura de canción.

13. All Over The World

Bossanova siempre se ha quedado en un segundo plano. No tanto al nivel de Trompe Le Monde, pero sí con ese aura de disco menor. Por una parte lógico después de que te suelten en la cara Surfer Rosa & Come on Pilgrim y un año más tarde Doolittle. Sin embargo, Bossanova tiene un cancionero espectacular. Una surfera colección de temas que muestran la capacidad que tenía el grupo para cambiar de registro siguiendo con sus mismos patrones. Estribillos que gritar a cara de perro, guitarras extrañas, bajos agresivos, vocales trepidantes… All Over The World está en la sección de canciones surrealistas, de letras sin mucho aparente sentido mucho más allá de las rimas. Pero también se puede construir un relato espacial, de búsquedas alienígenas fuera de la Tierra, lo que pega con algunos de los versos, vocales distorsionados en segunda línea que simulan transmisiones, la portada del disco y ese sonido marciano. Y para colmo, 29 años después, con esa parte introspectiva que huele a Ad Astra. En cualquier caso, otro rompecabezas de Francis. En lo musical, sonidos delirantes de guitarra, bañados en un aire de solemnidad, para después dar un volantazo y tirar de épica en la parte final cuando parecía que ya terminaba.

12. Here Comes Your Man

Irresistible, aunque no la tocaron durante años

Si hay otro tema además de ‘Where is My Mind?‘ que sea el que conoce todo hijo de vecino, ese es ‘Here Comes Your Man’. Se podría considerar como la otra cara de los Pixies, sin embargo, esa melodía, esa parte pop de los Beatles, siempre ha ido imbuida en el imaginario sonoro del grupo. De hecho, ese primer acorde es un calco (¿homenaje?) a ‘A Hard Day’s Night‘. Una letra tan idílica como subjetiva y fácilmente interpretable. ¿Habla de amor o está hablando de un camello, como hizo la Velvet Underground con ‘I’m Waiting for The Man?‘. Una interpretación abierta por bastantes vínculos con la vida de un vagabundo. En cualquier caso, otro doble sentido al que el vocalista no da más importancia. Se trata de una de las pocas canciones puramente pop del grupo, sin duda constituye uno de sus mayores logros, y a la vista está de que es una de las que más ha pervivido en el imaginario colectivo —a pesar del grupo, al menos cuando la compusieron—. Buen rollo, buenas vibraciones, coros para doblegar al más viril de los moteros y una ración de autoparodia en el sencillo videoclip. A ver quién se la quita de la cabeza.

11. Wave of Mutilation

Se haría raro escuchar una canción sobre mutilaciones y ultraviolencia y que no empezara con la fuerza de una maza cayendo sobre tu cabeza. La versión original de Wave of Mutilation así lo hace, y así es como debía ser. La batería de Lovering en modo de guerra, regada rápidamente por las guitarras de sus compañeros, que en apenas veinte segundos muestran qué es un himno y lo rápido que se tiene que prender la mecha. A su vez, Lovering hace redobles primitivos con la batería para imprimir más intensidad, sencilla pero efectiva. Así es como nos presentan la historia de un suicidio, una conducción bajo el mar con guiños a Charles Manson y una píldora de dos minutos a lo Hüsker Dü para arrasar con una ola de mutilación que se lo lleva todo por delante, mientras el vocalista canta plácidamente. Morir de gusto. Placentera y masocamente hablando.

10. The Happening

Este directo en Brixton Academy es LO MÁS

De todas las temáticas fascinantes que tocan el cancionero de los Pixies, sin duda una de las más llamativas es siempre la ufológica. No sólo por lo que tratan, sino por cómo lo tratan. The Happening narra una abducción en Las Vegas. Un señor conduciendo por una carretera solitaria hasta que empieza a divisar algo en el cielo, sugestionado por un programa real radiofónico que simulaba invasiones como la de Orwell. Una narrativa pegadiza de la que uno no quiere despegarse y necesita saber cada vez más, como una buena película de ciencia ficción en la que se va descubriendo el pastel. Con el cuarteto poniendo la banda sonora, es clave desde el inicio, con un sonido ciertamente marciano y ‘raro’ que se va desarrollando hasta que el rapto alienígena tiene lugar. Una guitarra cálida puntea sobre otra atmosférica, mientras que un bajo melódico y una batería básica dejan la pista de aterrizaje lista para que Black Francis acabe el relato casi en spoken word. Todo sobre unos coros extraordinarios.

9. Hey

Tras una larga ola de mutilaciones sanguinolencias, cambio climático y aparentes ingenuas declaraciones de amor, los Pixies llegan en su corte 13 del Doolittle a un momento de descanso, a un oasis que resulta ser la parte más íntima que han mostrado nunca. ‘Hey‘, fuera de la virulencia sonora de todo lo anterior, es una especie de rara avis de R’n’B pasado por su filtro en el que Francis habla también aparentemente de amor, de una simple relación de chico gusta chica, pero chica tiene novio. Sin embargo, en la lírica del grupo, al menos cuando estaban en estado de gracia, siempre se pueden escarbar varios sentidos. Mientras que la primera parte aborda esa insatisfacción de no ser correspondido, una especie de ansiedad sexual en la que se le ve más vulnerable y lucha contra sus demonios internos, en la segunda parte interpela posiblemente a la Virgen María, volviendo una vez más a cuestiones religiosas, a la vez que Francis y Deal simulan orgasmos. Pero no son sólo cuestiones religiosas, también versa sobre la sexualización de la mujer, el sexo convertido en un acto protocolario y al contrario, como acto de puro hedonismo y placer y no como necesidad de supervivencia de la especie. Parece que relacionada con sus padres. En fin, una ‘simple’ canción de desamor y otras cosas.

8. Debaser

Difícil no sacarse de la cabeza el comienzo de esto con ese melódico bajo y esa guitarra luminosa que rápidamente le contesta. Después ya agitas la cabeza y tarareas el punteo principal con un loo looo loo looo loooo. Debaser está dentro de la terna pop de Doolittle. La carta de presentación que mostraba la evolución de su segundo disco con respecto al imprescindible trabajo de 1988. El punk se había ido, o al menos eso parecía, para dar rienda suelta a un indie rock muy melódico, perfectamente producido, sin lugar para estructuras caóticas. Debaser es el orden, el paso decidido para intentar conquistar el mundo, eso sí, haciéndose servir de sonidos elocuentes y hasta entonces apenas explorados, sin alejarse de un necesario pop que ha acompañado a la banda desde siempre. Por supuesto, con el bajo matemático de Deal, el acorde mágico de Santiago y Francis con una letra surrealista que rinde homenaje al Perro Andaluz de Buñuel y Dalí y al corte del globo ocular. En ella habla de querer ser un degradador (debaser) del arte como lo era ese surrealismo. Y en cierta forma, él y lo Pixies fueron esos degradadores, y en este álbum repleto de sexo, religión, incesto, obscenidades y mutilaciones, lo demostraron.

7. Velouria

Un vídeo de mierda en protesta por no poder tocar en directo en un programa de la tele

Si cada trabajo de los bostonianos tiene un sonido, también tiene uno o varios temas clave que caracterizan el álbum. Hablar del Bossanova es hablar de Velouria, uno de los temas más célebres del grupo. Con unos acordes lentos y distorsionados que solemnemente inauguran la canción, preparando al público para que se venga arriba en cuestión de segundos cuando suena, Santiago da la bienvenida a una de esas letras de amor y surrealismo de Black Francis. Lírica poética para declaraciones idílicas de amor a una chica de Lemuria llamada Velouria, dentro de un marco que parte de mitos de una sociedad secreta de California. Versos bañados de un manto agresivo y cálido que proporciona una potente coraza sonora. Mientras que él ejecuta sus versos, Deal canta suavemente en segunda línea, dejando unos coros melódicos que casi funcionan como una capa ambiental más. Impagables esas subidas de intensidad en el segundo estribillo. Además, con algún arreglo de teclado en el tercio final hasta la fecha nada habitual en el grupo, con todos los instrumentos construyendo una atmósfera sobre la que levitas.

6. Caribou

Ella es la que abre el EP Come on Pilgrim (4AD, 1987). También uno de los máximos baluartes de los Pixies de transición; un corte con un sonido puramente ligado al rock underground de los 80. Sin embargo, en él ya empiezan a asomar la pata las características que brillarían en el disco completo (Surfer Rosa & Come on Pilgrim) y que explotarían en 1989. Unas guitarras cálidas y lentas, corrosivas, una evolución progresiva en la que las mismas se van volviendo afiladas, bañadas en una melodía que fluye como una balsa de aceite, mientras Black Francis aúlla a la vez que relata una historia de que nos sonará de algo, sobre la vida urbana y la alienación. Aunque también se ha especulado con que habla de una reencarnación animal fruto de esa frustración de vivir rodeado de cemento. Una parte u otra, la realidad es que da pie a su parte más animal, gritos por parte suya, y una tromba sonora que acaba en volandas por parte del resto del grupo, con esa atmósfera gruesa de distorsión y batería con pandereta incrustada. Pequeños trucos para dar forma a marcos sonoros inesperados. Un medio tiempo que le confiere a la canción un aire de clásico; de lo que es, una gran canción.

5. I Bleed

Dentro de las explicaciones de Gary Smith de esos sonidos que no esperarías encontrar, dentro de la ola de sanguinolencia, de los gritos repentinos, de las estructuras atípicas… En el centro de todo se encuentra una de las grandes canciones que dejó Doolittle, ‘I Bleed’. Una canción de 1989 que bien podría encajar en cualquier tema de hoy, atemporal, fuera de las composiciones de aquellos tiempos. Escrita por Francis pensando en sus estudios universitarios antes de pasarse a la música, hablando sobre la civilización actual que se ha construido sobre restos de antepasados indios, pasando capas de cemento sobre restos arqueológicos que hablan de un pasado olvidado. Palabras abstractas e inconexas salidas de la mente en aquellos tiempos en los que estaba rodeado de ese contexto.

Otra píldora de dos minutos y medio que tiene de todo, una batería lenta y lánguida que va sincronizada con un bajo con mucha personalidad que lleva la batuta en los primeros segundos hasta que entra la sinuosa y atonal guitarra principal, utilizada por Santiago aquí de múltiples formas en menos de tres minutos. Sonido delirante al principio, agresividad en los trastes en ese susurro I Bleed, y juego con los límites de la guitarra al final. No se podría entender a los Pixies sin ella ni otros factores en esta canción ni en la discografía de los Pixies, pero qué duda cabe de que gran culpa de que el grupo estuviese fuera de toda órbita es por su guitarrista principal, Joey Santiago, fuera de cualquier top de los mejores guitarristas, a pesar de haber experimentado como pocos con sonidos extraños, utilizando el instrumento como otros congéneres célebres de la década por ello: Lee Ranaldo o Thurston Moore.

4. River Euphrates

En 1988, con el lanzamiento de Surfer Rosa, los Pixies ya mostraban un estado de gracia fuera de lo común. Con un seductor talento, no es que hubieran compuesto dos o tres temas que abrían la puerta a otras formas de componer canciones desde otros puntos de vista del rock, es que prácticamente todos los cortes del lanzamiento iban por ahí. Estructuras diferentes, sonidos extraños, gritos desagradables, no de aquellos de la testosterona de los viejos rockeros… Con un arranque de batería y guitarra que parece más propio de un estribillo —de un estribillo raro—, con una pegada y un ritmo tremendamente ingenioso, bajaban al pop con ese ride, ride, ride haciendo juegos maravillosos de coros (y gritos) entre Deal y Francis para luego forzar las cuerdas vocales como si le hubieran cortado una mano. Composiciones desconcertantes escenificadas una vez más en unas coordenadas bíblicas —aquí geográficamente, sobre el río Éufrates al lado de Gaza— que entonces desencajaron a todo el mundo. Salvo a la gente que en la universidad escuchaba emisoras alternativas y flipaba. Lógicamente.

3. Gauge Away

Tuve un profesor de Historia que nos recomendaba leer la Biblia porque salía de todo: sexo, violencia, tramas, traiciones… Black Francis debió tomar nota, puesto que es lo que hay alrededor de Doolittle constantemente, y Gauge Away es su última parábola. Después de todo un disco repleto de violencia, surrealismo y amores fuera de lo común, es complicado cerrar un álbum tan potente en todos los sentidos; para muchos, su mejor disco, o al menos el más completo. Así que hicieron lo que mejor sabían, un misil de poco más de dos minutos con todos los ingredientes, un principio sobrio con el bajo y la batería, para dar paso a la guitarra ondulante de Santiago que va y viene, siempre de fondo, preparando la explosión, esta vez gradual, patrocinada por Black Francis desgañitándose. Y sí, hablando de más destrucción física, con guitarra afilada y coros de Kim Deal. Uno de los temas emblemáticos, con un estribillo infalible. Un tema que habla del orgulloso Sansón que se deja llevar por el romance con Dalila y acaba engañado mientras que los filisteos le arrancan los ojos con una cuchara. Sexo, religión y violencia: todo confluye en el fantástico final del disco. Chained to the pillars / A 3-day party / I break the walls / And kill us all with holy fingers / Gauge awaaay. Al final todos mueren.

2. Where is My Mind?

Todos juntos, lozanos y felices (con un sonido brutal)

Es curioso que La Canción de los Pixies esté inspirada en una sesión de buceo de Black Francis en el Caribe. Mirando peces. Una muestra de dónde era capaz de sacar letras, y de cómo él mismo les resta trascendencia, mientras que sus oyentes tratan de buscarle tres patas al gato. Abierta a las interpretaciones como siempre, ese dónde está mi mente lleva a reflexiones introspectivas, a explicaciones sobre alguien que ya no se siente quien era, que no se ve ni se reconoce. Quizá la parte más íntima en toda la discografía de Francis con el grupo junto a ‘Hey’. Si no fuera por esa frase, no habría muchas más interpretaciones, sin embargo, unas palabras tan simples como a la vez profundas vienen bien para cualquier momento trascendental como un final de película sobre un tipo bipolar, flotar en el espacio o bajo otro tipo de sustancias.

Lo que no es curioso es que todo el mundo conozca la posiblemente mejor canción de un grupo que durante años fue una cosa de culto. Desde el fantasmagórico coro inicial de Kim Deal hasta los acordes acústicos de Black Francis, pasando por la batería y la entrada del riff, de ESE RIFF, es una canción perfecta. Bastante simple en todo, en la guitarra acústica, en el propio riff, en la batería y en el bajo. Pero con una letra mística, inquietante —hasta que uno ve que la provocó el snorkle— y sobre todo, un riff impresionante, los Pixies compusieron un tema que trascendía además todo aquello que les hacía diferentes: gritos, incestos y violencia o el punk y lo intencionadamente destartalado del disco en el que estaba.

Sólo había un ingrediente de los que eran indispensables. El sonido de la guitarra de Santiago. Otra vez ese sonido inesperado, eléctrico y bonito; avanzando lentamente para recrearse y dejar que ese bucle te llevara a ese momento barbitúrico al que apela ese where is my mind? Uno de los más (y mejores) elegantes riffs del rock, construido sobre una nota y media, buceando entre los coros fantasmales de Deal y coronando con un solo sencillo que da la guinda a un solemne riff. Con un sonido pulcro y una producción especial de Steve Albini para tocar la perfección. Un himno atemporal.

1. Gigantic

Sin palabras

Sí, todos sabéis lo buena que es Where is My Mind? Y las veces que la habéis escuchado y reescuchado. La canción de los Pixies que todo el mundo conoce. Sin duda, una obra maestra.

Pero Gigantic ocupa un lugar especial en la discografía del combo de Boston. Dentro del primer álbum, Surfer Rosa & Come on Pilgrim, de 1987, Gigantic es una estocada mortal al rock de los 80. Si bien es cierto que aquellos años las derivaciones del punk y otras corrientes estaban dando forma a un espectro más underground sobre todo en EEUU, esta pieza se puede considerar que es la que finaliza esta transición —junto a ‘Teen Age Riot’— y la visibiliza como uno de esos temas de ese nuevo rock que da carpetazo a lo anterior para bautizar el futuro del indie rock. Un tema que está en medio de todo, del pop, del rock clásico y del underground que se estaba desarrollando en aquellos días. Su historia, un amor entre una chica blanca y un hombre negro, parece que inspirado en una película de Sissy Spacek. Siempre quedará si ese ‘gigantic’ va sobre el miembro viril de él o sobre el gran acorde del cambio de ritmo que menciona Francis en las entrevistas.

En cualquier caso, es un corte protagonizado por Kim Deal, una canción suya, que mostraba el potencial del que se podría haber aprovechado el grupo con sus composiciones y con un mayor peso vocal con ese tono delicado y áspero a la vez. No fue así, salvo en un par de temas, pero ahí queda para la historia esa línea de bajo fácilmente reconocible, acompañando a su principal voz, dejando esta vez a Francis como corista. Durante todo el trayecto, esa guitarra de Santiago punteando sin apagarse, afinando y desafinando mientras prepara la explosión que lleva en volandas el estribillo. De nuevo, para bajar luego al pop en el estribillo con la voz desnuda de Deal, y otra vuelta al estribillo que remata a todo el rock que se había venido haciendo. Una fórmula sencilla que luego utilizaron todos: el Loud Quiet Loud.

Y esto es para disfrutarlo entero. En pleno estado de gracia

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Jean Sorel
Jean Sorel
11 months ago

De las que tu has elegido 7 (Velouria, Wave a mutilation, Debasser, Hey, Gigantic, River Euphrates y Where is my Mind) entrarian en mi top 15. Me faltan: «Ed is dead», «Into the White», «Bird Bream of The Oympus mons», «Cactus», «U-Mas», «Number 13», «Alec Eiffel», «The Navajo Know» o «Palace of the Brine», «Dig For Fire» o «La LA Love You». Bien, como tu dices tienen tantats que podrían haber sido otras 15 sin bajar el listón.

Jean Sorel
Jean Sorel
11 months ago

Me parece un insulto calificar de obra menor Trompe le Monde. El Ep Common Pilgrim y sus cuatro larga duración de su época inicial rayan a gran altura todos, todos, pero si hay que destacar alguno este es sin duda, Trompe Le Monde, para mí la obra maestra suprema de su discografia.

Jean Sorel
Jean Sorel
11 months ago

Por cierto, eso de Surfer Rosa+common Pilgrim es un edición en CD de 1988, que yo tengo. El Common Pilgrim fué su EP de debut, 1987, al que siguió el LP Surfer Rosa, 1988. Ambos son vinilos independientes. Sigo a los Pixies prácticamente desde el primer dia, desde que supe de su existencia por el Ruta 66, tengo en CD y vinilo los cuatro primeros álbumes y el maxi Here Comes Your Man (1989), lamento decir que no tengo el vinilo del Common Pilgrim. Los he visto en directo varias veces, la primera en la gira del Doolittle. No existe por tanto un Common Pilgrim-Surfer Rosa edición original en vinilo.comment image

Ferraia
Reply to  Jean Sorel
11 months ago

Sí, es un CD especial, por eso hago referencia a él, cuando hice la reseña hace años fue de esa edición para meter dentro tanto el EP como el posterior disco. Por una cuestión de utilidad, vamos.

Te respondo aquí a todo, para mí Trompe Le Monde sigue siendo un trabajo bastante bueno, pero un peldaño inferior a los tres primeros, que son demasiado. Y sí, a mí me faltan un montón de canciones en el top, pero con 15 es lo que hay.

Respecto al flyer, buenísimo documento!