Los 50 mejores discos internacionales de 2016

Se acaba 2016. Un año para olvidar en muchos sentidos relacionados con la música, y, con todo, otro nuevo año de discazos. Como en esta ocasión os soltamos toda la lista de un tirón, los 50 de golpe, no nos eternizaremos en la intro, que bastante curro os ponemos por delante. Con todos ustedes, queridos sordos, los 50 mejores discos internacionales según Hipersónica. Debajo del todo podéis encontrar nuestra spotilista con los temas. De aquellos discos de los que no hay canción es porque al ser inventados, no están en Spotify.

50. Datach’i — System

Los discos canónicos suelen ser un arma de doble filo, pueden ser un auténtico peñazo que no quiere salir de la zona de confort, o pueden ser auténticas perlas en las que esos rasgos se ensalzan y dan lugar a álbumes de mucha calidad. Eso es lo que ha hecho Datach’i con su retorno diez años después. Un trabajo de dieciséis temas en los que encontrar bellas construcciones de IDM, bañadas en un ambient evocador que en ocasiones es azotado con la violencia de los breaks. El productor estadounidense ha tirado de cacharros analógicos para regalarnos uno de los discos imprescindibles del género este año. Elegancia, momentos frenéticos, un poco de acid y a triunfar.

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49. Oranssi Pazuzu — Värähtelijä

Adentrarse en las profundidades de una cueva oscura, fría y hostil. Hay hasta una extraña vegetación y el ambiente parece hasta viciado. En eso podemos pensar de Värähtelijä viendo su misma portada y también cuando profundizamos en su música. El metal extremo, menos presente en este disco, se equilibra con un rock psicodélico desquiciado y da forma a una de las propuestas más estimulantes que ha dado el género este año. Pero más allá de su atrevida propuesta, los finlandeses te cautivan, te atrapan y dominan por completo la atmósfera que te rodea, atrapandote por completo.

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48. SHXCXCHCXSH — SsSsSsSsSsSsSsSsSsSsSsSsSsSsSs

De proyectos que tienen nombres tan extravagantes como SHXCXCHCXSH siempre cabe esperar grandes cosas. Y el dúo sueco es gente cumplidora. A pesar de no llegar a la altura de su largo anterior, en ese título tan molón siguen adentrándose en las cavidades que su característico sonido ofrece. A mitad de camino entre el dub y el techno, los nórdicos han elaborado canciones que te encierran en callejones sin salida, asfixiándote, a la vez que después te hacen la pelota con temas que te introducen en gloriosas dimensiones escapistas. Uno de esos discos para escuchar tranquilamente, sumergido en unos buenos auriculares y en una habitación oscura (por supuesto).

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47. Martha High — Singing for the Good Times

Las divas de la música negra han tenido tantas reencarnaciones como grupos generacionales ávidos de fiesta ha habido. Los 70 trajeron el Disco, misma década en la cual el Northern Soul tuvo su primer pico de revival, seguido por otro en los 80. Y por supuesto, el Segundo Verano del Amor, el Acid, el Hi-NRG y… Falta el anuncio: se busca diva que sepa hacernos emocionarnos con su chorro de voz. En los últimos años estas divas están volviendo sin necesidad de hacernos bailar. Regresan como los cafés ponen sus sillas más rancias y con óxido para que una generación se siente sobre ellas creyendo vivir lo auténtico. Pero vuelven, que al final es lo importante, y sin ese óxido porque tienen calidad natural. Todo esto lo resume mejor Martha High en varios de sus temas, que para ello es la experta.

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46. Naðra — Allir vegir til glötunar

A lo largo del año se ha visto, y lo hemos llegado a comentar por aquí en la página, que está irrumpiendo una escena muy potente de metal extremo procedente de la improbable (?) Islandia. Podemos hablar ya de toda una realidad que está marcando el devenir de las vertientes más pasionales y arquetípicas del black metal, siendo este primer esfuerzo de Naðra, junto el de unos Misþyrming con quienes comparten miembros, el trabajo más mayúsculo salido de esta escena hasta la fecha. Revolución poca, pero su manera de tener el corazón a punto de salir disparado por la boca en cada segundo que tocan nos ha conquistado de sobremanera.

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45. Baroness — Purple

Uno de los últimos álbumes brillantes que pudo entregarnos 2015 y que llegó demasiado tarde para todo. Salido cuando todas las listas de lo mejor del año no estaban sólo cerradas, sino que la gran mayoría ya estaban publicadas, Purple es el enésimo gol por toda la escuadra que entregan Baroness desde que debutaron hace casi diez años. Superando una tragedia de enorme magnitud y demostrando que la pura melodía llena de emoción puede ser el motor para un álbum de rock duro y progresivo en estos tiempos que corren. Su inclusión aquí no obedece al mero capricho de una pandilla de enajenados, sino que es la manera de hacer justicia con un disco que se quedó a las puertas de casi todo. De todo, menos de las puertas de nuestro corazón, que las abrieron de par en par.

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44. Taman Shud — Oracle War

“Dame veneno que me quiero morir, dame veneno” cantaban los Chunguitos y algo así es lo que nos dio tras escuchar la nueva locura de los londinenses Taman Shud. Oracle War es una montaña rusa de inside jokes, patadas en los huevos y riffs a los Black Sabbath que dibujan el viaje más divertido y lisérgico de este año codo a codo con la barrabasada de King Gizzard y sus dicharacheros amigos. Coros eclesiásticos, gruñidos salidos de simas abisales y hasta blast-beats, Taman Shud meten en la batidora todo lo que tienen a su alcance para ofrecernos un disco que es al Rock Psicodélico lo que las hamburguesas grasientas a la comida basura. Y lo mejor de todo es que Oracle War no engorda sino todo lo contrario. Eso sí, tened cuidado, engancha y mucho.

43. The Goon Sax — Up to Anything

“I can’t work, I can’t work this sadness out”. Si hubiera que definir el espíritu lírico del Indie Pop, podríamos utilizar sin duda la primera frase del primer estribillo de The Goon Sax, un grupo que parece extraído de laboratorio para resumir todas las virtudes, emocionales y sonoras, de la Australia celestial que ha producido (lo decimos) en cinco años más grandiosos grupos que todas las islas británicas en dos décadas. The Goon Sax es uno de ellos: insultantemente joven, elementales en su arco temático (“Susan, please, talk to me, I don’t want you to leave”), escucharle es aproximarse a la proto-juventud de cada uno, un espejo en el que se reflejan las ansiedades personales y las deudas históricas, pero también la nostalgia por una época triste pero feliz, feliz pero triste.

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42. Subrosa — For This We Fought the Battle of Ages

Que el nuevo trabajo de SubRosa haya convencido de manera notable hasta a los sectores menos metálicos de la redacción de Hipersónica no es un hecho que deba sorprender. Su doom metal es potente e inmenso, pero cargado de emoción y hasta cierta belleza. Con un uso de los instrumentos de viento que conecta con el sonido de Godspeed You! Black Emperor y que se solidifica como una propuesta fascinante que nadie debería perderse, aunque el metal no sea lo suyo.

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41. Norwell — Grasslands

Este año hemos escuchado muy buenos trabajos hechos con cacharrería analógica, y el resultado de la mayoría de los que hemos hablado durante el curso queda patente. El del húngaro Norwell es uno de ellos. El suyo es un álbum absolutamente disfrutable. Con un sonido que parece salido de Border Community, está repleto de matices que descubrir en cada nueva escucha. Progresiones con bases cada vez más ricas y con más texturas, evocaciones cósmicas, beats metálicos y un fantástico sentido de la melodía.

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40. Twin Peaks — Down in Heaven

Los Stones soñaban con emular a Jimmy Reed o Muddy Waters en los 60, David Mancuso soñaba reformular ritmos latinos en los 70, Prince en los 80 quería ser un nuevo James Brown, Albarn en los 90 llevó mal lo de no ser Ray Davies o Bowie por más que lo intentó. A los padres se les quiere, se les adora, hasta que llega un momento de coger el petate y creerse mayor. Twin Peaks sueñan con los Stones a todo color de la misma forma, tanto que hasta la réplica por momentos se convierte en sonrojante. Pero aquí quedan temazos que podrían firmar los mejores Stones pre Some Girls (1978). Y eso no se consigue así de fácil.
 
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39. Roly Porter — The Third Law

Poco más se puede decir que no hayamos dicho en esta casa ya de Roly Porter, cada producción suya cae en nosotros como agua de mayo. Su interpretación del dark ambient, oscuro, corpulento, excesivamente agresivo, es una de las cosas más interesantes de la electrónica de los últimos años. Escuchar sus discos es como estar en el ojo de un huracán, te cogen y te empiezan a zarandear sin parar hasta el final. Ahora sólo hay que extrapolar eso a las turbulencias de una misión espacial, con momentos turbios a lo Gravity, para saber de qué va The Third Law. Una epopeya de disco. De lo mejor de este año, claro.

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38. Frankie Cosmos — Next Thing

Entre tanta propuesta de almibaradas intenciones, un freno: Frankie Cosmos. La simplicidad de la música, un año después de su precioso debut en estudio, elevada a la máxima potencia. Cosmos entiende el Twee Pop al uso de los grupos originales de antaño: una exploración estética y emocional de los temas tradicionales del pop pero con las limitadas herramientas, casi artesanales, de vivir entre sellos de juguete. Ternura juvenil, ansiedad post-adolescente y un minuto y medio por canción. Es un disco tan fácil, hecho con tanto amor y plagado de tantos aciertos melódicos que resulta imposible no rendirse a él.

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37. Ólafur Arnalds — Island Songs

Que Arnalds colase un disco entre los mejores del año era mera cuestión de estadística. Va sacando como quinientos al mes, y alguno tenía que colar. Hemos elegido Island Songs por dos motivos: la democracia no funciona y, además, es bien bonico. Por otra parte, es uno de esos trabajos que tan bien le vienen a Dr. Chou para contarnos las mierdas esas de sus primeros párrafos que no importan a nadie. Neoclásica islandesa para enamorar almas y elevarlas al firmamento. Acompañarse de otros artistas de tu país, mochila en mano (que Ólafur de mochilero nada, pero esa era la intención) y dejarse llevar por una falsa capacidad de improvisación. De todas las historias que nos viene contando en los últimos años, ésta ha sido nuestra preferida.

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36. Black Bombaim & Peter Brötzmann — Black Bombaim & Peter Brötzmann

Uno de los saxofonistas más respetados de este siglo, alemán loco con más de 100 colaboraciones en su haber, se va a casa de unos portugueses psicodélicos, muy amigos de las colaboraciones, y les da por grabar un disco juntos. El resultado no te sorprenderá: líneas esquizoides — la referencia a King Crimson es intencional — sobre ese rock marciano difícil de explicar y más de encontrar. Caos de barrio obrero. Que King Gizzard esté tan arriba de la tabla es una mera cuestión de protocolo: éstos son los tipos que hay que escuchar cuando el camello llame a la puerta.

35. PJ Harvey — The Hope Six Demolition Project

Hipersónica es un sitio en el que las celebridades casi nunca encuentran un espacio de confort, ya que somos muy de cansarnos pronto y de odiar. Incluso de odiar a los que un año antes nos hemos inventado y amábamos entonces. De hecho, es a esos a quienes más odiamos. Pero con Polly Jean la cosa cambia. Aquí entra la diosa, nos ponemos en pie, rezamos lo que nos indique, esté inspirado en Washington o en Kosovo, y decímos sí a todo. Por conseguir, Harvey incluso consiguió en su día que montásemos una barra de bar en la que, por fin, no poníamos a parir al disco en cuestión. Hazaña al alcance de casi nadie [nota de Black: salvo Mastodon]. Pero llega ella, esa celebridad a la que casi siempre nos apetece crujir, y lo consigue, con el añadido de tooooooodo el tiempo que llevábamos esperando el disco. El hype que se justifica solo.

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34. Emma Ruth Rundle — Marked for Death

Una de las cosas que definen a los discos que acaban colándose en la lista es que son “de consenso”. Nos pasamos el año buscando discos así y, al final, son todos mentira. Pero con Emma Ruth Rundle hemos conseguido más unanimidad que con cualquier otra cosa que haya debatido el PSOE este año. Básicamente, la amamos todos menos mohorte, al que hay que querer, porque está feo hablar mal de los discapacitados. Y lo hacemos por la enorme fuerza de las guitarras de ‘Protection’ o la oscuridad de ‘Furious Angel’. Uno de los mejores discos del rock de autor (o whatever) de este año, que se ha colado por aquí a última hora, sin llamar a la puerta, echándola directamente abajo.

Más en Hipersónica | Al cobijo de Emma Ruth Rundle, al cobijo de ‘Protection’

33. Kendrick Lamar — untitled unmastered

¿En cuántos créditos figura Kendrick Lamar en este 2016? Hagamos recuento: en el remix de ‘Ain’t That Funkin’ Kinda Hard on You?’ de Funkadelic, en el ‘Major Key’ de Dj Khaled, en ‘This is Acting’, con Sia, el ‘Lemonade’ de Beyoncé, el ‘Atrocity Exhibition’ de Danny Brown, el ‘Son of a Pimp, Pt. 2’ de Mistah F.A.B., con Maroon 5 en su nuevo tema ‘Don’t Wanna Know’, dentro del impresionante álbum ‘Birds in the Trap Sing McKnight’, del rapero Travis Scott y, cómo no, en el The Life of Pablo de Kanye West. Es decir: ha estado en todos tus discos favoritos y, mientras, ha escrito una obra “menor” para satisfacer a fans, un juguete grabado a ocho meses de su cénit discográfico que crece y muta de dimensión con cada escucha. Una producción de rap con alma de mixtape para medio-esconder, sin dar explicaciones, todo ese espíritu disruptivo que es ya historia de la música contemporánea.

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32. Ryley Walker — Golden Sings That Have Been Sung

A Ryley Walker el Jazz se le escapaba a borbotones por los poros de la piel, y se decantaba de forma suave y elegante en paisajes Folk deudores de aquellos primeros tótems post-Woodstock. En su evidencia, Walker, un año después, no se ha permitido el lujo de redundar en las fórmulas creativas ya exploradas. Golden Sings That Have Been Sung se inicia de forma deliciosa con un prodigio compositivo de ‘The Halwift in Me’, una de las canciones Folk más ricas en arreglos e ideas del último lustro, para posteriormente dedicarse a pasear por los aspectos más oscurecidos de su música. También por los más luminosos. Si hay cierta sensación de complejidad, de salto-hacia-adelante en este disco, es porque Walker se ha querido perfeccionar hasta el punto de la suculencia. Con éxito. Golden Sings That Have Been Sung es una exquisitez.

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31. Colin Stetson — Sorrow

En medio de la orgía de propuestas que tienen cabida en el excel en el que dirimimos los afortunados a la hora de entrar en nuestra lista con lo mejor del año, uno de los editores que escribe en Hipersónica pero en realidad nunca escribe (hasta ahí podríamos ser casi todos), se trajo una reinterpretación de la 3ª sinfonía de Górecki. Así que dijimos, ¿por qué no? y, además de escucharlo, nos hemos convertido en señores que aman a Colin Stetson (colaborador de Arcade Fire, BADBADNOTGOOD, Tom Waits, Animal Collective, Feist, blablablabla) por cómo ha conseguido ir caminando entre la neoclásica, el post rock en tres temas absolutamente megalíticos. La pregunta sería si la copia mejora al original, para acabar de ponerlo cerca del Top 30, pero… ¿quién coño se ha escuchado la 3ª sinfonía de Górecki para responderla?

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30. Paul Jebanasam — Continuum

Hipersónica tiene estas cosas, prog polaco, post-punk de Kiribati y drone de Sri Lanka. El de Jebanasam es un disco tan soberbio que quedarse fuera hubiera significado fustigamiento comunal. Sólo nos presenta tres canciones con una media de más de diez minutos, pero joder, qué canciones. La forma más útil y acertada de hacer avanzar los géneros y crear nuevos ha sido la de cruzarlos, y este álbum incluye en él drone, ambient e incluso glitch. No es en absoluto una propuesta innovadora, pero su forma de ejecutar los tres estilos, de embotellarlos en cada uno de los temas con esa fiereza y esos cambios, ha dado como resultado una cosa bárbara. Un LP que no puedes dejar de escuchar, cuidado con darle mucho volumen. Una pasada que a veces se va tan de madre que no puedes dejar el bucle.

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29. Koi Child — Koi Child

Lo de estos australianos tiene mérito se mire por dónde se mire. Un grupo formado por una banda al completo, sección de vientos incluida; con querencia por los pasajes jazzeros y un productor de conocidas tendencias psicodélicas se cuela con estos mimbres entre lo mejor del año en la categoría de hip hop. Sólo un debut redondo repleto de joyas podría haberlo conseguido. Y ese es el caso de perlas como ‘Black Panda’, ‘1–5–9’ o ‘Touch ‘Em’, temas incontestables, elegantes y callejeros a la vez, y que no podrás olvidar desde la primera escucha.

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28. Ash Borer — The Irrepassable Gate

Han llegado casi sobre la bocina, pero lo han logrado. Al que cerrase su lista de lo mejor del año antes de diciembre debería estar dándose cabezazos contra la pared ahora mismo, por haber dejado una maravilla como The Irrepassable Gate fuera. La confirmación definitiva de una banda cuyos músicos no paran de brindar esfuerzos monstruosos para el black metal norteamericano y que aquí se elevan a la categoría de esenciales. Ash Borer saben sonar celestiales hasta recubiertos por una mugrienta capa lo-fi y su nivel compositivo es de absoluta locura. Lo complicado era no meterlos en la lista.

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27. Danny Brown — Atrocity Exhibition

Atrocity Exhibition empieza vacilante, con una base que recuerda al bluegrass y el MC volando libre y soltando rimas casi al completo margen de lo que sucede a su alrededor. Y Funciona. Danny Brown realiza un continuo juego de espejos y reflejos distorsionados a los que su explosiva y creativa métrica logra disfrazar de una bomba a punto de estallar. Su extraordinario flow termina de hacer de este uno de los discos más estimulantes y divertidos del Hip Hop en 2016. Es más, hay pocos discos que encadenen un tramo de canciones tan espectacular y brillante como el que va desde ‘Ain’t It Funny’ hasta ‘Dance In The Water’. Brown te hace de trilero mientras te mira fijamente a los ojos, te esconde la pelotita a poco que pestañees y logra que te lo pases en grande aunque no hayas acertado donde está. Es el amo.

26. Entropia — Ufonaut

El postulado inicial de Entropia despeja todas las dudas: “en contra de todos aquellos que juzguen imposible la conjunción del Black Metal y la psicodelia”. Su aproximación preñada de lisergia al Metal extremo no está exenta de la habitual crudeza y voracidad compositiva del género, pero se adereza de chorros de Fuzz (están ahí, debajo de todo ese ruido) y de juegos de guitarras que resultan muy brillantes cuando se salen del elementalismo. Entropia consiguen que la fórmula crezca y se acomode en el oído en un disco de considerable longitud. Y lo que es más importante: lo hacen sin repeticiones y desarrollando paisajes amorfos y oníricos, perturbadores en su colorida oscuridad. Todo un acierto.

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25. The Blue Rider — Year of the Horse

No puede faltar la cuota reglamentaria garagera/psicodélica de raca-raca en una lista de Hipersónica. Ni siquiera en un año donde Ty Segall ha llegado a decepcionarnos y bandas como Night Beats se han quedado a medio gas. No ha tenido que venir la enésima promesa de California a salvar el panorama, sino que han tenido que llegar desde Denver, Colorado, preparados para contagiarnos su endiablado ritmo lisérgico. Caderas volando por los aires, guitarras incendiadas, reverb y fuzz por doquier. Un buen puñado de canciones divertidas, todo bien agitado, y ya tienes ganada a más de media redacción. Sobra decirlo, The Blue Rider lo consiguen con creces.

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24. Case/Lang/Veirs — Case/Lang/Veirs

Melancólico, emotivo, elegante, este Case/Lang/Veirs es uno de esos discos con los que uno se casaría de poder hacerlo a la usanza de los patricios romanos. Más de uno se habrá acercado al álbum única y exclusivamente por la presencia de nuestra amiga Neko K Ase, pero eso es un error de bulto, pues aquí la verdadera estrella es K.D. Lang y su garganta de aspecto rudo pero color embriagador, de impronta cuasivaronil pero con una sensibilidad inalcanzable para miles de artistas que nacen en el Country pero acaban devoradas por la radiofórmula. Aquí no vais a encontrar hits, ni jaranas, ni apuestas de plástico y carmín, Case/Lang/Veirs es un disco auténtico que te habla desde la soledad de la carretera perdida en el bosque, desde el abrigo de la esquina al lado del baño en un bar de mala muerte, es un disco de olor dulce pero regusto amargo, como ese café recién hecho que sabes que te ayudará a hacer más llevadera la mañana. Ha pasado desapercibido, claro, pero en esta casa no somos de alabar lo evidente.

23. Blood Orange — Freetown Sound

“Una parte de mí está fingiendo, fingiendo todo solo por diversión. Una parte de mí está rompiéndose, rompiéndose cuando tú vienes”. A lo que Dev Hynes pregunta: “¿Seguro que quieres esto? No puedo ser el único”. Y claro, a estas alturas es difícil pedirle a Hynes que sea el único, porque hace un tiempo que entró en la liga de los grandes facilitadores de la libido y eso implica que su Freetown Sound se haya convertido en banda sonora de nuevos vástagos (como ya fuese su Cupid Deluxe en 2013). Haynes comparte cama con Hayes, Prince, White o Rick James. Es una cama en forma de corazón, con sábanas de rojo brillante, mucha purpurina y raso en el interior. Es una cama que empieza con el poema de Ashlee Haze para Missy Elliott loando su labor a favor de la mujer y otro concepto de persona y belleza. Es una cama donde te quedas a dormir, te hacen una familia y Haynes te vuelve a preguntar al final: ¿Seguro que quieres esto? Sí, y no finjas.

22. Tim Hecker — Love Streams

Hablar de Tim Hecker es hablar de una de las piezas indispensables del ambient contemporáneo. Llevamos más de diez años disfrutando de sus devaneos drone, ambient y flirteos neoclásicos, siempre intentando ofrecer nuevos moldes sonoros en sus discos. Y este Love Streams no ha sido menos. De la mano de colegas como Jóhan Johansonn y Ben Frost, ha rescatado la música sacra del siglo XV y XVI para darle forma en pleno 2016 con esos recursos que tanto le caracterizan: gran instrumentación, bellos arpegios, momentos ambientales de gran intensidad, arreglos glitch y una gran cantidad de detalles y texturas que apreciar mientras se difuminan en las secciones vocales, esta vez humanas. Un trabajo abrumador digno de un genio, porque qué duda cabe que después de sacar una obra casi maestra como Virgins, volver con un disco de esta entidad está al alcance de pocos; una muestra del talento que Hecker rezuma y de por qué está a la vanguardia de la electrónica internacional. Un disco imprescindible de este curso.

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21. Niechęć — Niechęć

Entender el talento de Niechęć posiblemente requiera de más de una escucha superficial, dictamen que impone el ritmo frenético de nuestros días, y llegar, al menos, hasta la recta final, encendida en saxos y sintetizadores, de Rajza. Si el Jazz existe aquí, en su segundo álbum surgido de ideas preconcebidas en la creación del primero, es sólo como mera excusa vehicular: Niechęć están más interesados en la fusión de elementos sonoros que a priori no deberían casar tanto entre sí y en el desarrollo de paisajes que suman elegancia, oscuridad, pulso magnético y espíritu narrativo. Porque hay hilo conductor dentro de la maraña de instrumentalismo en la que se envuelven de forma tan, tan brillante.

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20. Mizmor (מזמור) — Yodh

Es complicado vender en esta casa a un grupo de drone doom cuyo nombre, encima, está escrito en hebreo. Pero una vez se abre la puerta para gente que se hace llamar SHXCXCHCXSH, esa puerta ya no se puede volver a cerrar. Más allá de la coña del nombre, Mizmor ha firmado un disco que no sólo sobrepasa cualquier estándar imaginable para un disco de sludge doom, sino que apisona de manera inmisericorde el espíritu de cualquiera que ose adentrarse en sus fauces. Inmenso es poco. Se ha pasado el metal extremo.

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19. Innercity Ensemble — III

Antes un proyecto que un grupo, antes la suma de varias mentes creativas inquietas y abrumadoramente ricas que el producto de un sosegado planteamiento compositivo, Innercity Ensemble han aparecido en la recta final del año para, como siempre de la mano de Instant Classic, el aquí y ahora de la escena vanguardista europea, publicar un disco sensacional. Hay tribalismo, referencias al folclore tradicional eslavo y un menor peso de la improvisación a las seis cuerdas. Innercity Ensemble han redoblado la dosis de lisergia y se han dejado, sólo un poco, en el apartado del Jazz experimental, pero han vuelto a cuadrar no un disco, sino una experiencia de obligado cumplimiento.

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18. Schammasch — Triangle

Acicalado con esmoquin, chistera y monóculo, el Black Metal ha escrito este 2016 una de las páginas más brillantes de su historia de forma inesperada y utilizando métodos que hasta ahora parecían vedados para él. Y lo ha hecho en conjunción con el Avant-Garde como tradicional vehículo de experimentación pero sin que lo propuesto por los suizos Schammasch suene a algo ya escuchado con anterioridad. Lo narrado en Triangle abruma como lo hacen todas las obras que marcan un antes y un después rompiendo tópicos y construyendo un horizonte que marca una dirección pero no deja siquiera imaginar cuál será el final del viaje. El aplauso a Triangle ha sido unánime en el reino de los sordos y los tiquismiquis, uníos a la secta de los que, desde el Metal Extremo, miramos al resto por encima del hombro.

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17. Woods — City Sun Eater in the River of Light

Mirar al sol y no quedarse ciego, que diría aquel. Woods acumulan años y discos como quien cuenta los días del calendario, con parsimonia pero con una efervescente sensación de devorar la vida a bocados, como si se tratara de un pastel. Parecía que iba a caer algo más de Funk y un poquito más de referencias africanas, y han caído, pero al final el enamoramiento ha venido por los mismos derroteros de siempre: ‘Politics of Free’, ‘Hollow Home’ o ‘Hang It on Your Wall’, ese género en sí mismo en el que se han convertido y que se llama “estoy feliz pero estoy triste pero estoy feliz y qué es toda esta luminosa melancolía”. Cuando se creen los premios a la infalibilidad, que aparezcan ellos primeros.

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16. Parquet Courts — Human Performance

Parecía incierta la trayectoria de Parquet Courts tras dos (¿tres?) lanzamientos donde los resbalones contaban con la misma intensidad que los soberbios aciertos, cada día más orientados hacia la inmortalidad de Pavement. Human Performance es la definición de aquel grupo que caminaba hacia la duda. Y es por eso mismo un disco soberbio: aúna el habitual amor por el feísmo Indie Rock del grupo, demasiado idiosincrásico para adaptarse a los convencionalismos del género, y un abanico de homenajes y referencias (desde Television en “One Man No City” hasta ¡Wilco! en “Keep It Even”), pasando por el marchamo de clase habitual de “Berlin Got Blurry”. Hoy por hoy, un grupo esencial, indispensable.

15. Kevin Morby — Singing Saw

Es probable que no lo supieseis, pero hace poco se murió Leonard Cohen. Lenny era uno de esos grandes escritores de canciones, a quien muchos echaron de menos en las quinielas que, finalmente, situaron a otro dios de esto en el Premio Nobel: Bob Dylan. Diríamos que 2016 fue sin duda el año de Dylan de no ser porque 2016 será recordado por… bueno, ya sabéis. Y entre los hijos artísticos que le han ido saliendo a Dylan, entre los más destacados está Kevin Morby, y este trabajo que es una auténtica maravilla de folk-pop-rock. Seguramente el más logrado dentro de esa etiqueta en el presente año. Singing Saw mete en una coctelera a los ya mencionados y a otros (Bon Iver, Cat Power) y te regala un brebaje digno de los paladares más sibaritas. ‘I Have Been to the Mountain’ o ‘Dorothy’, entre las delicias más enormes del año que termina.

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14. St. Paul & The Broken Bones — Sea of Noise

Los incendios personales, las dudas frente a todo lo aprendido y vivido, esa decisión de qué cojones he hecho, hago y haré en un futuro. Tirar un mundo personal abajo, replantearse todo y… seguir sin saber nada. Esa es la vida, la vida sin ninguna muleta llamada dios o cualquier soporte que sirva para tirar para arriba sin antes pensar que sí, que todo lo que hay alrededor puede ser una mierda, que somos débiles. En su segundo álbum St. Paul & The Broken Bones hacen una fogata, queman todo lo que tienen, y de repente, se muestran más fuertes aún dudando más, aún no sabiendo por dónde vendrá el siguiente golpe. Pero su Roma está ardiendo, solo que la ven desde fuera y sonríen.

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13. Kaytranada — 99.9%

¿Cuál es el disco de esta última nueva generación de R&B? De los cientos que salen cada año hay muy pocos que intenten dar ese paso más allá que un género tan interesante como este pide. Aquí entra todo, no hay purismos, no hay snobismo de esto sí, esto no. Partimos del punto que directamente nos cargamos la barrera mediática que tanto aprisiona a otros estilos y crea sus clanes integristas — con sus claras excepciones, por supuesto, pero tontos en todos los lados — . Rihanna es tan buena como Kaytranada, y viceversa. La diferencia es que cada uno cumple un papel distinto. Kaytranada y similares se dedican a seguir probando nuevos sonidos, a adueñarse de todo lo que pasa por su puerta como debe de hacer el R&B y traducirlo en un disco generacional como 99,9%, que resume las miles de horas actuales de este género. Y luego llegará la Rihanna de turno, con su Stargate o Nash como productores y traducirán lo que hay aquí, pero a nivel masivo, a un ‘Diamonds’ que vuelva a romper y deje espacio para seguir de nuevo con la rueda desde cero, hasta la siguiente.

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12. Beyoncé — Lemonade

Después de aquella jugada en forma de admirable disco homónimo con la que demostró que todas las reglas de la industria están mal, no estaba claro cuál era el siguiente paso para Beyoncé. Ni como personaje esencial de la cultura popular de este siglo, donde su incuestionable reinado le deja por otra parte poco margen de evolución, ni en el ámbito musical, donde parecía que había alcanzado la máxima cota de sofisticación de la que era capaz su propuesta. Error. De nuevo con un lanzamiento peculiar, de nuevo sin singles evidentes, de nuevo añadiendo una capa de complejidad a su universo sonoro y ahora ya rozando la perfección a nivel vocal, Lemonade es el disco que sitúa a Beyoncé en un estatus que los demás sólo sueñan. Rihanna casi tiene que pedir perdón por presentar un disco como dios manda por primera vez en su vida; ella consigue que nosotros nos muramos por escuchar algo que sólo está en TIDAL. Ése es el nivel.

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11. David Bowie — Blackstar

A decir verdad, dan ganas de decir que menuda mierda 2016 por todo lo que hemos perdido. Pero ay, cuando vemos esos últimos regalos de esos que nos han dejado ya no es posible enfadarse. Bowie se marchó a la altura de su leyenda, firmando un álbum transgresor para su propia carrera, premonitorio de su muerte al producirse pocos días después de ser publicado. El genio británico se marchó mirándose al espejo y autoconvencido de que aún podía dejar asombrado al mundo una última vez con un nuevo disfraz, uno que no fuera para todo el mundo y que fuera un reto hasta para el que se conoce su discografía al dedillo. Y lo logró, claro.

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10. Yussef Kamaal — Black Focus

El jazz de estudio es música muerta. Se supone que al jazz llegas con ansia liberadora, cuando las músicas fundamentadas en esquema narrativo clásico se te han pegado como una pintura tóxica y no te dejan respirar. El jazz es eso: déjame en paz, ya estudié 12 años de academia, preferiría hacer ruido. No digo esto por ese viejo adagio de “Kind of Blue se grabó en dos tandas, prácticamente improvisado”, porque Black Focus, a su manera, suena más a un Herbie Hancock con pocas ganas de riesgo. Digo esto porque lo que hacen los ingleses Yussef Dayes y Kamaal Williams, batería y piano respectivamente, es una vuelta a los principios genealógicos del jazz: ser libre. Hay esquemas, claro, pero son un andamiaje invisible para construir todo lo demás. Una mezcla rara entre el último Monk, ese trip-downtempo-hop de finales de siglo tan de periferia británica, y el rigor del que sabe que sólo se debe a un dios: la música.

9. Ital Tek — Hollowed

Ital Tek podría haber seguido su discurso sonoro tranquilamente, le funcionaba bastante bien y sus trabajos tenían una regularidad bastante notable. Sin embargo, la diferencia entre quienes se conforman con ese camino fácil y quienes tienen otras ambiciones es la que hace que salgan giros de guión inesperados que dejan a todos sorprendidos. Esto es lo que nos ha pasado con Hollowed, un álbum en el que rescata sus raíces IDM y en el que explota las atmósferas más acongojantes, esas que aumentan exponencialmente su potencia con progresiones propias de gente como Porter y que nos traen a un nuevo Ital Tek. Al Ital Tek más ambicioso, inconformista, dando un giro de guión con un disco completísimo en el que toca casi todos los palos que ha venido poniendo en práctica estos últimos años y ante el que no hay más que quitarse el sombrero. Ha apostado fuerte y le ha salido genial. Bravísimo.

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8. Inter Arma — Paradise Gallows

El disco que se pondrán los monstruos marinos el día que decidan invadir Polonia. Grupos como Inter Arma son imprescindibles e ineludibles para que el metal extremo siga expandiendo sus propios límites y pueda establecer puentes con estilos alejados del mismo. Podríamos hablar de cómo superarse después de haber rozado la estratosfera anteriormente, pero Paradise Gallows más bien confirma lo que todos suponíamos: Inter Arma son una banda del copón. Llenar tu disco de temas de diez minutos y que no se haga pesado tiene meritazo enorme, más aún meter solos de guitarra de puro rock sureño en un disco de metal pesado y extremo sin ruborizarse ni salir perjudicado en el proceso.

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7. Daughter — Not to Disappear

En Hipersónica tenemos corazón, y sabemos estar a la altura, reconocer nuestros errores. En realidad no mucho, pero es algo que hemos aprendido a decir con cierta soltura en el programa de los doce pasos de Haters Anónimos. En este caso, tras un debut que nos dejó un pelín indiferentes, entre un relativo hype generalizado, el lobby triste en la oficina ha acabado por conquistar al resto en lo que al amor por Daughter se refiere. Not to Disappear da motivos más que de sobra para ese enamoramiento. Elena Tonra y compañía alcanza unas cotas de inspiración tales en este trabajo, que no sería nada exagerado decir que Daugther ha alcanzado en Not to Disappear el nivel de los mejores Beach House o The XX. Y, quizás, incluso lo hayan superado. Por aquello de dar todavía más razones para arrodillarse ante ellos, conviene repasar la belleza de los vídeos que, vestido rojo en mano, acompañan a temazos tan bárbaros como ‘Doing the Right Thing’ o ‘Numbers’.

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6. Skepta — Konnichiwa

“Qué es el flow” nos preguntas mientras destrozas la sala con la bomba de ‘Lyrics’, mirándonos fijamente con el ceño fruncido. “Qué es el flow” nos preguntas mientras sacas un disco que el mismísimo El-P habría adorado producir, o incluso sacar con sus Run the Jewels. “Qué es el flow” nos preguntas mientras consigues colarte en la escena hip hop y entre lo mejor del año sin tener a Kendrick Lamar, Kanye West o Anderson .Paak colaborando en tu disco. “Qué es el flow” nos preguntas mientras te la sacas con un pepinazo como ‘Crime Riddim’, sampleas con gracia a Queens of the Stone Age en ‘Man (Gang)’ o conviertes a Pharrell Williams en un putoamo (!) en ‘Numbers’. “Qué es el flow” nos preguntas mientras haces el mono con el micro-fono y funciona tu empresa. ¡Y tú nos lo preguntas! El flow eres tú, Skepta.

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5. Kiran Leonard — Grapefruit

Resulta maravilloso que Kiran Leonard se haya plantado aquí cuando su disco, Grapefruit, el primero que ha logrado escapar a las limitaciones naturales del cuarto de su habitación, tenga tantos y tantos errores. Pero en este ejercicio de prueba y error excesivo y melodramático al que Leonard se ha sometido, hay momentos que lo colocan en un escalafón totalmente desligado del resto de compañeros generacionales. A Leonard no le caben simetrías ni paralelismos: se ha inventado un juego nuevo donde cada referencia, a modo de esquema piramidal, desarrolla veinte más. Hay tanta demencia como ideas brillantísimas, de una audacia radical. Da miedo asomarse a su futuro. Miedo y felicidad.

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4. Car Seat Headrest — Teens of Denial

“El disco de Car Seat Headrest es una mierda”. Esto es lo que se dijo probertoj a sí mismo (la única persona con la que de verdad le importaba compartir su opinión sobre música) el primer día en que lo escuchó. Por supuesto, estaba sordo y pronto empezaron a agarrarle por el cuello las canciones. ¿Cuál fue la primera? Quizás ‘Drunk Drivers/Killer Whales’, épica pop envuelta en un puntito de angst juvenil. Después, me temo, llegó cualquiera de las otras: donde se parecían a Pavement, donde les poseía Patrick Stickles, donde se vestían de noise-pop o donde, yo qué sé, resumían 2016 en una balada al Costa Concordia. probertoj, ese estúpido zoquete, acabó rendido, de rodillas, dando las gracias por haber descubierto un nuevo disco de su vida.

Moraleja: Qué putos amos los putos amos y qué sordos los sordos.

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3. Jeff Rosenstock — Worry

Con 35 años y más de diez de carrera musical a sus espaldas, Jeff Rosenstock entendió que el único modo de componer consistía en hacerlo como si cada día, como si cada canción, fuera la última de su vida. Y por ahí camina WORRY, una metáfora del amor plagada de desamparo y desconsuelo en un periodo de incertidumbre económica y desesperación generacional. “Love is worry”, canta al final de las diecisiete exhaustas canciones incluidas en este maravilloso disco, unos Campesinos! al final de su madurez, un Jeff Mangum filtrado por el punk de Patrick Stickles, un dejarse el corazón al borde de la garganta cada vez que se acerca el micrófono. Épica derrotista y conceptualismo barato. ¿Qué más necesitas para enamorarte?

2. King Gizzard and the Lizard Wizard — Nonagon Infinity

Posiblemente abrumados por su incandescente llama creativa, King Gizzard and the Lizard Wizard se plantearon lo imposible: crear un disco infinito, cuyas resonancias sonoras jamás terminaran. Aquel fin incierto era de posibilidades físicas limitadas: ¿cómo logra uno que su disco no tenga un inicio y un final, cuando está obligado a ello? Creando el loop infinito: un disco que no lo es tal, sino una canción larguísima, la más electrizante y demente jamás creada, encandenada de forma irremediable. El resultado es este Nonagon Infinity de adulación blacksabbathiana, de un niponismo (noventero y televisivo) subido y repleto de la más absurda y delirante de las diversiones.

Ya lo dijo Isra: cuando el camello se plante en la puerta, estos son los tipos a los que hay que llamar.

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1. Angel Olsen — My Woman

Cuando a partir de ahora se le reproche a un crítico aquello de “pedís que un artista evolucione y, cuando lo hace, os quejáis” ya siempre podremos poner el ejemplo de My Woman, de la otrora lánguida artista folk Angel Olsen, convertida en buena medida en la mejor representante del country rock de los últimos años. Desde hace meses, el tercer trabajo de estadounidense nos tiene embelesados, y tal fascinación no ha cesado con el tiempo. Es más, diríamos que se ha incrementado. Olsen ha conseguido electrizarnos con ‘Shut Up and Kiss Me’, enamorarnos con ‘Never Be Mine’ o, y ahora nos vestimos de gala, encadenando los que, de largo, son los mejores 20 minutos de este 2016. Tras la furia inicial, ‘Sister’ (¿la mejor canción de 2016?), ‘Those Were the Days’ y ‘Woman’ son el paso definitivo para convertir a una artista interesante en otra de absoluta referencia mundial. Si Olsen se quedaba quizás un peldaño por debajo de sus compañeras de generación, ahora se ha puesto, de un plumazo, a la altura de las mejores. Y tenemos la sensación inequívoca de que ese es un altar que no va a abandonar en mucho tiempo.

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Originally published at www.hipersonica.com on December 15, 2016.

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