Cuando tenía 11 años, Linda Elizabeth Borden se decidió rebelar contra sus padres de la acomodada clase media de Detroit anunciándoles que se iba a cambiar el nombre, legalmente incluso, por el de la mujer asesina de Massachusetts que tenía una canción infantil sobre cómo, después de darle cuarenta hachazos a su padre, le dio cuarenta y uno a su madre. Con un comienzo así, era complicado imaginar que Lizzie Borden fuera a tener buen acomodo en una industria a menudo tan conservadora como la de Hollywood.

Y así fue. Como a tantas mujeres en la industria cinematográfica, Borden terminó en la «prisión de directores» en la que los cineastas terminan tras algunos fracasos comerciales (y en el que la mayor parte de mujeres han terminado tras una única oportunidad que no termina de resultar), con el añadido de que su fracaso fue una profecía autocumplida tras una producción desastrosa. Por fortuna, antes de ello tuvo la ocasión de dejar una huella en la historia con unos films independientes de cierta importancia.

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