Los mejores discos tristes de 2017

Este lugar está libre de bailoteo y muestras de algazara


Aprovechemos que todavía no nos hemos instalado demasiado en 2018, que aún no sabemos del todo si empieza un nuevo año maldito inaugurado por Dolores O’Riordan, y que llueve en la mayoría del país. Lluvia, aislamiento, vistas plagadas de tonos grises… y discos tristes.

Porque bailar y escuchar música que te llene de ganas de vivir es lo fácil, está muy visto, y además es un pelín de cobardes. Coged vuestro bourbon (vale vuestro Nestea si ponéis cara de intensito nostálgico y os vais a una esquina oscura, nadie notará la diferencia), y dadle al play.

Antes de pasar a la lista definitiva, queremos otorgar una serie de premios honoríficos en esta ocasión, para aquellos que no están invitados a la boda, pero al menos queremos que vengan a la despedida de soltero:

  • Premio vocecicas majas de toda la vida: Bjork, por Utopía.
  • Premio vocecicas majas de la era moderna: Arca, por Arca.
  • Premio Molas, pero el primero era mejor: Big Thief, por Capacity.
  • Premio Si no metieses esas canciones bailonas, entrarías en el top: Sampha, por Process
  • Premio Igual deberías entrar aquí, pero ya te hemos metido en el Top Nacional y solo queremos hacer un Top 10: Mordem, por Fragments to Dominate the Silence.
  • Premio Te quiero, pero a veces te odio un poco. Te voy a dejar, bueno no sé: Benjamin Clementine, por I Tell a Fly.
  • Premio Mejores ruidicos del año, pero no catalogables estrictamente como tristes: Daniel Brandt, por Eternal Something.

Y venga, ahora vamos al tomate:

10. Ricardo Lezón — Esperanza


A los clásicos se les respeta. Y Lezón, al que seguramente conoceréis mejor si lo llamamos “el cantante de McEnroe”, va camino, si no lo es ya, de convertirse en un clásico de la música estatal. Su debut en solitario vuelve a dar en el centro de la diana. Las letras inspiradas de siempre, el timbre de voz personalísimo y melodías encantadoras. Además, canciones tan enormes como ‘Arena y romero’, que canta a medias con su propia hija, o el fabuloso trío de ases final: ‘Lamento’, ‘Primavera en Praga’ y ‘Noche en Noviales’ le hacen merecedor de cerrar este Top.

9. Aldous Harding — Party


No es que el título del disco de la neozelandesa sea muy realista. Harding, que entrega su segundo álbum tras el ya muy meritorio Aldous Harding de 2015, consigue dar un extraordinario paso adelante y dejar su nombre entre los que apuntar para seguirle la pista. ‘Party’ la agiganta, con apenas un par de acordes y una voz poderosísima. ‘Horizon’ reincide en el rebosamiento de carisma y en el empoderamiento de la mujer que hay detrás de las letras. Más que recomendable.

8. Adam Taylor — The Handmaid’s Tale OST


La música que ha acompañado a la mejor serie del año es tan angustiosa, asfixiante y descorazonadora como la propia serie. Adam Taylor consigue componer una obra tan gigante que hace hasta innecesario ver las imágenes (aunque debéis, vaya si debéis). La voz de Elisabeth Moss nos va adentrando en una atmósfera repetitiva e irrespirable, desprovista de todo tipo de posibilidad de huída y voluntad propia. ‘Chased’, ‘Offred Explores Her Room’ o, sobre todo, ‘He’s Alive’, pequeñitas obras de arte.

7. Novo Amor & Ed Tullet — Heiress


Ya. Bon Iver, ya. El parecido entre el galés Ali Lacey y Justin Vernon es más que evidente. Pero no por ello merece ser tenido menos en cuenta. En este caso, deja atrás el formato EP, el único que había utilizado hasta ahora, y se alía con Ed Tullet para regalarnos este es-tu-pen-do álbum, con uno de los mejores inicios de todo el 2017: ‘Silvery’. De esas canciones que justifica carreras enteras. Y que, además, se acompaña de otras grandes creaciones de la folktrónica, como ‘Cavalry’ u ‘Ontario’. Una auténtica preciosidad.

6. The National — Sleep Well Beasts


A estos no necesito presentarlos. A su último disco, presente en casi todas las listas de lo mejor del 2017, y de forma absolutísimamente merecida, tampoco. Quizás sea discutible que un disco con canciones vestidas de cierta contundencia (‘Day I Die’, ‘Turtleneck’), quepa en una lista como esta, pero Sleep Well Beasts está lleno de nostalgia, temor y aire triste, así que démosle la bienvenida. Además, no nos engañemos, The National nunca han destacado por llenar pistas de baile. Los Dessner, Devendorf y Matt Berninger continúan consolidándose como una de las bandas más grandes surgidas este milenio.

5. Phoebe Bridgers — Strangers in the Alps


Otra mujer al mando de un proyecto unipersonal de folk-rock, y otro segundo disco en esta lista. Bridgers se ha permitido, ya, sin más dilación, codearse con los grandes del género, y se saca de la manga canciones tan fascinantes como ‘Smoke Signals’ o ese fantástico dueto con Conor Oberst, ‘Would You Rather’. Un disco que ha encontrado incluso el consenso entre todos los editores de esta casa, algo que os aseguramos que está al alcance de un puñado de elegidos. El discurso de Bridgers se mantiene alejado de la indolencia y la ñoñería, y nunca confunde sutileza con inocencia.

4. Piano Magic — Closure


Es probable que nadie vaya a echar de menos a Glen Johnson y los suyos de ahora en adelante, cuando con Closure han decidido poner fin a una carrera que duraba más de dos décadas. La banda (el colectivo, deberíamos decir más bien) de Londres ha conseguido dejar para la posteridad una serie de discos tan inmensos como poco trascendentes en lo comercial. De hecho, no negaremos que se nos vino a la cabeza la frase “coño, pero estos aún siguen vivos” cuando nos enteramos del advenimiento de este, su décimosegundo disco. Quizás la sorpresa fue mayor al notar que la calidad del mismo, desde el inicio enervante de ‘Closure’ a ‘You Never Stop Loving (The One That You Loved)’ seguía siendo sobresaliente.

3. Julien Baker — Turn Out the Lights


Otro segundo disco (ya, ya paramos). En este caso, la jovencísima cantautora de Memphis se ha ido a un sello más grande (Matador Records) y, efectivamente, su repercusión internacional se ha multiplicado con este trabajo, más pausado que el anterior. Con menor presencia de guitarras y mayor protagonismo del piano. Un álbum que, por qué no decirlo, recorre unos cuantos lugares comunes, pero que acaba consiguiendo, de la mano de jitazos como ‘Appointments’ o la canción que da nombre al disco, un nivel de belleza y atractivo infinitos.

2. Slowdive — Slowdive


El regreso más esperado de 2017 (vaya, igual no, pero tampoco se me ocurre otro de tal repercusión). Los de Reading han sido uno de esos extraños casos en los que, una vez separados, la fama del grupo iba aumentando. Y, con ello, esa aura mística que tan en riesgo pone la idea ya no de volver a tocar juntos, sino de lanzar nuevo material. El cuarteto alcanza una victoria inapelable en un disco que los acerca más que nunca al pop. ‘Star Roving’ sirvió al mismo tiempo de alegría y alivio, ‘Sugar for the Pill’ recuerda que Slowdive podría haber un disco tirando a inmovilista y seguiría siendo maravilloso. No han abierto la puerta tras tanto tiempo cerrada, la han tirado abajo.

1. Mount Eerie — A Crow Looked at Me


No ha existido, desde que este disco vio la luz, el menor atisbo de duda de que se haría con este puesto llegado el momento de repasar el año. Phil Elverum canta a su mujer, recién fallecida por un cáncer de páncreas. Para ello, detalla tanto los momentos pasados con ella, como (seguramente de forma especialmente descorazonadora) varias charlas actuales con la hija de ambos, que tenía año y medio cuando su madre falleció. Sigue siendo extraordinariamente duro, no negaré que quizás apoyado en lo fácil que para mí resulta empatizar con estas letras en el presente, escuchar el último disco de Mount Eerie del tirón. De hecho, solo se consigue en contadas ocasiones, y ni siquiera sé si es razonable que nadie pueda recomendar con todas las de la ley su escucha. Pero aquí estamos, llevándonos la soberana bofetada inicial de ‘Real Death’, ahogando el llanto en ‘Ravens’ (que se acompaña de un videoclip filmado por el propio Elverum y su esposa Genevieve) y buscando un mínimo de oxígeno con ‘Swims’, quizás el momento en el que lo más razonable y recomendable para nuestra salud mental sea dejar de escuchar. Con todo, A Crow Looked at Me tiene algo de redentor, de esperanza. Al fin y al cabo, y si se me permite el recurso algo empalagoso, nos recuerda que nosotros seguimos vivos, que mañana todo puede irse a la mierda así que, pro si acaso, bien haríamos en aprovechar el tiempo. Como siempre, Elverum es nuestro pastor, nada nos falta.

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