Los 50 mejores discos internacionales de 2018

Los 50 mejores discos de 2018 Los 50 mejores discos de 2018

La esperada lista de discos inventados

Aunque Hipersónica ya vive tiempos distintos, donde es prácticamente un podcast de periodicidad más irregular que la integridad física de Gareth Bale, no podíamos resistirnos a nuestra cita anual a repasar lo mejor que nos ha dado el año que ya ha acabado. Al sacarlo tan tarde, no podemos quejarnos de habernos dejado nada fuera por haber salido tarde (menos a los que sacan disco el 31 de diciembre, a esos que les den).

Como siempre, podéis lanzarnos cuchillos por dejar fuera a Muse o a tu grupo favorito por aquí, por nuestras RRSS o por las cuentas de Twitter o RYM de los editores, que andamos por ahí incluso aunque probertoj diga cada 2 meses que se va, que está pensando en dejarlo, que ya son muchos años.

Por un 2019 de discos maravillosos y de discos que troleemos en nuestro programa con micros de 1,99€.

50. Low — Double Negative

Parker y Sparhawk lo tenían todo para instalarse en el cajón de artistas que sacan discos bonitos cada dos o tres años. Conocían la fórmula, la manejaban a la perfección, manejaban una legión de fans suficiente para poder vivir de rentas… pero no, decidieron experimentar. Y los experimentos, a cierta edad, casi siempre salen mal. Sin embargo Low decidieron llevar su propuesta al extremo, a un camino tan arduo como extraordinariamente bello. Degústese con calma y, hay que decirlo, exigencia. Con el tiempo, escuchado en directo, uno acaba sintiendo el deseo de que cada vez Low sean más esto, y un poco menos de aquello.

49. Kid See Ghosts — Kid See Ghosts

Que Kanye West se haya convertido en su vida de famoseo en una parodia alucinante del concepto “nuevos ricos del hip hop” ha eclipsado un 2018 magnífico en lo musical. Un año en el que lo peor que ha sacado, y manda huevos también esto, es su propio disco. En sus colaboraciones (discos con siete canciones; gracias por no dar la chapa y/o repartirla en cómodas tandas) ha salido el mismo Kanye bestial de My Dark Twisted Fantasy.

En concreto, en Kid See Ghosts, con Kid Cudi al frente, tiene una colección de canciones adictivas e intachables, en las que uno desearía vivir siempre: a veces en el momento en que se grabaron (quiero ir al momento en el que Kanye daba esos gritos que hacen tan especial ‘Feel The Love’); otras en el choque entre sus sampleos y los fraseos de hoy (‘4Th Dimension’, fascinante arquitectura la suya); y otras en sus estribillos o en sus melodías (‘Extasy’, perdonad, se folla a cualquier cosa del mainstream R&B actual).

Si para no dar la chapa en disco tenía que darla en Twitter y en la vida real, ok, Kanye, gracias por el sacrificio, ha merecido la pena.

48. Public Memory — Demolition

Hablar de trip hop en 2018 casi parece una broma. Y más hacerlo de artistas que están muy lejos y fuera de los circuitos y el tamaño de los Massive Attack y compañía. Sin embargo, en esos márgenes a veces se pueden encontrar pequeñas perlas, como es el caso de este Demolition de Public Memory. Un trabajo en cuyo primer tema, ‘The Line’, ya te empequeñece cuando entra en acción la voz femenina, jalonada a su vez con una prominente ambientación que le da más empaque. Demolition avanza lento, como todos los discos de su género, pero en esos tempos densos hay hueco para grandes secuencias de sintetizadores, buenísimas apariciones locales y ciertas dosis de épica. Uno de esos discos que si estuvieran en la casa de alguna multinacional anglosajona ya habrían hecho al proyecto de Robert W. Toher algo más conocido y boyante. Una gratísima sorpresa.

47. The Armed — Only Love

Este año se ha publicado una película de acción y ciencia-ficción titulada ‘Upgrade’ (Leigh Whannell, 2018), cuyo protagonista paralítico no sólo recupera la movilidad gracias a la implantación de un chip cibernético en su médula espinal, sino que adquiere una agilidad y fuerza sobrehumanas que aprovechará para cumplir sus deseos de venganza. Si esa película se pudiera convertir en un disco, sería el Only Love de The Armed. Un álbum donde el mathcore/metalcore se conjuga con sonidos cibernéticos logrando una combinación extrema, en ocasiones demencial, que lleva al género hasta límites insospechados, dejando momentos tan extremos que son difíciles de procesar y otros en los que sencillamente el álbum te peina para atrás a base de tortazos sonoros.

El disco es una pasada. La peli también, por cierto.

46. Tropical Fuck Storm — A Laughing Death in Meatspace

Mientras todavía le tratamos de buscar el sentido a “aquello” que sacaron The Drones en 2016, el disco que esperábamos de ellos nos ha llegado en su particular spin-off de (alucinante) nombre Tropical Fuck Storm. El punk-blues de la banda de Gareth Liddiard y Fiona Kitschin aquí se da un baño de explosión psicodélica que estalla desde la misma portada del disco hasta los primeros acordes de ‘You Let My Tires Down’. Cada canción te encierra su propia colección de sorpresas que te lanzan con una energía desmedida de forma que no haya espacio ni tiempo para armar una defensa contra ella. A Laughing Death in Meatspace es uno de esos discos que te arrollan con su fuerza y su loca creatividad, de forma que no te quede otra que admirarlos y aplaudir ante sus esfuerzos.

45. Sauna Youth — Deaths

Un, dos, tres, cuatro. Rock and roll reducido a sus cimientos más básicos. Sauna Youth son un grupo fantasmal del que brota, de tanto en cuanto, una ansiedad irrefrenable. Sus canciones agarran los fundamentos del punk por los pies y los calzan con gotas puntuales de frenesí garajero. En una era en la que la mayor parte de grupos del género anhelan caminos experimentales y proyectados lejos del minimalismo sonoro, Sauna Youth pedalean a piñón fijo sin mayor innovación que la de su pura adrenalina.

44. Mitski — Be The Cowboy

Hasta ahora, para Hipersónica, Mitski Miyawaki estaba bajo sospecha. Tras saltar a la fama con Puberty, su cuarto disco, se le reconocía la capacidad para firmar algún hit enorme (aquel ‘Your Best American Girl’ sigue siendo gloria pura), pero no acababa de conseguir entregar un trabajo completo realmente solito. Hasta agosto. Be the Cowboy carece de un tema tan redondo como aquel, pero a la japonesa, afincada en New York, hay que reservarle definitivamente un lugar entre los grandes. Giros más hacia el indie rock, menos dulzura y más desasosiego. Mitski se ha coronado, jamás volveremos a dudar. Confirmación absoluta.

43. Kiran Leonard — Western Culture

Es difícil encasillar a Kiran Leonard. El de Saddleworth vive entre mil etiquetas sin estar cómodo en ninguna. Definir Western Culture más allá de “una colección de canciones algo locas, que parecen inconexas dentro de que molan, pero que de verdad que molan mucho” no es sencillo. Crítica moderna. Leonard sigue estando tan a gusto entre cortes de indie folk clásico como en composiciones tan caóticas como ‘Legacy of Neglect’, en las que se defiende como nadie hoy en día. No sabemos si el tiempo acabará apaciguando a Leonard, deseamos que no. De momento, Western Culture nos ha gustado tanto (o más) que aquel Grape Fruit que nos voló la cabeza en 2016.

42. Janelle Monae — Dirty Computer

Young, Black, wild and free / Naked in a limousine, arranca Janelle después de ese prólogo de la manita de Brian Wilson, en lo que viene a ser un resumen hipersimplificado pero válido de lo que es este disco. Un álbum que de alguna manera continúa ese retorcido universo conceptual de la distopía robótica de sus trabajos anteriores, pero que aprovecha la mínima oportunidad para entregarse al hedonismo, que habla de raza, política y libertad, pero también de follar, de follar mucho y con quien le salga de su santísimo coño.

41. Altin Gün — On

Historia multicultural del siglo XXI, Altin Gün son el resultado del creciente interés occidental por los sonidos serpenteantes y psicodélicos de la Turquía de los años setenta. Radicado en Países Bajos (donde quizá no por casualidad existe una poderosa comunidad migrante turca), On es su carta de presentación planetaria. El resultado: las canciones de aquel grandilocuente Microtonal de King Gizzard resumidas a píldoras pop, de mayor anclaje túrquico, que resulta a un tiempo fresco y retronostálgico.

40. IDLES — Joy as an act of resistance

Colosus’ marca el apoteósico, caótico y delicioso inicio del segundo disco de Idles, una banda de punk rock afincada en Bristol que se aleja de varios de los clichés de la etiqueta y opta por enviar letras de contenido luminoso y optimista (obviemos el brutal dolor que esconde ‘June’) con toda la dureza y oscuridad de sus guitarras. ‘Danny Nedelko’ te rejuvenece, te resucita si es preciso y todo, hasta el cierre con una ‘Rottweiler’ convertida en pogo continuo consigue convertirse en uno de los mejores (y más divertidos y celebrables) trabajos del año que acaba.

39. DJ Richard — Dies Irae Xerox

Tres años después de su gran debut, Grind (Dial, 2015), Dj Richard vuelve a demostrar el gran maestro de la ambientación que es. Con un trabajo de inspiración en la Edad Media, elabora atmósferas inquietantes, casi tétricas, en las que desparrama sobre tus oídos el techno sobrio que le caracteriza. Un eje que vertebra el disco, aunque eso no significa que se olvide de ese sonido orgánico y no tan evocador que ejecutaba en mayor medida en su debut. Un álbum de transición en el que le vemos jugando con sonoridades profundas y ominosas, pero también en otras que incluso resultan algo celestiales, y que es lo que hace parecer a este disco una metamorfosis a un nuevo estado. Por el camino, Dj Richard hace un LP introspectivo de los que te encierra en callejones sonoros un poco marroneros, pero con un elemento de adicción del que es difícil escapar. Mejor quedarse sentado hasta que las paredes se echen encima. Gran tramo final.

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38. Kikagaku Moyo — Masana Temples

Lugar común de los mentideros psicodélicos, Kikagaku Moyo han logrado en su cuarto disco lo que tan sólo intuían en sus entregas anteriores: una portentosa regularidad. Nos topamos aquí con el libro de estilo ancestral de la psicodelia controlada, pero siempre a punto de saltar por los aires. Paisajes de honda raíz kraut; cambios dinámicos acelerados; y progresiones que amagan con demarrar en jam session sin caer en la tentación. Masana Temples es la historia de una excelente voladura controlada.

37. Spider Bags — Someday Everything Will Be Fine

En los tugurios de algún suburbio. En bares de mala muerte de la periferia. O también en la parte bohemia y cool de las ciudades musicales. En aquellos lugares en los que es más fácil escribir historias de perdedores, y sobre todo, ponerles música. Spider Bags se hacen fuertes en el término medio entre el garageo que les caracteriza y el elemento indierocker que sobresale siempre. Con otro disco corto, de apenas diez temas, vuelven a presionarte el corazoncito aunque sea un poco. A través de pequeños himnos, coros melancólicos e instrumentación clasicista para embellecer su propuesta, se marcan tres grandes canciones de las que te tocan la patata. Acompañadas de un puñado de buenos temas que aguantan el tipo. A mitad de camino entre Dinosaur Jr. por el guitarheroísmo y ese gran tema de cierre jalonado con secciones de cuerda, Spider Bags construyen tu pequeña patria de la que nunca querrás salir.

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36. The Buttshakers — Sweet Rewards

Si ya conocías antes a estos tipos de Lyon (especialmente por su anterior y magnífico Night Shift), que sepas que aquí han dejado la vena garage-rhythm and blues para tirar más del lado soul-funk. Si no los conocías, la buena noticia es que nada de eso importa y han vuelto a hacer un disco redondo, disfrutable a tope y sumamente divertido. Otros discos de esta lista serán más gratificantes a otros niveles, pero éste tendrá la ventaja de que siempre te apetecerá escucharlo.

35. The Spook School — Could It Be Different?

El disco de campanamuertismo del año es también el disco de pop directo de 2018. Recién salidos de la adolescencia, Spook School insisten en cantarle a la vida con voces trenzadas, racaraca guitarrero, subidones y bajones y el secreto de la eterna juventud (y de la-vida-que-importa) de su lado. Desde Edimburgo, la nueva joven Escocia mantiene viva la llama indie-pop mientras al otro lado del Atlántico legiones de chavales glorificados por Pitchfork y adláteres creen que la cosa va sólo de plagiar a sus héroes (o heroínas; Liz Phair, qué han hecho contigo). Fuck you, I’m still alive and I’m not going anywhere with you.

34. Wayfarer — World’s Blood

Si alguna vez te preguntaste como sería si gente como Cult of Luna o Isis se lanzaran a hacer un álbum de black metal, probablemente obtendríais algo similar a lo que ofrece World’s Blood. Y aunque es cierto que lo de Wayfarer no es el primer esfuerzo en aras de unir los mundos del metal extremo y el post-metal, es uno de los más interesantes que vais a encontrar gracias a cierto toque de folk norteamericano que aparece puntualmente para cohesionar el conjunto. La banda de Denver se muestra sobresaliente a la hora de construir paisajes y progresiones donde ambos estilos no sólo coexistan, sino que se ensamblen como una unión simbiótica que fortalezca el sonido y cause, de manera simultánea, deleite y asombro en el oyente. Su fabuloso manejo del estilo y su habilidad para trazar buenas composiciones son motivos suficientes para incluirlos en esta lista.

33. Against All Logic — 2012–2017

Para quienes aún no habíamos sucumbido a Nicolas Jaar, con Against All Logic ya es imposible resistirse. Con este aka, el chileno saca el talento que tiene de la mejor forma posible. Un incontestable disco de house en mayúsculas, haciendo un repaso por todas las referencias de las que bebió y se creó el género, así como otras que llegaron después. Ritmos funky para entrar, baile señorial después e incluso un tramo final con ácido. Comedido, eso sí. Porque de haber sido más, hubiera roto todo lo ensoñador y bonito que tiene el álbum, que no es poco. A la ornamentación sonora y que le caracteriza hay que sumar unas partes vocales exquisitas. Un trabajo antihaters, que sólo un sordo sería incapaz de no apreciar. Mucha alma, baile, irresistibles quiebros funk y un final entusiasta y precioso que nos deja diez de los minutos más finos de 2018.

32. SUMAC — Love in Shadow

Meterse en los lúgubres y fangosos terrenos de Love In Shadow puede parecer una tarea titánica para el poco acostumbrado a los sonidos extremos rizados hasta extremos enfermizos, pero eso no debería ser óbice para reconocer el brillante esfuerzo realizado por Sumac en este trabajo. El trío comandado por el siempre imprescindible Aaron Turner -difícil entender la evolución en el metal underground este siglo sin su figura- se dan aún más rienda suelta para convertir a Sumac en una suerte de jam band de los 70 del sludge doom. El resultado, con cuatro piezas donde la más corta se extiende hasta los 12 minutos de duración e infinitos cambios de ritmo, puede hacer estallar los límites de tu paciencia, pero te dejará sin palabras una vez acabes atrapado en sus fauces. Atrevido, inabarcable y brillantemente diseñado (o improvisado), Love In Shadow es uno de los discos de metal imprescindibles de 2018.

31. Mythic Sunship — Upheaval

Probablemente el disco de psicodelia instrumental del año. Músculo distorsionado y el suficiente desbarre como para adelantar por la izquierda al resto de grupos que se despliegan en los mismos cánones. Mythic Sunship no inventan la rueda, pero le dan rienda suelta con tanto brío que a sus lugares comunes le caben pocos peros. En Upheaval las canciones conceden largos minutajes y desarrollos mastodónticos, sin que sus altas miras laminen el factor clave que explica su triunfo: el entretenimiento.

30. The Goon Sax — We’re Not Talking

Es difícil vivir bajo la alargada sombra de un mito. En apariencia, The Goon Sax son conscientes de ello. Y también de los tiempos canónicos que marca el indie pop. A su disco de iniciación, plagado de espíritu adolescente y referencias twee, le ha seguido el de la madurez rebelde. Producción destartalada, distorsión y un evidente aire post-punk alborotan el carácter cándido de los australianos, y arrastran las canciones, en ocasiones, a escenarios planos. Comunes.

Sin embargo, We’re Not Talking es un disco que les resume y define porque es un disco roto. Roto en sus incoherencias, roto en sus contradicciones, roto en sus diálogos sordos, roto en las historias que esboza, siempre plagadas de desengaños, exploraciones y decepciones, el rito natural de paso entre la ingenuidad adolescente y el cinismo de la incipiente juventud. Es ahí donde The Goon Sax, otra vez, son un grupo tan especial como imprescindible. El grupo que podría ser tu vida.

29. Träden — Träden

Después de empezar en los 70s suecos, Träd, Gräs och Stenar volvieron en los 2000 de forma interrumpida. Una carrera recuperada que ha llegado a 2018 sólo con uno de los miembros originales, y bautizada como Träden, pero suficiente para dejarte en la boca el sabor de una psicodelia lenta, corrosiva, que evoluciona a pequeñas revoluciones pero que deja un poso de excelencia a su paso. Ritmos solemnes, guitarras que se enmarañan en instantes finales y con un inevitable recuerdo al post-rock, estos suecos se han sacado de la chistera uno de los álbumes más disfrutables y a la vez poco reconocidos de este curso. Y sí, lisergia, ácido, viajes, evocación… Todos esos adjetivos que suelen venir aparejados a estos discos también están. Deja de perder el tiempo y sumérgete con auriculares en este disco y en temas como ‘OTO’.

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28. Rolling Blackouts CF — Hope Downs

“El disco pop con menos ganas de que te enganches fácilmente a él” del año. O “el disco rock con más ganas de dejarte migas de pan melódicas para que termines adicto a él” del año. Aunque juega en su contra, a primera vista, que es muchísimo menos inmediato que los maravillosos EPs previos, Hope Downs sólo necesita un poco de aire. Decantar, como el vino. Y luego te lo vas a meter doblado igual. En una sola palabra: GUAY.

27. Skeletonwitch — Devouring Radiant Light

De entre todos los trabajos de metal y metal extremo, probablemente el más atípico que podrás encontrar para lo que suele predominar en las listas de esta santa casa. No obstante, Skeletonwitch saben cómo coger sonidos añejos, y hasta anticuados, como el black/death metal melódico (!) y el thrash metal (!!), juntarlos, cocinarlos bien, y darte un guiso de mucho sabor. Devouring Radiant Light añade un punto de demoledora sofisticación que viste bien al sonido de Skeletonwitch, sonando más frescos que nunca incluso aunque sus referentes no lo sean. Quizá no sea uno de esos discos que marque hacia dónde se dirigen los sonidos extremos de aquí al futuro, pero sí es de esos que muestran las posibilidades del mismo para revitalizarse en sus vertientes más anquilosadas con la suficiente habilidad, creatividad y buen gusto.

Y, por otra parte, es un señor pepinazo de disco.

26. Exploded View — Obey

Olvídate del punk: cuando la crisis arrase con todo, el mundo al que nos asomamos será uno muy similar al que dibujan Exploded View en Obey. Cascarones del capitalismo, espacios urbanos vacíos y gélidos, una tétrica oscuridad prolongada hasta el fin de los tiempos. Los germano-mexicanos aquí desandan los caminos del post-punk y del krautrock para introducirse en caminos más etéreos y góticos, fundamentados mucho antes en la ambientación que en el ritmo quebrado de su primer disco. La punzante voz de Annika simboliza el desasosiego de un disco repleto de tétricas inquietudes y paisajes oscuros.

25. Sleep — The Sciences

Si me llegáis a contar que Sleep iban a volver marcándose uno de los trabajos de Doom Metal más brutales e impresionantes del año, lo primero que diría sería “Primero tengo que ver que vayan a sacar álbum de verdad”. Pues lo han hecho. Vaya si lo han hecho. Y aunque podáis pensar que no es buena señal que lo más destacado en un género lo saque una banda que lleva casi dos décadas desde que sacasen su anterior obra, basta escuchar la ensalada de riffs con la que te dan la bienvenida en ‘Marijuanaut’s Theme’ para darte cuenta de cómo el stoner doom puede siempre estirarse y deformarse sobre sí mismo mientras haya gente como Sleep jugueteando con riffs e improvisando como si estuvieran en estado de trance. Porque en el espacio (y aquí abajo) todos flotamos, y flotamos mejor a ritmo de Sleep.

Más en HS: El Ruido de la Calle s01e01

24. Idris Ackamoor — An Angel Fell

Tras llevarse la atención de la prensa especializada, ávida por encontrar voces interesantes dentro de la música africana, con aquel estupendo We All Be Africans de 2016, Idris Ackamoor ha vuelto a juntarse con su banda The Piramids para redoblar la apuesta y darle un giro al afro-jazz con el que se dieron a conocer. Raíces espirituales, experimentos con el dub y con algunos elementos electrónicos, y un sentido único para manejar el flow de la canción y extenderlo en improvisaciones que ninguna baja de los 6 minutos. Nunca estuvo tan fácil rellenar la cuota africana que poner a las 5 de la tarde en el escenario de las gradas del Primavera Sound.

23. Brockhampton — iridescence

Tras un 2017 donde lograron estar en boca de todos, gracias en parte al hecho de sacar disco casi cada 3–4 meses, la denominada mejor “boy band” del hip hop actualmente ha pasado, de manera inexplicable, más desapercibida con un Iridiscence que mantiene las virtudes que les llevaron a destacar en la escena en un primer lugar, y añade una interesante progresión en su intento de juntar todo slos estilos de rap y de producción de hip hop posibles sin llegar a sonar a pastiche. Del hardcore tradicional al trap más actual, de bases de toda la vida a jugueteos con la electrónica. Sea cual sea tu preferencia , Brockhampton tienen algo preparado para ti en su cuarto disco. Si disfrutas del género en casi todas sus vertientes, disfrutarás seguro de su juego.

22. Amnesia Scanner — Another Life

Un Windows 95 colgándose chorrocientas veces, la pantalla de los pitufos azules se queda de fondo de pantalla sempiterna y el sonido de la minicadena se queda atrancado en un molesto ruido que no se puede parar si no se desconecta el enchufe. Los desesperantes errores informáticos de hace veinte años llegan en pleno 2018 en forma de pasada de frenada, de autotune extremado, del regreso de los pit(uf)os makineros. La macarrada que han hecho Amnesia Scanner ha dejado a mucha gente (y en esta redacción no ha sido menos) con el WTF crónico.

Porque eso es lo que han hecho este dúo de ingleses, de la mano de todo un movimiento englobado en el Deconstructed Club que ha traído a nuevos y no tan nuevos a caminos de noise, industrial, UK Bass o pseudoreggaetón como el de Another Life (PAN, 2018). Un disco que se define sólo con la portada, una ruptura de esquemas digna de la posmodernidad y los tiempos líquidos que hoy se practican. Con terroristas sonoras como Pan Daijing de aliados, estos chavales que ojo, han debutado en PAN, se han marcado un disco sobrecargado y lleno de excesos que es simple y llanamente una pasada.

21. Oh Sees — Smote Reverser

CUARTELES DE INVIERNO HIPERSÓNICOS — INT. DÍA

BLACK: Alguien tiene que escribirse a los Oh Sees…

POLIPTOTON: ¿Otra vez los hemos metido, ocupando el espacio de [INSERTAR MIERDA POPPIE RANDOM DEL AÑO EN QUE SE RUEDE LA PELÍCULA].

FERRAIA: ¡Kea!

MOHORTE: ¡Pero si [INSERTAR NOMBRE DEL DISCO DE ESE AÑO DE OH SEES] es su mejor disco EVER!

BLACK: ¿Te lo escribes tú, Andrés?

MOHORTE: No puedo, un mapa se ha comido mi Surface.

Entra CHOU por la puerta. Suenan APLAUSOS y RISAS ENLATADAS nada más verle en pantalla.

CHOU: Si no lo escribís, me cabe un triste.

Suenan APLAUSOS y RISAS ENLATADAS de nuevo.

La cámara gira repentinamente hacia el otro extremo de la habitación, donde están los OH SEES comenzando a tocar en directo una canción alucinante de su no menos alucinante [INSERTAR NOMBRE DEL DISCO DE ESE AÑO DE OH SEES]

20. Spectral Wound — Infernal Decadence

El mal rollo que transmite la portada de Infernal Decadence -el nombre del disco también es otro alarde sobre cómo ser sutil- es imprescindible para prepararte para el torbellino de oscuridad que Spectral Wound van a desatar en cuanto le des al play. El black metal directo y abrasivo de los de Montreal bebe bastante bien de la corriente “cascadian” que predomina en la zona de Norteamerica, pero con un toque mucho más crudo y oscuro, así como también un poco más de músculo que será deleite para los enamorados de las vertientes más tradicionales del género, pero también supone un recorrido interesante para aquellos habituados a los vaivenes más recientes del mismo.

19. Alameda 4 — Czarna Woda

Cuarta interacción del colectivo Alameda, el mascarón de proa de Instant Classic. Cuarto triunfo sin paliativos. En esta ocasión, Kuba Ziolek y compañía se travisten de post-todo para sumergirse en melodías de Oriente Medio y Extremo Oriente a través de un espartano minimalismo sonoro. En su mayor parte, el trabajo a las guitarras carece de pedales, efectos o distorsiones. El contraste ahonda en el peculiar arabismo de las melodías y en el carácter totémico, casi escultural, de los arreglos. Canciones que se elevan al modo de un coloso, desde las entrañas de la tierra hasta los esoterismos de los cielos, y que se acercan al post-hardcore, al post-rock y al post-metal. Sin ser absolutamente nada de eso.

18. Nap Eyes — I’m Bad Now

I can’t tell what’s worse, the meaningless or the negative meaning”. Nigel Chapman siempre ha tenido la bendita virtud de asomarse al lado malo de la existencia con una mirada radiante. En su tercera venida, Nap Eyes siguen siendo un grupo destartalado y esquivo, a punto de romperse al término de cada melodía, al tiempo que redondo y exacto. Hay en su precisión pop una redención emocional que brota de su maestría compositiva y su exquisito gusto por los cánones del género. Pero también hay un palpable tenebrismo, fruto de las inseguridades y las ansiedades comunes a quien viva con los ojos abiertos. En ese contraste, Nap Eyes son el alfa y el omega de 2018.

17. Alva Noto — Unieqav

Veinte años al servicio de la sofisticación y solvencia alemana. Si Skee Mask representa el entusiasmo de la joven escuela alemana, Alva Noto forma parte de esa sobriedad que siempre le ha caracterizado, no sólo a él, también a la electrónica germánica. Unieqav (NOTON, 2018) ensalza todas las cualidades que le caracterizan, lo que ha hecho que publique su mejor disco en solitario en mucho tiempo. Un disco que recoge su fanatismo por el sonido monolítico, pero también la precisión glitch que construye cual cirujano dentro de atmósferas oscuras y la apertura a melodías más ambientales, con cierta épica. Un notable álbum de sonido futurista y diáfano a pesar de lo poco sobrecargado que está. Hacer grande lo ‘sencillo’. Un Alva Noto en su mejor forma, inexpugnable.

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16. Kriegsmachine — Apocalypticists

El concepto “Black Metal atmosférico” es algo que lleva existiendo desde hace décadas incluso, pero pocos han entendido a tal nivel como los polacos. Al contrario que en el caso de Mgła, banda de la que provienen las dos mitades que componen Kriegsmachine, cuyo clasicismo era tirado a tu cara como si el apocalipsis se fuera a desatar de forma inminente, aquí la atmósfera va creando el apocalipsis a tu alrededor.

Porque la atmósfera es todo en Apocalypticists. Cada momento construido con las guitarras, cada (maravilloso) juego realizado con la batería -cuyo nivel y estilo está a otro nivel de casi cualquier disco de black metal que he escuchado este lustro- o incluso cada detalle de esa oscura portada está pensado en pos de un tono, de una forma de sonar, de una atmósfera particular. No sólo logran encontrar un sonido bastante único e interesante, logran atraparte en él, que sientas cada una de las sensaciones que quieren transmitir en cada momento y quedes asombrado. Una proeza.

15. Hunstmen — American Scrap

American Scrap es uno de esos discos que, hasta cierto punto, entiendes que pasen desapercibidos por su particular propuesta. Aunque, por otro lado, no puedes evitar pensar que qué lástima que este disco no sea más aplaudido. Pero para eso tenemos estas listas, para poner en su justo lugar a gente que no tiene miedo a juntar doom metal, post-rock, psicodelia y folk norteamericano. En su primer disco. Huntsmen no sólo han logrado la proeza de clavar un sonido y personalidad singulares en su primer larga duración, sino que clavan cada tema y cada progresión como si llevasen décadas haciendo esto. Gente con semejante descaro y talento siempre merece ser celebrada y dada a conocer, así que esperamos que abraceis American Scrap como lo hemos hecho nosotros y paséis a difundir la palabra de los de Chicago.

14. Daughters — You Won’t Get What You Want

Sorprendentemente fuera de muchas listas de lo mejor del año necesitadas de su cuota extrema después de un buen puñado de estupendas reseñas (y un primer puesto entre lo mejor de Rate Your Music que aún mantiene), Daughters volvieron tras muchos años de ausencia con un álbum singular y diferente con respecto a ellos mismos, y también un poco con el resto de bandas de hardcore del planeta. En un recorrido que se asemeja al descenso a los infiernos que realiza el artista en búsqueda de llegar a algo singular y auténtico en ‘La Casa de Jack’ (Lars Von Trier, 2018), los de Providence nos entregan un viciado cóctel de sonidos sacado de los rincones más oscuros de su cerebro (aunque afortunadamente el disco no se acerca a la autocomplacencia y la egolatría de Von Trier). Cada pieza ofrece su particular recorrido, siempre interesante y, en ciertos puntos, inagotable, y se conjunta con el resto para ofrecer una experiencia osada, demoledora y estimulante.

13. Them Are Us Too — Amends

En 2016, un incendio en una sala de conciertos de Oackland se llevó por delante la vida de Cash Askew, guitarrista de Them Are Us Too. Lo que siguió fue el duelo: Kennedy Ashlyn, vocalista y restante mitad del dúo, inició un largo y tenebroso camino hacia la finalización de su segundo disco a partir de retales, piezas inacabadas y bosquejos de canciones. En colaboración con familiares y allegados del grupo, Ashlyn logró finalizar Amends y poner, quizá, punto y final a un largo velatorio espiritual de dos años.

¿Es posible acercarse a Amends sin percibir todo el peso de la muerte? No. Pero reside aquí muy poca de la mediocridad que acostumbra a acompañar a tan recurrente cliché en la música popular. Them Are Us Too parecen levitar sobre el fango del Shoegaze, propulsadas por una bellísima livianidad, desgarradoras y etéreas en un juego de permanentes contrastes. Un Disintegration convertido en marcha fúnebre, un Kevin Shields doblando las campanas, unos Dead Can Dance borrachos de distorsión. Una joya.

12. Jeff Rosenstock — POST-

Los berridos pop más puto-alucinantes del año. De primeras, POST- te echa para atrás porque Jeff no se contiene y comienza dando alaridos en los 7 minutos y pico que dura ‘USA’. Porque… ¿qué mejor manera de empezar un disco que con una canción larga con parón en medio que debería haberlo cerrado? Pero cuando te repones del susto y empiezas a darle cancha, ahí está todo lo maravilloso que tiene Jeff Rosenstock, quizás la mejor intersección actual entre el indie-rock y la new wave: Los martillazos poppies de ‘TV Stars’, uno de los estribillos más contagiosos del año; el medio tiempo eterno con guitarras cayendo a plomo y voces desgarradas que es ‘Let Them Win’; el aliento Pixies que propulsa ‘All This Useless Energy’… En fin, imagínate unos Weezer a los que les quitaron toda la tontería y se dedicaron sólo a hacer canciones para la eternidad en vez de, entre otras mierdas, putas versiones de Toto.

11. Pusha T — Daytona

Si antes mencionábamos el convulso 2018 de Kanye West, no podíamos obviar el trabajo que dio el pistoletazo a un proyecto de cinco discos, todos de siete temas y no más de 25 minutos, que a día de hoy sigue dejando más preguntas que respuestas. Algo extensible a Pusha T en el año que ha supuesto su salto definitivo, en lo artístico pero también a nivel de estrella emergente del hip hop. Daytona, aun siendo un trabajo corto, no es pequeño y ligero ni mucho menos, como muestra la ambiciosa producción de Kanye y lo lanzado que suena Pusha lanzando rimas, con un hambre y agresividad del que sabe que tiene una oportunidad dorada y la quiere cazar, mostrando que el underground ya se le ha quedado pequeño. Al mismo tiempo, Daytona es una obra lo bastante intrincada y difícil de descifrar en un primer bocado como el artista que le ha dado forma, un enigma para el mainstream que ha conquistado. Mientras este se pregunta cómo se les ha colado alguien que traía una portada decorada con el baño lleno de drogas de Whitney Houston y con unas ganas animales de dejar para el arrastre a Drake, Pusha T ríe gustosamente sabiendo que ha ganado el juego tras retorcer las reglas.

10. Anna von Hausswolff — Dead Magic

Citando uno de los párrafos de uno de los cuatro artículos que hemos publicado este año:

“Es difícil dominar el complicado mundo de la música experimental más etérea, pero Anna von Hausswolff tiene ese talento no sólo para encontrar rincones interesantes por explorar en ese mundo, sino también para introducirte en ellos para que te dejes llevar y embelesar. Y por eso mismo se puede decir que ha sacado uno de los discos de la temporada”.

Pues eso. Menos Julia Holter y más Anna von Hausswolff.

9. ГШ — Польза

En una escena, la del post-punk ruso, acostumbrada al minimalismo y a la reproducción casi mimética de los cánones del género, el surgimiento de Glintshake (ГШ) supuso y supone un grato soplo de aire fresco. Allá donde hubo tenebrismo y solemnidad gótica, ellos se arrastran al fango de la experimentación barroca, conducidos de forma magistral por Ekaterina Shilonosova. Sus referentes apuntan a unos XTC henchidos de psicodelia o a unos Talking Jazz abstraídos en el jazz, todo ello redondeado con una clara vis vanguardista en la que mezclan referentes constructivistas, futuristas y modernistas. Es el sonido de la Nueva Rusia: la que sólo eclosiona desde las grietas del régimen, en una oscuridad destellante.

8. Panopticon — The Scars of Man on the Once Nameless Wilderness

A estas alturas ya estamos dando a Austin Lunn por sentado. Cuando firma una nueva obra (maestra) bajo el nombre de Panopticon, incluso con sus esfuerzos por no repetirse a sí mismo aun teniendo un estilo muy definido y marcado, acaba existiendo una sensación de familiaridad (sonora y cualitativa) que asumimos casi por defecto. “Uno más de Panopticon”. No obstante, Lunn se aleja del confort y logra disociar las dos partes que componen su identidad artística, la extrema vía black metal y la acogedora vía folk norteamericano, en una obra de dos partes distinguibles, pero complementarias y brillantes, cada una a su manera. El maestro se desnuda exponiendo más que nunca los sonidos de los que proviene su inspiración, dejando lecciones sobre cómo entiende las partes que forman esa identidad sonora y manteniendo la maestría a la hora de tocar y componer paisajes únicos. Un trabajo imprescindible. “Uno más de Panopticon”.

7. Skee Mask — Compro

Con tan ‘sólo’ 25 años, el alemán Bryan Müller se ha sacado de la manga un segundo largo, Compro (Ilian Tape, 2018), digno de alguien que lleva toda la vida metido en el mundo de los sintetizadores, el software y diferentes cacharros. La democratización de la electrónica y la curiosidad junto al talento innato permiten que con una edad tan relativamente temprana, nos encontremos con discos tan bien construidos como este. Skee Mask ha trazado una línea discursiva que atraviesa varios segmentos clave: los breaks, la IDM y ambient. Una piedra de toque mediante la cual muchos edificaron su leyenda tiempo ha. Con este brillante LP, el joven productor saca a pasear una gran creatividad, con temas vibrantes, pasajes muy melódicos y ritmos rotos de vieja escuela, con pequeños retazos ácidos. Un disco evocador con muchas aristas y detalles en segundas líneas que disfrutar. Compro.

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6. Spiritualized — And Nothing Hurt

Tras unos años en barbecho, Jason Pierce volvió a ponerse manos a la obra con Spiritualized, en principio con la misma ambición grandilocuente y orquestal de siempre, la que había funcionado a la perfección en Ladies & Gentlemen… y la que había ahogado Let It Come Down. Pero, esta vez, no encontró nadie que le pagara su sueño, de manera que tuvo que hacérselo todo él, desde su habitación, casi arruinado.

Por culpa de eso, o quizás seguramente gracias a ello, And Nothing Hurt es uno de sus discos más afilados, con menos espacio para las veleidades. Es también su disco maduro, el que examina lo que es vivir cuando ya todas las fiestas terminaron, cuando empiezan a quedar sólo los huecos de lo que no hiciste y cuando descubres que el amor ni te salvará al final ni tan siquiera dejará nunca de doler.

5. The Roves — The Roves

Hay algo de esencialista en un grupo que, en pleno 2018, se vale única y exclusivamente de voz, guitarra, bajo y batería. No hay distorsión, no hay sintetizador, no hay experimentación. The Roves parecen brotar de un punto indeterminado de los años sesenta, pero en su interpretación contemporánea de aquel pop/rock hoy ya sepultado hay más talento que mero ejercicio nostálgico. O al menos el talento oculta a la nostalgia. Dos minutos y medio, melodías vocales y cierto aroma jangle. Big Star llevado al mínimo común denominador. Una maravilla de principio a fin.

4. Lonker See — One Eye Sees Red

Si formáramos un diagrama de Venn con varias de las obsesiones musicales de esta redacción -a saber: “música psicodélica”, “canciones largas con progresiones guays” y “bandas experimentales polacas de Instant Classic”- el centro probablemente lo ocuparía una banda como Lonker See. Pero aparte de tocar algunas de las áreas artísticas que nos encantan, la agrupación comandada por la bajista Joanna Kucharska ofrece un trabajo formidable que equilibra con maestría la vanguardia con el músculo de sus anteriores obras. Tres piezas, dos de ellas superando los 17 minutos de duración, donde se van sucediendo jugueteos con los sonidos que dan forma a viajes siderales que te noquearán y te dejarán absolutamente asombrado.

3. Svartidauði — Revelations of the Red Sword

Un año más, el enésimo disco de black metal islandés hace aparición entre los puestos altos de nuestras listas de lo mejor del año. Lejos de ser algo que hagamos por sistema o por boutade, existe cierto aspecto que acaba diferenciando a Svartidauði del resto de sus paisanos y de los otros discos de black metal que podéis encontrar también en esta lista, cada uno representativo de una manera de entender el género. Revelations of the Red Sword es un disco crudo, directo, bastante conservador incluso en su concepción del género, pero al mismo tiempo logran introducir esos pequeños trucos en la composición de las piezas que muestran recovecos que se sienten frescos y, al mismo tiempo, familiares. Los riffs estallan en tu cara como si hubieran condensado la fuerza de una partícula nuclear en la pieza y esta se desatase en forma de explosión, peinándote para atrás mientras suenan cánticos sobre la trascendencia y la decadencia humana. La muerte del universo nunca había sonado tan bien.

2. Daniel Brandt — Channels

Un año después de su debut en solitario, Eternal Something (Erased Tapes, 2017), el inglés ha vuelto con Channels (Erased Tapes, 2018), un trabajo que a pesar de la alargada sombra que proyectaba el anterior disco, viene a plantear un álbum mejor a nivel integral: una secuencia más completa, un acabado más electrónico que supone un avance en su propuesta y con una inspiración compositiva que deja mejores melodías en cada corte. Una obra que demuestra el momento talentoso por el que pasa, con una sucesión de siete temas inspiradores, mágicos, en la que Brandt conquistará a cualquier interesado no sólo en la electrónica, también en propuestas musicales de distinta índole.

Una transversalidad que da mayor enjundia al disco y que también está presente en lo estrictamente musical: atraviesa ese constructo conocido como neoclásica, para llevarla a un terreno en el que la electrónica y el minimalismo bailan juntas logrando una simbiosis superior a cada una de las partes. Secuencias, jazz y loops que acaban en explosiones exquisitas. Con este disco, Brandt se sitúa en algún lugar entre Steve Reich, Terry Riley y contemporáneos como Floating Points. Bravísimo.

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1. Car Seat Headrest — Twin Fantasy

Que el disco de 2018 sea uno de 2011, regrabado, revisitado, puesto al día. Que lo firme Willy Toledo, pero no el nuestro. O sí. ¿Cuál es el nuestro? Que no puedas pasar durante escuchas y escuchas y escuchas de su segunda canción, la absolutamente alucinante ‘Beach Life-In-Death’. Que cuando por fin logras zafarte de esos once minutos que en realidad esconde tres/cuatro canciones y cientos de requiebros maravillosos (“I spent a week in Ocean City and came back to find you were gone”) te quedes enganchado en la siguiente. Que no haya más letras como estas. Que no haya más canciones como las de aquí. What should I do? (Eat breakfast) What should I do? (Eat lunch) What should I do? (Eat dinner) What should I do? (Go to bed) Que todos los putos viajes en tren de este año hayan sido con él puesto. Que aún me haga llorar, que aún me haga reír, que aún me haga cantarlo voz en grito. Que vayan y mezclen en directo una de estas maravillas con otra de Neil Young Y TE QUIERAS MORIR DE AMOR. I don’t want to go insaneeeeeeeeee.

Disco del año. ¿De qué año? De todos los años. Disco de la vida.

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